La noticia del fin de semana ha sido el hallazgo por los inspectores de Hacienda de un cuadro de Van Gog en la caja fuerte de un presunto defraudador, que lo tenía allí a buen recaudo aunque él diga, en su defensa, que por cuenta de terceros. Hay que ponerse en situación, imaginarse la sorpresa de los funcionarios al encontrar el tesoro escondido pero, sobre todo, no hay más remedio que rasgarse las vestiduras recordando las duquitas negras que pasó en vida el pobre Vincent para buscarse las habichuelas y el hecho rotundo de que ese genio prolífico no lograra “colocar” más que un cuadro en su vida –¡y a su propio hermano Theo!–, hecho que confirma la inconsistencia de los criterios estéticos tanto de los marchantes como de los propios vanguardistas. Se ha hablado con este motivo de la pila de millones que, sólo en los últimos años, ha dado de sí la pintura de los llamados “modernistas” en general, fortunas millonarias en que el tiempo ha trocado unos bienes que, en su momento, no bastaron para proporcionarle a esos genios siquiera un buen pasar. Y ha dado también que hablar el hecho mismo de la tesaurización del arte, es decir, de la conversión del hecho artístico en pura y simple “cosa”, valiosísima, cierto, pero cosa al cabo. En el caso que nos ocupa el lienzo no estaba siquiera enmarcado, a ver para qué, si no estaba destinado al gozo eventual de los aficionados, sino convertida ya la obra de arte en mera mercancía y sujeta ésta a los vaivenes de un mercado tan imprevisible como ajeno. Se rebela uno ante esa gran estafa que supone valorar en una fortuna mayúscula no ya la obra completa de uno de esos creadores, sino una simple obra de las muchas que, probablemente, durmieron semiolvidadas en sus talleres, despreciadas por la misma Mano Invisible que un día, andando el tiempo, las revalorizaría exponencialmente.

Muchos miles de millones ha custodiado hasta su reciente muerte, en su piso de Münich, ese alemán, hijo del marchante de Hitler, que había heredado una colosal colección de obras, en gran parte arrebatadas a sus dueños, limitándose como el dragón guardián a custodiar el tesoro encomendado. ¿No tenía colgado un Miró en su cuarto de baño uno de los expoliadores de Marbella? Pues eso, que la obra de arte se ha reconvertido en moneda fuerte como simple garantía de su dueño y en su caso también como su indicador de prestigio. ¡Un Van Gog en una caja fuerte! Si se entera el pobre Vicent se corta la otra oreja.

3 Comentarios

  1. Incluso el arte, en estos tiempos que corren, creo que ha dejado de ser inversión segura. Dudo que los nuevos ricos gasten sus jayares en poseer una colección particular con la que disfrutar en la soledad de un desván. Para que el cuadro valga mucho tiene que haber quien suelte la pastora para comprarlo. La anécdota de Roca con el Miró colgado en la sala ‘roca’ de su chabolo tiene para mí el mismo valor que los caballos que luego se le morían de hambre: en su círculo de mafiosos podía presumir de todo ello.

    Por cierto. A quien ayer censuraba un comentario por poco serio le sugiero que ponga el punto de su fusila en mi cabeza: he largado más y más gañán sobre los royals. Como creo que se lo merecen –el abuelo felón jugando una y otra vez mil duros de la época a escopeta o pichón, el nieto coleccionando ferraris y entretenidas, o la biznieta política retocándose una y otra vez el careto para ser más Barbie-, leña al mono, que es de goma.

  2. Una cosa es el valor y otra muy diferente es el precio, como sabemos todos bien. Estos coleccionistas-ahorradores confunden ambos conceptos.

  3. Sólo una oligarquía degenerada puede guardar en cajas fuertes las obras de arte, pero eso es, por lo estamos viendo, lo que tenemos. Claro que si la «baronesa» Tyssen es el personaje más influyente en nuestro mercado del arte, huelgan comentarios.

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