Ahora que Alí Agca nada recogiendo el petate carcelario tras pasarse casi tres década en la cárcel por atentar contra Wojtila, otra majara la ha armado en la Plaza de San Pedro al saltarse la valla y el cordón policial para derribar al papa Ratzinger. Un caso más, desde luego, para desbocar la inquietud de los servicios de seguridad que ven cada día más difícil su trabajo en vista de la moda suicida, pero un caso que ha tenido una inmediata repercusión en ese nuevo juguete que es Facebook, donde han surgido como hongos grupos de apoyo a la asaltante como si de una heroína se tratara y como si cualquier transgresión, es especial los magnicidios, fueran en sí mismos actos merecedores de ruidosos apoyos. He leído entre esos comentarios algunos escalofriantes y otros meramente papanatas, pero el hecho mismo de que un atentado, real o imaginario, pueda desatar el entusiasmo de tanto insensato no deja de resultar estremecedor. Cuando escribió su libro sobre Oswald, ya observó Norman Mailer en el ambiente una suerte de difuso sadismo que incluso hacía inventarse a los menos cuerdos fantasiosas intervenciones en aquel complot nunca aclarado, pero lo que está ocurriendo hoy es distinto ya que no trata de siquiera sublimar el protagonismo, sino de asumir la violencia extrema, incluso criminal, como un acto socialmente aceptable. Es verdad que entre esto que hoy nos aflige y lo que ocurría antes no hay más diferencia que la realidad de un instrumento publicitario que, como todo producto de las nuevas tecnologías, tiene en su haz una promesa de progreso y en su envés una cara oscura de imprevisibles consecuencias. Aplaudir en el ciberespacio a una enferma agresiva que a punto ha estado de provocar una tragedia no deja de ser un argumento en manos de quienes propugnan un riguroso control para estos escenarios virtuales.

Otro síntoma de vuelta a la Edad Media, quizá, otro ‘revival’ de aquel ambiente moral en que la mera afirmación partidista justificaba la muerte del pontífice, envenenado y a palos, como la de Juan VIII, estrangulado en su celda como la del papa Bonifacio, o la de cualquier mandatario, con la excusa del tiranicidio o sin ella. Los encuentros en la Red están propiciando una nueva convivencia –otro modo de “interacción”, por decirlo en plan funcionalista—ante cuyos beneficios es tan absurdo cerrarse como insensato no atender a sus excesos. Y jalear un atentado, leve o grave, es otro atentado, por más que probablemente exprese ciertas impotencias inconfesables. Veo en la cara de Susana Maiolo la mirada estupefacta de la víctima reconvertida en verdugo. En los rostros invisibles o falsarios del ordenador no veo sino frustración, si no la más insignificante anomia.

2 Comentarios

  1. Hoy pasan cosas estúpidas, pero ocurren por el clima de confusión a que se ha dado lugar. Los locos no surgen de la nada y menos estos locos tan “definidos”. La respuesta de Internet de que habla la columna, con la dureza que merece, da una idea de cuántos otros locos (o no tan locos) andan sueltos por ahí. Pero debe saberse que son los poderosos quienes le han abierto la puerta al manicomio.

  2. Al final es una cabeza de turco que se debe a quienes fanaticamente les han limpiado el cerebro, los otros son los clientes del circo que no pagan ni el peaje ni el precio virtual que la inconsciente pagará en su lugar

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