El debate parlamentario andaluz parece un pasillo de comedia con guión y apuntador. Oigan a IU denunciando el fracaso de la prometida y jamás lograda “reforma de la Función Pública”, escúchenla recordar, con razón, el apaño sistemático de oposiciones y concursos y, en fin,  alertar ante la desmoralización de unos funcionarios burocratizados y sin perspectiva alguna de carrera administrativa fuera de la cuerda partidista. O bien no se pierdan  su exigencia de que se negocie con los sindicatos, esos costosos fantasmas que tienen demostrada en la Administración su servilismo más incuestionable, sabedores de que “con las cosas de comer no se juega”. Chaves niega la mayor, como es natural, y remite esas críticas a la subjetividad de la oposición, pero por más “encuesta de satisfacción” que muestre, cualquiera puede palpar el descontento y la desmotivación en el ejército funcionarial, la mayor masa laboral de Andalucía. El error de IU está en aparentar creer que a Chaves le interesa para algo una Administración motivada. El de Chaves, probablemente, en no sopesar el riesgo que supone ahogar a la función pública reduciéndola a una oficina de ganapanes.

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