Hay que ver la que está dando este verano la niña sueca del cambio climático, ésa que ante la Asamblea de la ONU parecía una figurante de Juan Imedio acusando (se supone que a los mayores) de haberle robado la infancia y propiciar el colapso del planeta. En la ONU le aplaudieron ruidosamente los mismos que hacia una semana habían acordado que los remedios para el cambio climático pueden espera, de momento, hasta final del año próximo y que luego ya se verá. Y es que la gente se pirra por el espectáculo infantil o adolescente, que funciona siempre como una enmienda a la mayor edad porque sus infantes se prestan más y mejor que los adultos  al perfil arcangélico, razón por la que un papa olvidado tuvo la ocurrencia de organizar una Cruzada de niños con el resultado que era previsible.  La inocencia, aunque sea aparente, vende mucho pero en esta ocasión es posible que la manipulación se haya pasado de frenada al fiar a esa walquiria en agraz nada menos que el arreglo del que se presume como penúltimo cataclismo de la Humanidad: el incendio del clima. Todo es opinable, por supuesto, como lo demuestra el conficto de opiniones provocado por la niña Greta entre los que ven en su número un montaje paterno y quienes en él aprecian un atisbo de esperanza. Aunque hay también quien considera –como Álvaro Martínez ha escrito aquí mismo– que para testimonio de abnegada dignidad ahí están, frente a la chiquilla vikinga, las heroínas que en Irán desafían a la ferocidad ayatolá sacudiéndose públicamente el velo obligatorio al salir de la escuela.

 

Pero la cuestión a plantear quizá sea la de si el espectáculo de la niña pudiera suponer la trivialización del tema, cuando ya el debate sobre el cambio climático no se sostiene frente a los riesgos certificados por los expertos en Yakarta, Venecia, Nueva Orléans o Sanghai, o cuando cunde la evidencia del deshielo polar y de la subida del nivel marítimo detectada por los altímetros orbitales. ¿Tiene sentido distraer al personal con la niña apocalíptica cuando en Islandia desaparecen glaciares y la alarma resuena lo mismo en el Valle de Aosta que en el Everest o en el Mont Blanc? Aquí mismo, en tierras cacereñas, la sequía ha dejado al descubierto el impresionante dólmen de Guadalperal, ese prodigio paleolítico tan evocador del misterioso Stonehenge en el que Fred Hoyle entrevió el origen del monoteísmo. ¿Resolverá Greta la amenaza global o acabará por dar a Trump y los chinos la coartada para aplazar sin plazo los remedios? De momento, miles de chavales han salido a la calle en medio mundo con gritos y pancartas solidarios con el show de Greta. Pero alguien nos advirtió ya de que mientras el “medio ambiente siga siendo una proclama ideológica, que Noé vaya comprando madera de balsa”. La broma –insuperable– la escribió aquí hace poco Juan José Borrero.

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