Pocos casos he visto en mi vida como el que ha afectado a la corredora Marta Domínguez, encadenada durante meses en la picota del descrédito para, final y felizmente, verse exonerada, uno por uno, de todos los cargos que contra ella se mantuvieron. Recuerdo las espectaculares noticias de telediario, con los correspondientes operativos policiales que incluían incluso el registro domiciliario, y aquellos titulares rotundos en los que se confirmaba, sin el menor fundamento, el hallazgo policial de materiales que la acreditaban como  drogota y narco, y recuerdo también la manera no poco ruin con que algunos de sus compañeros fueron rodeándola de un cordón sanitario que, naturalmente, les garantizaba a ellos su ubicación en el lado correcto. Hasta en el ámbito federativo –que se supone que está para vigilar pero también para proteger a sus federados– se produjeron voces y gestos cualquier cosa menos favorables a la imputada. Total, un escándalo nacional de primer orden, con el que se tapó éste y aquel notición políticamente incómodo, y que ha venido a quedar en nada a medida que la Justicia, lenta pero segura, ha ido desarbolando sospechas y cargos hasta dejar claro que la maltratada campeona nunca se dopó, nunca traficó y nunca colaboró en el dopaje de otros colegas. Bien, ¿y ahora qué, quién restituye  a estas alturas la imagen hecha añicos y el triturado prestigio de una atleta señera que no se sabe ni bien ni mal por qué fue un mal día escogida como buco de sabe Dios qué otras responsabilidades? La policía, el ministerio, la federación y demás autoridades deportivas deberían repartirse el coste de este festín en el que por alguna razón han devorado entre todos a una de nuestras más brillantes de deportistas. Y lo curioso, en cambio, es que su rotunda absolución no ha pasado de mera noticia. Aquí nadie se rasga las vestiduras ni entona siquiera el mea culpa. Un español es menos que nada si se cruzan en su camino los poderes públicos. Incluida Marta Domínguez que, en lo suyo, lo ha sido ya todo.

 

País arbitrario y desagradecido, país sin garantías en muchos casos, que empapela a un juez como Francisco Serrano y lo trata como a un malandrín simplemente por salirse de la fila, mientras trata con guante de seda a la peor garduña. País desmoralizador en el que el escándalo es mera rutina, en el que el honor importa un bledo y, en última instancia, se tasa en unos cuantos chavos. He visto pocos linchamientos como el de Marta Domínguez y pocas impunidades como las de quienes lo han provocado. Pocas veces policías, jueces, periodistas y hasta el gentío de la calle han coreado tan acordadamente un sacrificio tan vil.

4 Comentarios

  1. Justo y generoso comentario. Valiente. Me quedo, y ya es mucho escoger, con el último párrafo: aplastante.

  2. ¿Tan seguro está usted de la inocencia de la absuelta? A mi me gustaría estarlo pero de verdad que lo estoy del todo. Porque cómo quedaría la Guardia Civil o quien sea en ese caso?

  3. Se puede mantener el mayor respeto a las FF de Seguridad sin perjuicio de entender, llegado el caso, sus fallos o errores. Esta misma mañana nos hemos desayunado con la notiica de que un juez ha empapelado a la cúpula policial de Interior del mismo modo que, allá en la era gonzalina, empapeló a la del anterior Gobierno «socialdemócrata», que es como etsá de moda decir.
    Aparte de todo ello, la columna clama por un caso patnte del que ha salido gravemente perjudicada una atleta excepcional. No olvodemos eso a la hora de leerla.

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