La preparación de la sociedad china de cara a la avalancha que ha de suponer la celebración de los Juegos Olímpicos está siendo ardua y concienzuda. Obsesión máxima es la seguridad, concretamente la prevención de la amenaza terrorista, que ya ha dado tímidas señales de vida, por cierto, pero también otros muchos aspectos, en especial el sanitario. Se teme en China un contacto masivo que puede comportar determinados contagios en las costumbres mayoritariamente tradicionales de ese pueblo en expansión fulgurante. Cosa que no extrañará a quien recuerde que el vigente Estatuto del PC chino  impone a sus millones de afiliados el deber de promover los “hábitos socialistas”, el de mantener “la concepción social del honor y del deshonor” propios y, en resumen, el “fomento de la moralidad comunista”, así como suena. Una institución curiosa del nuevo Estado (en fin, ustedes me dirán como llamarle si no) es la del cuerpo llamado de “oficiales de etiqueta y protocolo”, creado hace ya tres años, para ir preparando a la población peatonal a convivir sin riesgos con el foráneo y, de paso, a cuidar las formas de una hospitalidad que pretende no quedarse corta ni pasarse. En concreto, esos “oficiales” han elaborado una relación de actos y dichos prohibidos por inconvenientes, en la cual figura la de entablar con el turista cualquier tipo de charleta que verse sobre política, religión, vida amorosa o sueldo de los visitantes, o en versión de ‘The Guardian’, que reproduce un póster publicitario expuesto en Dongcheng, cualquier palique que roce siquiera cuestiones como el salario (propio o ajeno), la edad, la salud o las creencias personales, temas considerados impropios, impertinente y, en definitiva, peligrosos. Nunca se abre del todo la muralla china. La reserva frente al extranjero no ha variado sustancialmente desde Marco Polo.

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Por supuesto que una cosa es la previsión  y otra el efecto real que el contacto entre culturas acabe produciendo. En la China más opulenta de hoy, la occidentalización es una realidad avasalladora a pesar de las prevenciones adoptadas por los poderes públicos, en especial en el ámbito de las costumbres, donde el mimetismo con la vida europea y americana es clamoroso. En uno de esos enclaves, en Zhejiang, verdadero emporio de la nueva clase, hace años que funcionan playas nudistas a pesar de la resistencia activa opuesta por amplios sectores afectos a la moralidad tradicional, aunque también es cierto que los vigilantes morales han  pensado en importar de Indonesia el cinturón de castidad que protegería a las masajistas de la lujuria masculina en los lugares más relajados. Un país que crece a esas tasas inconcebibles, que atesora al ritmo que lo hace China y que envía miriadas de exploradores más allá de su muralla imaginaria, no podrá permanecer indemne a la temida influencia exterior si no es limitando con rigidez su propio expansionismo. También en España se temió el contagio de los primeros turistas, que acabó contribuyendo como pocos factores al cambio social profundo que dejó irreconocible al viejo país, y también aquí se prohibieron los bikinis y se vigilaron inútilmente los hoteles tratando de conciliar la modernización con un concepto rancio de la vida del todo incompatible con ella. El poder chino prohibirá durante los Juegos la publicidad “obscena, sexual o supersticiosa”, no lo dudo, pero no es arriesgado profetizarle un fracaso estruendoso o silente una vez que las temidas masas salten la muralla de la convivencia y el mercado, en todos sus frentes, se encargue de hacer el resto. La identidad radical sólo se garantiza desde el aislamiento que la vieja muralla simboliza mejor que nada. Goethe sostuvo que los chinos “piensan y sienten como nosotros”. La vamos a comprobar enseguida, a pesar de oficiales y etiquetas.

3 Comentarios

  1. Nuestlos glaciosos anfitliones -al menos televisivos- de los plóximos juegos olímpicos han descubielto, o ya lo conocían, pelo lo han plomulgado pala su común conocimiento y cumplimiento, un código que se palece ni más ni menos que a ¡¡tatacháaan!, a un Tlatado de Ulbanidad. Es más, una selvidola dilía que contiene nolmas de compoltamiento palecidas a las victolianas. (Sí, las que legían en tiempos de la Leina británica: no hablal de comida en las comidas, cedel el asiento a los malloles y pamplinillas así).

    ¿No hemos hablado aquí de la pérdida de la ‘auctoritas’, del igualitarismo feroz que permite que se use la misma ropa en un examen universitario -chanclas de dedo, camiseta sin mangas y bermudas- que en una botellona de una noche de verano? ¿No han visto en estos últimos años los pantalones de las nenas de tiro muy corto, que a cualquier movimiento mínimamente forzado mostraban la guitilla del tanga y hasta el mismísimo pliegue interglúteo?

    Mi amiga Xuen, que lleva años sirviéndome rollitos de primavera, cerdo con bambú o ternera agridulce in situ o take away, ha terminado primero de su carrera con buenas notas. Jamás la ví con ese tipo de ropa, y la conozco desde niña, y sigue con su camisa blanca y su pantalón negro atendiendo con amabilidad y exquisita educación las cenas en su restaurante, algo que hace desde los trece o catorce años. Quien me diga que eso es explotación infantil se define a sí mismo.

    Igual que importamos baratijas en los todo a cien, y la confección de las grande superficies llevan casi todas el ‘made in China’, a mí no me importaría que se importaran también barcos y barcos de buenas costumbres. No me sentiría encerrada en ninguna muralla.

  2. Me han gustado mucho mucho los dos comentalios de hoy. Me he reido mucho con doña Passi y he aprendido y reflexionado mucho leyendo a don José Antonio.’Y, todo hay que decirlo, me he reido tambien!)
    Besos

  3. Un amigo escritor, con retranca para regalar, disertaba hace poco sobre lo sospechoso que le resultaba el elevado número de restaurantes chinos que había por su calle en relación con su demanda (irrisoria comparada con los santuarios donde corren los tanques de salmuera y pescaíto frito), y la escasez de gatos en la misma zona cuando en otras aledañas de la city los hay “a patás”. Cómo puede imaginarse, Dª Pasiflora del alma, no pude más que reprenderlo por su comentario, que aunque en tono jocoso rayaba en la xenofobia; pero confieso que hizo traer a mi mente la famosa frase gatuna de Deng Xiaoping, que tampoco era suya sino de la ancestral tradición y veneración china por el pragmatismo vital. Y es que muy pragmáticos tienen que ser para que un gigantesco rebaño de más de 1300 millones de almas “progrese” (ojo a las comillas) en equilibrio sin provocar un terremoto dentro y fuera de las murallas. Tarea de titanes, diría yo. No me extraña que megalómanos como Norman Foster se froten las manos comprobando lo que se puede hacer con tan maleable pragmatismo. El ávida dollars (o mejor dicho el ávida euro) ya campa a sus anchas. Veremos cuánto dura el eterno equilibro entre el ying y el yang cuando se comprueben las abismales diferencias que acarrea el culto ciego al Capital. Por lo pronto en la playa nudista de referencia sí que se tienen que notar las “diferencias” ¿No, estimado Anfi?.
    Abrazos.

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