La “premier” británica, Theresa May, acaba de anunciar la creación de una secretaria de Estado para la Soledad. La idea fue proyectada en su día por una diputada laborista víctima del terrorismo y es retomada ahora por los conservadores en vista de la gravedad de la estadística social que alerta sobre el progreso imparable del aislamiento, esto es, de la “des-socialización”, de una población en la que miles, millones de personas manifiestan por doquier vivir sin el menor contacto humano largos periodos de su vida. Se trata, no cabe duda, de una iniciativa tan excelente como compleja que, sin duda, planteará graves dificultades a los gestores del remedio pero que resulta ya inaplazable, toda vez que los sociólogos comienzan a considerar aquella soledad cívica como una auténtica epidemia.

La extensión del aislamiento individual es una consecuencia de la radical urbanización de las poblaciones a partir de la segunda mitad del XIX. Superada la vieja “comunidad” que describió Tönnies como contrapunto de la “sociedad”, desaparecida, en consecuencia, la solidaridad tradicional y sustituida la familia extensa por la nuclear, la convivencia urbana ha forzado un severo modelo de vida en el que la compañía se ha convertido en una experiencia progresivamente rara. En la etapa de Kennedy se ensayó un proyecto en favor de la “tercera edad” con el que no pudo ni el formidable presupuesto disponible, debiendo ser abandonado, en última instancia, en un supremo gesto de impotencia. Y ahora, cada día más, el habitante urbano, reducido en su hábitat y mayoritariamente también en su renta, se ve obligado a consumir su vida aislado y hasta completamente solo, no sin el agobio suplementario que supone la inseguridad.

Sin duda un factor determinante en esa situación es el propio incremento de la esperanza media de vida –que en 2050 alcanzará nada menos que la cota de los 90 años— que dicen que en Roma no alcanzaba la treintena ni en la Edad Media la cuarentena, y que hasta hace bien poco se mantenía más o menos estable, compensado el crecimiento vegetativo que propiciaba la nutrición, la higiene y el avance médico por el impacto de una enorme mortalidad accidental. Pero es ahora, con el salto cualitativo registrado en el ámbito de la medicina biológica y la perspectiva cierta que abre el manejo clínico del genoma, cuando la prolongación de la vida humana parece ya incuestionable, lo que, al margen de los problemas asistenciales que ello implica, multiplicará la población aislada. El mito literario de la soledad feliz cede el paso, al fin, a la contemplación del que es quizá el mayor fracaso experimentado por la aventura humana.

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