Dos noticias nos llegan del África remota y una de bien cerca, que tratan de la trágica situación en que viven esas mujeres que, o no cuentan en los planes de rescate, o caen tan a trasmano que no llega hasta ellas el proyecto civilizador. La primera viene de Kenia y da cuenta de que los guerreros masai andan asaltando escuelas para raptar las hembras que escasean en sus tribus. Los “ritos de paso” parecen ser la pólvora que carga esos trabucos contra los que luchan como pueden las autoridades locales y, sobre todo, las familias afectadas por esta ola que los ancianos locales califican de “moderna” en el sentido de que contravienen la tradición vigente. Las otras dos –la africana y la española—dan cuenta de sendas sentencias judiciales que condenan a padres que propiciaron la ablación de sus hijas, y es curioso porque la keniata, dictada en Narok, precede con mucho a la primera española de que haya noticia –la pronunciada estos días por la Audiencia de Teruel—dado que hasta ahora todas las iniciadas acaban en el archivo al no poderse demostrar la territorialidad del delito. “Ninguna persona puede obligar a un niño a someterse a la circuncisión femenina, matrimonio temprano u otros ritos culturales”, proclama solemnemente un juez local tocado con la clásica peluca británica”; “Para la sociedad española, la ablación del clitorix supone una de las prácticas más detestables que puede realizar una sociedad contra sus niñas”, consagran nuestros magistrados. Parece, en resumen, que empieza a haber unanimidad al menos en el concepto y que cae por su base la bárbara tesis de cierto progresismo que antepone el respeto a la multiculturalidad a cualquier otro valor. Hay  muchas culturas, eso es evidente, y sería bueno que se llevaran bien entre todas en un planeta irremediablemente globalizado. Pero no hay más que una civilización –por decirlo en los términos que ofrecería un Alfred Weber– y ésa es la que trata de elevar la condición de la especie, en sus dos sexos, a un mismo nivel de respeto.

Aquí vamos retrasados no sólo en los Juzgados. Miren el uso comercial (e industrial) que se hace del cuerpo femenino (y de modo incipiente, con el masculino), objetualizados al máximo ante la indiferencia y hasta con la aceptación general. No tenemos guerreros raptores que invadan nuestras aldeas para arrebatarnos nuestras sabinas, eso es verdad, ni practicamos esos ritos salvajes de mutilación que consideramos delictivos, pero nos mantenemos aferrados a la visión tribal de la mujer como un cuerpo deseado y lo utilizamos como reclamo en nuestros anuncios de todo tipo. África está ahí mismo. En ocasiones tienta pensar que en nuestro interior.

5 Comentarios

  1. Soy de los que opinan que de los abusos que soporta la mujer tiene ella misma gran responsablidad, pero en el mundo desarrollado y en las capas altas de la sociedad. Come puede verse, fuera, no.

  2. Tengo claro que las mujeres (pocas) de este blog dejamos solo al autor cuando trata de asuntos que nos conciernen. Ayer mismo, a propósito de su elogio emoicionado de Danielle Mitterand, pude leer aquí cosas muy raras escritas por mano femenina y también advertí silencios que no esperaba.

  3. Vivimos un eterno presente (o pasado). Lo digo al leer lo del rapto de esta sabinas negras por parte de los guerreros masai. En cuanto a lo de la ablación, prefiero cerrar la boca. Eso si que es pasado remoto, aunque probablemente la práctica ominosa no lo sea tanto. Que se produzca en países civilizados es un escarnio.

  4. Lo de la búsqueda de mujeres fuera de la tribu sabemos que es una estrategia para evitar la endogamia: eso es lo que significa el tabú del incesto. Sobre la ablación no hay que culpar a los iognorantes sino a los civilizados que se lo permiten.

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