Unos sabios ingleses han descubierto, allá por la parte de Leipzig, la prueba de que en el más remoto neolítico ya el rapto de mujeres estaba a la orden del día y era el motivo más frecuente de la guerra. Por medio de los más modernos métodos de datación han logrado establecer, estudiando una fosa común que albergaba a algo más de una treintena de víctimas descalabradas, una más que probable masacre ocurrida hace siete mil años y en la unos guerreros  habrían logrado raptar a todas las mujeres de cierta tribu, más que motivados por el sentimiento de venganza, empujados por la necesidad de conseguir amantes y reproductoras, ese bien seguramente escaso en aquellas duras  condiciones vida. Que la mujer fue considerada como botín, es decir, como un bien por el que merecía la pena guerrear en las sociedades primitivas, es algo que la mitología nos sugiere insistentemente incluso sin salirnos de la saga que relaciona los secuestros sucesivos de Io a manos de los fenicios, Europa y Medea por los griegos de Creta y Helena por Paris hasta desembocar en la guerra de Troya. Pero la verdad es que la Historia no se queda atrás en la apreciación del fenómeno, pues Heródoto sostuvo que fue esa práctica realmente provocadora la causa principal de muchas guerras cruentas, algo que en la crónica romana se afirma ya, con motivo del rapto de las sabinas, de modo terminante. El hábito exogámico y la escasez de hembras se combinaron bien para descubrir al hombre neolítico y al que le sucedió durante siglos –y ése es un hecho común a todas las culturas salvo la breve lista de pacíficas excepciones que suelen dar los antropólogos—la lógica del rapto de la mujer que pudo contribuir, y no poco, a fijar un papel subordinado que perduraría tanto tiempo. La mujer objeto del deseo y de la necesidad protagoniza, siquiera pasivamente, el amanecer de nuestra memoria colectiva.

 

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 Pocos motivos contribuyeron tanto a la ‘legitimación’ del racismo americano que impulsó el genocidio indígena como las leyendas o historias reales de secuestros masivos de mujeres por parte de la indiada, que contaban al amor de la lumbre –como sucedió también en la América hispana—los colonizadores decimonónicos. Y pocas realidades nos aproximan tanto a la horda primordial de la que procedemos como esa coincidencia en la moral del rapto, e incluso en su estética, que aún hoy se conserva, bien que desactivada en el formol del folclore, en muchos lugares ‘civilizados’, donde la novia es raptada ritualmente como un trasunto difícilmente reconocible de la hazaña perpetrada por Hades, con la complicidad del mismísimo Zeus, al raptar a su amada Perséfone. Ni siquiera el cristianismo fue capaz de desarraigar la visión cosificada, alienante, de esa hembra que a través del culto mariano –que Harold Bloom incluye absurdamente en el misterio para ampliar a cuatro la Trinidad—rescata para la mujer la vieja dignidad de la ancestral Diosa Madre. Que como objeto inmemorial de botín, la mujer es ‘cosa’ y, como tal, propiedad del ‘macho alfa’ que la consiga, lo prueba el extraño desenlace del rapto de las sabinas, en el que las propias raptadas –apareadas ya con los raptores romanos—logran que los dos bandos en pugna firmen unas paces benéficas para todos. Por no hablar de la delectación  con que el arte posterior representa (es difícil no evocar el Bernini de la Galería Borghese) esta escena a la que insufla una inequívoca complacencia masculina tenuemente velada por un tibio halo de romanticismo. El hallazgo de estos investigadores retrotrae miles de años la evidencia de una actitud sexista que todo el peso de la civilización no ha sido capaz de diluir aunque sí, ciertamente, de atenuar bajo diversos disfraces de corte humanista. Hace milenios que los hombres pelean y se matan entre sí por las mujeres. Una pulsión pasional que grava como pesado fardo la propia identidad femenina.

9 Comentarios

  1. Desolador, querido Casinillo: son las 18 horas y nadie ha portado por aquí. ¡Y no será porque no es una columna interesante y bien traída! Verdaderamente el anfitrión tiene paciencia y buen conformar. Dios se los conserve.

  2. A esta columna preciosa no hemos podido concurrir hasta ahora, las seis de la tarde: toda la mañana columpiándonos (en los ratos que teníamos libres) ante la erquedad del oredenador. Le quitan a una las ganas de ir sl casino, don Padre.

  3. Vas superándote estos días, y yo lo atribuyo a esa primavera tardía que me cuentanm que está rompirnde por Sevilla. El de hoy es magnífico ejercicio de reflexión antropológica (sin perder el humor) como me decia ersta misma mañana nuestro lejan amigo (de tí y de mí) Berlin.

  4. 19:10
    “un bien por el que merecía la pena guerrear”
    Ya saben que don Menelao vatio todos los records. Tan feliz estaba a con su record que no quiso aceptar a su Helena de su alma a cambio de la paz. Más bien, diría yo, que prefería conquistar Troya y que su doña sólo fue un pretexto.

    “la escasez de hembras”
    Ése fue el motivo del rapto de las sabinas, que como es sabido, ellas sabrían por qué, no quisieron volver con sus sabinos.
    Recuerden cómo nos lo cuentan deliciosamente en la encantadora película “Siete novias para siete hermanos”.

    No sabemos que puede pasar en china con la combinación de la ley del hijo único y el aborto selectivo.

  5. No sé si será ortodoxo lo que dice (soy lic. en Antropología, en la que usted llamaba con su guasa, “Complutense Beach”), pero el caso es que me he bebido la columna de cabo a rabo. Qué bonita…

  6. Lo de la “Complutense Beach” es graciosísimo…aunque, espero, desmerecido.
    La columna de hoy más clara que el agua, y con la mezcla de humor, cultura y vista que tanto me agrada, a mí y a todos.
    Echamos de menos a nuestra doña multinombrada. Espero se encuentre bien.
    Besos a todos.

  7. Este casino, sin el ingnio mordaz de la Doña de los Mil Nombres, no es el mismo. Aunque merecza la pena echar el rato en él sólo por leer columnas como la de hoy, tan curiosa, culta y graciosa. La pulla de don Grillo a Menelao, merecida.

  8. ¿Será del agrado del feminismo esta reflexión? Lo dudo. Esa tropa necesita mucho estudio todavía para abrirse al sentido común.

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