Es extraordinario el caso del general de cuatro estrellas David Petraeus, combatiente en Irak y después director de la CIA. Lo es por su misma índole –un gran político que dimite por razones morales en España sería una raya en el agua–, ya que dimitir porque lo pillen a uno enredado en un triángulo amoroso constituye un gesto cumplido, pero lo es más que nada por las propias palabras de dimisión del dimitido –“Tras 37 años de matrimonio tuve el error de mantener una relación extramatrimonial. Eso no es de recibió tanto como marido, como director de una institución como la CIA”—que, seguramente, han dejado en un flipe a la mayoría de nuestros políticos. Ya sabemos que España es un país alcahuete en el que, sin embargo, la moral privada se separa con esmero de la moral social, ya que ésta suele eximir de responsabilidad a nuestros barandas, los descubran en un triángulo o en un tetraedro irregular, porque –y sobran los ejemplos—parece ser que, a diferencia de otros, aquí cuentan poco los agravios de cintura para abajo, atañan a la bragueta o a la faltriquera.

En USA, no. En USA, la democracia tocqueviliana en estado impuro, hay Estados en los que se ve normal freír a un sujeto en la silla eléctrica y los hay en que constituye delito la felación incluso dentro del domicilio conyugal. En todo caso, lo que más me ha impresionado del caso Petraeus es que a un director de la CIA –¡con lo que la CIA tiene hecho y por hacer en medio mundo!—le jaqueen el correo electrónico hasta descubrirle mensajitos calientes “de alto contenido erótico”. Ya ven, se pueden financiar y ocultar luego las matanzas de Pinochet, pongo por caso, pero no se puede echar una canita al aire ni siquiera con cuatro estrellas en la bocamanga. No sé si es una leyenda o no, pero alguna vez he oído que un tío tan macho como Millán Astray, capaz de darle el brazo a la Celia Gámez, autorizó a sus legionarios gays el uso de una borla blanca en el gorro cuartelero, licencia que Franco, su sucesor, cortó por lo sano, faltaría más. Y me he acordado de la anécdota (ignoro si apócrifa, repito) al toparme con este general invicto y agente universal, rindiendo la rodilla ante una moral privada a la que no molesta dar un golpe de estado sangriento pero sí un quítame allá esas pajas, dicho sea con perdón. Me cae bien Petraeus, a qué negarlo. Lo que no entiendo son las cabriolas del puritanismo.

3 Comentarios

  1. Me encanta su conclusión don Jose Antonio….A mí también me cae bien el Petrus ese…Menos mal que no tengo que vivir con él…
    Besos a todos.

  2. Del puritanismo a nosotros nos ha salvado la manga ancha. A los amewricanos los mantiene atraillados el código estricto de los pioneros, el espíritu de la caravana.

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