Vuelven estos días las desconcertadas imágenes con que los jóvenes de entonces –el ingenuo botón en la solapa clamando “Stop de war”– despedimos la guerra de Vietnam. Vienen de Kabul, como entonces llegaban de Saigón, testigos idénticos del fracaso del nuevo imperialismo y corroboran ce por be la vívida narración que nos hacía el amigo Fernando Mújica –estos días recuperada en la Red—poco antes de despedirse para siempre. Si hoy nos estremece la imagen del avión de los desesperados, aquel Saigón era el caos final, la apoteosis del fracaso y la trémula instantánea del pavor vivido por los últimos testigos en la ciudad abrumada por veinte mil cañones, el mensaje de los periodistas resonando en sordina camino del aeropuerto mientras a su alrededor estallaban los morterazos y el desconcierto colectivo alcanzaba máximos inimaginables. Nunca llegó a oírse la voz de Bin Crosby recordando “Navidades blancas” –la señal de la fuga prometida a los corresponsables por la Embajada– y el éxodo adquirió entonces el perfil inconfundible de un apocalipsis rematado por la imagen de los rezagados alcanzando a duras penas el helicóptero encaramado en el minipuerto improvisado en la azotea imperial.

Más de un millón de muertos, la pérdida de una fortuna incalculable, ocho millones de bombas y la extensa selva convertida en erial por los desfoliantes americanos, dejaban atrás el absurdo conflicto culminado con la escena de Graham Martin, el legado imperial, huyendo entre la barahúnda con la bandera derrotada bajo el brazo.  ¿Cómo explicar aquella enloquecida aventura en plena ofensiva retórica del nuevo pacifismo internacional? Fernando resumió la tragedia como “el apocalipsis de la insensatez”, simplemente, porque sobraban las palabras.

Y bien, estos días, como digo, vuelven desde Afganistán las viejas imágenes y  los EEUU se agencian su segunda derrota a manos de un enemigo despreciado –tal vez un poco de Historia, desde Macedonia a la URSS, podría haber contribuido a evitar la catástrofe—que, extrañamente, nunca fue vencido por sus codiciosos invasores. Recordamos hoy a Fernando –como a Carcedo y al resto de aquellos argonautas: nunca estuvo debidamente reconocido el valor de nuestros corresponsales de guerra— entre las vagas racionalizaciones imperiales y nuestro propio y oscuro homenaje a los cien españoles perdidos. Otra vez los salvoconductos y la fuga precipitada, de nuevo el clamor de los intérpretes afganos, el terror de las mujeres y las sombras sepultando a ese pueblo martirizado. Pero, sobre todo ello, la misma y eterna cuestión: ¿cómo explicar estas tragedias, como indemnizar a sus víctimas, cómo narcotizar una vez más a las conciencias ante el enésimo fracaso de la ira y la evidente inviabilidad de la venganza? Cuando en aquel entonces evocábamos la odisea, Fernando solía rematarla con su inolvidable pesimismo realista: “¡Hasta la próxima!”, solía decir. Él, al menos, se ha librado de ésta.

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