Ojalá quede para siempre en una frase aquella de Marx en su “18 Brumario” referente a la repetición en la Historia: “Hegel dijo en algún aparte que los grades hitos históricos se repiten pero olvidó decir que la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”. Ojalá, insisto, porque uno no las tiene nunca consigo si piensa en los dobles y hasta triples tropezones que jalonan la historia contemporánea de Europa y porque nada garantiza que la vuelta de los viejos males no acabe produciendo idénticas calamidades. ¿Apunta a farsa el revival actual de la extrema derecha europea, sus alarmantes progresiones en Finlandia y en Francia, en Italia y en Gran Bretaña, en Austria y los Países Bajos, en Suiza y en Polonia lo mismo que en los países escandinavos o, por el contrario, comienza a reproducir el mapa mental de los años 30, aquel terrible fantasma que, como ahora, logró contagiar su miedo a las “mayorías silenciosas” de que hablaba Baudrillard? La verdad es que la receta está servida para los neopopulistas (no pocos infiltrados en la izquierda tradicional, sobre todo en el sector socialdemócrata) en ese cóctel embriagador que mezcla el efecto globalizador, el sentimiento de inseguridad y el miedo a la inmigración pero, sea como fuere, de nuevo asistimos a la seducción de las clases trabajadoras por esos proyectos que encuentran en la fuerza su única razón. Antier se publicó en Francia un sondeo (Europe 1) revelador de que el 36 por ciento de los votantes obreros darían su voto en las presidenciales a la ultraderechista Marine Le Pen, lo que significa nada más y nada menos que ésta obtendría cuatro puntos más que la derecha y la izquierda juntas, veintiún puntos más que Sarkozy, Strauss-Kahn, Martine Aubry, François Holande o Ségolene Royal. ¿Tiene eso pinta de farsa, por más que confiemos todos en que en una segunda vuelta las aguas suelen volver a su cauce? Un fantasma recorre Europa y no es precisamente el que Marx anunció.

Confiemos también en que estas desmemorias no autoricen la aciaga predicción de Santayana de que “Los pueblos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Pero sin olvidar que cualquier día podríamos darnos de bruces con ese proyecto bárbaro legitimado en las urnas como en los años 30, ni menospreciar la teoría de que semejante peligro deriva de la honda crisis que, como se viene avisando desde los años 70, viven nuestras democracias. Nada tan significativo, a este respecto, como esa adhesión obrera a un proyecto neofascista y xenófobo como el del populismo ultranacionalista. A mí, personalmente, esa adhesión, incluso si es provisional, me da que tiene poco de farsa.

7 Comentarios

  1. Sin duda tiene usted razón , don José António, pero lo que pase nos lo estamos ganando a pulso. Hace tiempo que los avisos vienen de muchos lados y parece que nadie quiere parar el tren. Es que hay que tener muchas agallas para tratar de hacerlo y a nadie le conviene tirar del timbre de alarma.
    Besos a todos.

  2. ¿Extrema derecha, esa que dicen que se agazapa en la banda lateral derecha del equipo que capitanea don Mariano? Vamos a ver, si la derecha poco razonable y nada democrática se define por la xenofobia, el excluyentismo, el racismo, la intolerancia, el ventajismo fiscal o la insolidaridad, ¿me pueden decir qué partidos de nuestro espectro acumulan esas lacras?

    ¡¡Xactamente!!: El PENEuve y la CiU del Mas(x menos y de los meapilas de UDC). En menor proporción los esquerristas y los bloqueros de la dulce Gallaecia. ¿O no?

    Saludos mil.

  3. Es un fantasma realísimo, que nmos puede dar muchos dolores de cabeza. Que la inmigración esté provocando problemas insostenibles no justifica que se respoinda con maneras propias de otro tiempo. Una reacción como la de Francia, Itañia y Alemania para corregir el tratado de libre circulación por la UE tiene sentido puesto que se han producido circunstancias que no estaban previstas. El momento es difícil. Esos neofascismos no son sino la respuesta facilona a su gravedad.

  4. A veces se tiene la impresión tan penosa de que los pueblos no escarminetan ni tras las más atroces experiencias. Pero lo curioso esta vez es que sea en Europa donde rebrota el populismo de tintes fascistas mientras en el norte de África se libra una vasta batalla por conseguir la democracia y la libertad.

  5. Los fascismos, las extremas derechas, son, como sabemos, el efecto del «miedo». Del miedo a la libertad y a cuanto ella comporta. En esta ocasión serán los inmigrantes y la ruina progresiva del orden social, como en los años 30 fue el miedo al comunismo soviético. El hombre propende a la seguridad, de ahí el error de mcuhso demócratas al descuidarla e introducir factores de inquietud. Aparte de que el tiempo todo lo amortigua y ya han pasado bastantes años en Europa, los suficientes para olvidar el horror que, por otra parte, muchos europeos ni siquiera tienen edad de recordar.

  6. La extrema derecha es el Mr. Hyde de las burguesías (Vázquez Montalbán), una segunda naturaleza que anida en el inconsciente colectivo esperando sólo la mano de nieve que la despierte y reanime. Ahora son los inmigrantes como antes fueron los colectivistas: nadie escarmienta. Se toma como anécdota que uno de los jefecillos italianos tuviera en su despecho un busto de Mussolini. SE tolera el infierno de las banlieu parisina, o el Muro de Padua (o el de Ceuta) y un buen (mal) día nos despertamos con un fascista ganando las elecciones. Europa está dando un ejemplo pésimo. Somos nuestra propia vergüenza.

  7. Me pregunto si no tendrá que ver ese auge populista hacia la extrema derecha con la doble (triple, cuádruple) moral que nos gastamos a veces: esa personalidad partida que menciona Don Max, la que nos permite sobrevivir en el espacio de la corrección política externa mientras por dentro nos apuntamos a la defensa a ultranza de nuestros intereses. Es fácil amoldarse a las ideologías «integradoras» mientras sea posible atrincherarse sin pudor alguno en vecindades hechas, más o menos, a nuestra medida.

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