Verdad y mentira han sido desde siempre contradictorio objeto de debate. Un espíritu tan complejo como Rousseau eligió como divisa de su ajetreada vida un viejo mote de Juvenal –“Vitam impendere vero”– que pretendía proclamar la consagración de su vida a la Verdad, como si la coincidencia entre la afirmación y la realidad no fuera tantas veces incómoda o hasta indeseable. Nada tan elocuente a este respecto como la enigmática frase de Pilatos –“¿Y qué es la verdad?”– que nos ha conservado el evangelio de Juan. Se me acumulan las ocurrencias sobre el asunto que nos ha legaJdo el ingenio. La de Taine, por ejemplo, cuando sostuvo que, al menos en el París que él conoció, el hombre honrado miente diez veces al día, la mujer honesta, veinte, y el hombre de mundo, cien. Shakespeare, por su lado, sostuvo que con el cebo de una mentira se pesca la carpa de la verdad y, ya muy alejado de ese genio, Étienne Rey, en la estela de algún griego memorable, mantenía, en su “Elogio de la mentira”, que al mentiroso no lo deshonra la mentira si no es descubierta, cínico criterio que el hondo y extravagante André Suarès superó al postular que la mentira no infama la política sino que es su ley natural y, por eso mismo, legítima e inevitable.

Los españoles de este tiempo le compraríamos a Suarès, a buen seguro, ese alarde de cinismo, sencillamente porque nunca como en estos dos últimos años la mentira política se había prodigado tanto y tan descaradamente desde un (des)Gobierno que no se inmuta siquiera cuando es descubierto en su trola. ¿Hemos de recordar las múltiples ocasiones en que su Presidente y sus pandilleros han dicho y se han desdicho con una naturalidad realmente maquiavélica? De los camelos difundidos por su armada mediática, mejor no hablar.

No parece necesario intentarlo siquiera ante una opinión pública tan familiarizada con el embuste que contempla indiferente el desprestigio supino de un Poder ensimismado en su interés particular y encabezado por un defraudador convicto. El río revuelto del engaño inunda hoy nuestra vida pública mientras ante las urnas –de creer en las encuestas– el gentío se lava las manos  preguntándose, como en su día Pilatos, en qué consiste, en definitiva, la verdad.

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