En el primero de los dos vergonzosos debates que han precedido a la cita electoral de hoy, comencé llevando la cuenta de las veces que los candidatos, unos y otros, se tildaban entre sí de mentirosos hasta que perdí la cuenta y comprendí que no era posible esperar de la tolerancia española con la mentira política una comparación con la severidad tocquevilliana que gastan en la democracia americana. ¡Que le pregunten a Nixon! Es verdad que la mentira ha gozado desde hace mucho del favor de una teoría política que no es justo atribuir en exclusiva a Maquiavelo, porque el mismísimo Kant habló muy seriamente sobre el “derecho a mentir” en la vida pública y la inolvidable Hannah Arendt reconocería que la trola era, en realidad, una “herramienta necesaria” para el hombre de Estado, dado que la verdad y la política “no se llevaban bien”. Un espíritu tan escrupuloso como el de Albert Camus sostuvo –en “La Caída” creo que era– que la luz de la verdad cegaba mientras que la mentira constituía un “bello crepúsculo” que –y vean lo actual que resulta el galicismo— “ponía cada cosa en valor”. Demasiada ironía para mi gusto.

Hoy hemos de elegir –siquiera sea por imperativo moral—a uno de esos líderes que antier se degradaban entre sí del modo lamentable que todos hemos podido ver en directo, llamándose recíprocamente hasta la saciedad no sólo mentirosos, sino plagiarios, corruptos y hasta traidores. Todo vale en la lucha partidista, por lo que se ve, y ni siquiera la crítica precariedad en que vive la unidad nacional o el naufragio colectivo que supone la corrupción generalizada bastan para salvar el sentido común lo mismo en el bando conservador que en el llamado progresista. Sólo la extrema Derecha y la extrema Izquierda osan reconocer lo que piensan, es decir, proclamar “su” verdad. Y en consecuencia, al votar hoy legítimamente a su máximo representante, el ciudadano tendrá la sensación de estar eligiendo a un tipo que no es de fiar. Este dudoso domingo los españoles podríamos comprender mejor que nunca la broma de André Suarès –el amigo de Claudel…¡y de Valéry!— de que la mentira sostiene al interés del mismo modo que el interés conduce a la política. No me digan que estos mentirosos de hogaño no cuentan con ilustres precedentes.

Votemos, pues, y cada cual quede en paz con su conciencia, que nadie pueda cuestionar nuestro espíritu cívico. Pero no dejará de quedar claro que lo peor de estas elecciones es la evidencia de que los políticos –y se admiten excepciones— no son gente de fiar.

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