Ha venido siendo habitual entre nosotros, en especial tras el “impeachment” de Nixon, creer a pies juntilla que la prueba del 9 de la democracia es el imperio de la verdad. Se dice y repite en las tertulias lo mismo que la barra del bar, eso de que, en una democracia exigente, a un político se le puede tolerar todo menos la mentira, deslealtad frente al pueblo soberano que habría de llevar aparejada su exclusión de la vida pública. ¿Pero es cierto eso? En los EEUU lo fue en el caso de Nixon pero no cuando Clinton negó la evidencia sobre su aventura con la becaria, quizá porque el propio concepto de verdad, como ya planteara Pilatos con su famosa pregunta, puede ser cualquier cosa, menos terminante.

¿Han reparado, sin ir más lejos, en el montón de medias verdades y trolas rotundas que acabamos de vivir en la última y lamentable etapa de nuestra historia democrática? Seguro que sí, porque por ahí andan rebotando en las llamadas “redes sociales”, apretados aunque dudosos florilegios de mentiras que demuestran el escasísimo margen de credibilidad que merece la palabra de nuestros políticos, desde el mínimo concejal a los próceres que ocupan la cabeza del escalafón. Y ya ven que no ha ocurrido nada y que no ha merecido siquiera una disculpa por parte de los mentirosos una vez instalados en el Poder, que es de lo que se trataba, tras haber jurado por sus mengues que jamás lo aceptarían si la púrpura les llegaba condicionada por la ayuda de los facciosos del independentismo. Tuvo toda la razón del mundo aquel artista insigne que sostuvo la necesidad de disponer siempre –como Groucho Marx– de dos ideas: la una para matar la otra.

Lo malo –y esto también se ha dicho más de una vez— no es tanto mentir como dejarse pillar en la mentira, pero tampoco ese concepto leonino vale para estos mentirosos de nuestra vida pública que saben de sobra el escaso poder que en este corral de cabras conserva la pública reprobación. Las mentiras políticas se escapan como la arena entre los dedos. Ha bastado un Gobierno extravagante para lograr la amnesia de toda una sociedad hasta antier convencida de los peligros de la mendacidad. Lo de Nixon ocurrió una vez, aparte de que, a los españoles, aquella escena nos queda demasiado a trasmano. Sánchez no es el único camelista ni su fervor por la verdad tendría por qué ser mayor que el de Pilatos. Pero nada tan descorazonador para el demócrata de a pie que el hecho de que tantos siglos después de Maquiavelo se pueda decir aún, como se ha dicho, que la mentira es la ley de la Política.

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