Parece ser, por fin, que hay crisis. Lo admite ya entre dientes el propio Gobierno y el partido, aunque aún se agarre al eufemismo inútil de vez en cuando, como si pintar fuera querer. El bamboleante Solbes reconoce ya una inflación que auguró nunca se produciría en estos términos, fijando, nadie sabe por qué, incluso una fecha límite a su ascensión, y reconoce que, dados los resultados del trimestre, nos quedan unos meses duros, en los que impepinablemente creceremos bajo la temida barrera del 2 por ciento, que es donde el paro prospera. Incluso se adoptan medidas, siquiera simbólicas y forzadas, para esa “crisis que nunca existió”, paradoja que el profesor Manuel Lagares tratará de desentrañarnos el viernes en la “Charla en el Mundo” que abre la temporada de Punta Umbría. Sube el euríbor, crece la deuda hipotecaria, la caída del empleo no ceja, la contracción de la demanda obliga a abrir las rebajas partiendo ya de un descuento del 50 por ciento, sin contar las “promociones” que se han anticipado por su cuenta, aterrado el comercio ante el riesgo de sus stocks, pero el Gobierno permanece impasible, como si con él no fuera lo que dice ser una crisis “externa” y que, por tanto, ya resolverá alguien desde fuera. Poco a poco se permite deslizar la obviedad de la recesión, porque el político cuenta siempre con la acción erosiva del tiempo, pero es probable que a esa táctica  –favorecida por el cataclismo triunfalista de la Eurocopa—le aguarde un penoso verano y una “rentrée” temerosa. De momento, es la primera vez que un  Rajoy asaeteado desde su propio partido pasa por delante de ZP en una estima pública que probablemente comienza a tentarse el bolsillo. Cuando haya que devolver los préstamos que dicen que se están librando para salvar las vacaciones, más de uno se acordará del énfasis electoralista con se acusó de antipatriótico a cualquiera que osara abrir los ojos y decir lo que estaba viendo. Un par de meses y hablaremos.

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Uno de los enigmas de la opinión en las sociedades democráticas es la fragilidad del mensaje, la volatilidad del compromiso y, ya de paso, la insignificancia de la mentira política. Se recordará cuando ya no tenga remedio la vehemencia con que se le negó a la oposición la realidad de la crisis, pero lo que habría que explicar es cómo es posible que un electorado engañado con premeditación y alevosía no reaccione cívicamente con mayor energía cuando lo alcanza el recibo de la hipoteca, ha de recortar drásticamente la dieta familiar o suprimir el veraneo aparte de dejar el coche aparcado. La indulgencia generalizada de los ciudadanos con la mentira política reduce la democracia a un ejercicio formal en el que todo sacramento se agota en las liturgias, es decir, pone al descubierto la falacia esencial en que se basa la vida pública animada por una clase política que se cree incluso con derecho a engañar al elector negándole lo que le confirma su propia experiencia. Con el agravante de que esa mentira maniata al mentiroso impidiéndole actuar como sería imprescindible, es decir, adoptando unas medidas de choque evidentemente inconciliables con el despilfarro de su modelo electoralista. Justo es decir que tampoco la oposición/alternativa ha ofrecido acciones concretas a un Gobierno que, al margen de su sectarismo, es el de todos. Y qué acogida dan los mentirosos a esas propuestas cuando al fin sean formuladas, eludiendo, como es natural, toda referencia al pasado reciente. Pero los hechos han de seguir su curso y durante el propio verano, con los mandamases de vacaciones, irán desplomándose por aquí y por allá índices previsiblemente malos cuando no peores. Aznar y Rato se encontraron un país que no cumplía ni una condición para entrar en la zona euro y lo pusieron al día, ésa es la verdad. En esta ocasión, la catástrofe no encuentra enfrente resistencia ninguna. La mentira tiene estas consecuencias. Lo vamos a comprender a fuerza de palos.

2 Comentarios

  1. No sé si se destaca lo suficiente que para los mandas, cada uno de los ciudadanos, con su individualidad, su familia o sus circunstancias, no existimos. Solo somos un número, una estadística, la masa.

    Ningún pez gordo, ni a un lado ni a otro de la trinchera, vive la angustia de la hipoteca, el descalabro de las vacaciones. No importa lo que vale un café que nunca se paga, ni el precio que cuesta el litro de la gasola. Todavía menos se sabe lo que gastan a los cien esos audis blindados que usan a diario, con sus mil kilos de guata encima.

    Al menos, el zumbido de la crisis real, la que se traduce en euros, no llega más que hasta cierta altura de la pirámide y ningún currito político de oficio va a descararse con sus amos, cantándole la traviata. Cada vez es mayor el abismo entre la gente del común y esa aristotrascia partidista que utiliza los números como proyectiles, pero que hace mucho que ignora el precio de un peine. Así nos va.

    (Gran sabio el próximo charlista de Punta Umbría, que nació en un terruño no lejos de allí. Mis respetos al prócer).

  2. Siento decir que la mentira es inherente a la democracia: hay que ser reelegido.¿Cóma va a ser reelegido el tío que diga ” Señores, aquí hay que trabajar más si quieren ganar más, y apretarse el cinturón , porque los años de bonanza han pasado, el petroleo está encareciendose a menodo que enrarece, las materias primas están por las nubes porque los Chinos las codician y las compran y todo va a salirnos más caro. Además somos demasiado, y hay que tener menos niños, y para terminar , hay que pagar para cuidar la madre tierra, que está enferma y la necesitamos todos, así que a dejar de gemir y manos a la obra.” Hasta yo me pregunto si lo haría!
    Besos a todos

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