La más alta censura

Son innumerables las anécdotas de la Censura ejercida por la pasada dictadura. Como filtraciones las hubo siempre, hasta en aquella dictadura ocurría que el papel tachado por el censor llegaba a manos de los afligidos autores. Pero hubo también casos memorables como el que paso a relatarles. Cuando en 1971 se cumplió el primer medio siglo del llamado “desastre de Annual”, me encargó la revista “Triunfo” uno de mis reportajes históricos sobre el terrible suceso –quizá más de 10.000 soldados españoles caídos, la inmensa mayoría campesinos pobres pillados a lazo– pero mi esfuerzo resultó vano tras ser prohibido por la autoridad. Dos años después, en el 73, décimo aniversario de la muerte de Abd-el-Krim, el director Ezcurra me pidió que repitiera mi intento, centrado esta vez en la figura memorable del genial estratega rifeño al que acabarían admirando, entre otros, como Ho-Chi-Minh o el Ché Guevara.

Haro Tecglen, que había servido en el Alto Comisariado y dirigido la radio oficial española (en la que él nos contaba que tuvo a sus órdenes a un hermano de nuestro personaje), y más tarde “La España de Tánger”– me advirtió enseguida que ése era un tema tabú dada la rencorosa obstinación de Franco contra aquel otro caudillo que en Annual había hecho morder el polvo a nuestras tropas, siendo él ya comandante de la I Bandera de la Legión bajo el mando del insensato general Silvestre. Y pronto lo comprobamos, pues a la tímida consulta de Ezcurra al ministro Sánchez Bella, éste respondió con la consiguiente amenaza de cierre del semanario, y ni siquiera la mediación de Villar Palasí –ministro de Educación y cuñado de Ezcurra– logró ablandar su censura. Abd-el-Krim era innombrable, por lo visto, y seguiría siéndolo mientras alentará el caudillo africanista que nos gobernaba.

Acaso no nos percatábamos de que de aquel “desastre” no nos separaba más que medio siglo mal contado y ése es, por lo visto, poco tiempo para que cicatrice una herida tan atroz. Habíamos leído”Imán”, la novela juvenil de Sender, en la que reconstruía el episodio recordando no sólo la crueldad inconcebible de los cabileños sino también el uso ominoso de gases vesicantes y neurotóxicos empleados por los colonizadores. Abd-el-Krim, el antaño “moro amigo”, el traductor que escribía en árabe en “El telegrama del Rif”, el que fundó aquella República del Rif casi tan efímera como la Puigdemont, y del que se dice que incluso intentó tardíamente pactar con Franco, no estaba tan lejos como creíamos los jóvenes, sino que seguía siendo, quién lo habría imaginado, una de las grandes obsesiones de nuestro Dictador.

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