Uno de estos días va a celebrarse un encuentro público entre un robot dotado de cierta capacidad parlante y dos expertos concursantes que vienen ya de vueltas de esos concursos televisivos aunque, en enero pasado, ya fueron derrotados por poco por “Watson”, la primera máquina capaz de comprender, siquiera parcialmente, el lenguaje natural hasta ahora reservado a los hombres. La máquina responde, por descontado, al menos en apariencia, al modelo imaginado por la ciencia-ficción, pero es capaz ya de darse por enterada de cuestiones escritas y, en el plazo de tres segundos, dar la respuesta adecuada sobre su sentido oral, asistida por un complejísimo sistema informático que maneja con sus algoritmos un fondo importante de documentación previamente suministrado en el que se incluyen desde enciclopedias y diccionarios hasta textos mayores como la Biblia y un escogido repertorio literario. Ni siquiera en el caso, no poco verosímil, de que “Watson” acabe triunfando sobre sus adversarios, debemos confundir esa capacidad robótica con la singular facultad humana de hablar que implica, entre otras cosas, una libertad de la que no dispone todavía el artefacto ni es verosímil que llegue a disponer enteramente nunca si nos atenemos al aviso inteligente de Asimov que decía que el robot no razona sino que, simplemente, “es lógico”, es decir, responde consecuentemente a las exigencias de sus antecedentes. Como ya ocurriera a los primatólogos en sus intentos de enseñar la lengua a los monos, los constructores de máquinas parlantes –hoy en el mercado en sus versiones limitadas—saben de sobra que una cosa es responder a un estímulo determinante y otro del todo distinta manejar con libertad ese sistema simbólico que ha otorgado al ser humano su probada superioridad sobre las demás especies y, ni que decir tiene, sobre sus propias construcciones. “Watson” podrá ser capaz de manejarse utilizando el lenguaje sin comprenderlo y hasta de resultar vencedor en esa competición sin saber hablar. La construcción de la conciencia no es asequible al ingenio humano por más que su imitación pueda ser ya una realidad.

 

En el viejo empeño de crear la máquina replicante el científico choca siempre, al final de la partida, con el escollo que supone la imposibilidad de dotarla de libertad. “Deep Blue” derrotó a Kasparov non hace tanto pero es evidente que la respuesta cibernética a una jugada de ajedrez resulta incomparablemente menos sutil que el acierto sobre el sentido de la palabra. “Watson”, de hecho, se muestra inseguro frente a los dobles sentidos como “Deep Blue” se desconcertaba ante las réplicas ilógicas del campeón ruso. Lévy-Strauss puso en claro que la lengua es una razón humana que tiene unas razones que el hombre no conoce. Tantos años después no hay algoritmo que desmonte este hallazgo.

6 Comentarios

  1. Siempre nos quedará París. Como asevera JA, el robot humanoparlante difícilmente captará las sutilezas de la ironía, las frases elípticas o de doble sentido. ¿O acertará a captar el guiño que significa al revés te lo digo para que me entiendas?

    Evidentemente un robot planchador siempre lo hará mejor que nuestra madre, pero ¿será capaz de poner la ternura que nosotros recibíamos cuando nos entregaba una camisa recién planchada al segundo toque de misa?

    A quien le suene cursi, tiene mi solidaridad.

  2. La ilusión del robot es antigua y no extraña en este país en el que actuó Juanelo Turriano para el propio Emperador. Aunque yo no sería tan escètico como don Rafa, pues sabemos que la robótica ha avanzado tanto que, hace años, se acordó ralentizar la investigación en defensa del empleo. El problema hasta ahora ha sido, a mi juicio, la obsesión antropomórfica, pero cuando los japos se han dejado de replicaciones del cuerpo humano, estamos viendo progresos de lo más inquietantes. ¿Acaso esta máquinilla en la que escribo estas líneas no es uno de ellos que ha sido capaz de conmover toda la civilización?

  3. Es un viejo sueño, en efecto, y en cierto modo, un impulso creativo que siempre escondió el hombre en su almario. Los problemas son muchos, pero parece evidente que la automatización no podrá ser detenida por nada ni por nadie.

  4. Sí, Pater, ni por nada ni por nadie.

    Los programas que utilizamos universalmente han sido codificados por programas que a su ves lo han sido por otros y estos a su vez por otros anteriores.
    Hoy no hay ningún informático capaz, por si sólo, de competir con esos programas de última generación. Ésta informática aplicada a la robótica será imparable pero sin las tres leyes inventadas por I. Asimos para proteger a la especie humana.

    El día que los robots puedan autoreplicarse los días de nuestra especie estarán contados.

  5. No le sigo, Don Griyo. Y mire que la profesión me toca, aunque sea de aficionado, por los derroteros que usted menciona. Todos esos “programas de última generación” que usted menciona no son más que construcciones gigantes pero con los pies de barro, digo de unos y ceros y cuatro reglas básicas, copiadas y pegadas miles de veces. El tiempo vendrá en el que queden relegados a la categoría que les pertenece: el electrodoméstico.
    Sdos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.