Para Arcadi Espada

Pocas escenas más divertidas en las “Vidas” de Plutarco que aquella en que la divorciada Valeria se llevó al huerto a Sila poniéndole una mano encima al cruzarse con él en el teatro con la excusa de que quería participar con ese gesto (magia de contacto) siquiera “en una partecita de tu dicha”. Lo ha recordado Darrin M. MacMahon en “Una historia de la felicidad” –otro libro sobre el mítico tema que nos sale al paso esta temporada—poniéndola en relación con el ‘dictum’ no poco bárbaro que le oímos en Perpignan, cuando éramos jóvenes, al Marlon Brando de “El último tango”: “Tu felicidad, guapa, es mi ‘falocidad’ ”. Lo he recordado enterándome por el flamante informe de la Sociedad de Sexología de que la mitad de las mujeres españolas se declara insatisfecha sexualmente, se centra pragmáticamente en el orgasmo y no quiere saber nada o deja más bien de lado los juegos y enredos eróticos que tan publicitados vienen siendo en los últimos tiempos por tierra, mar y aire. Y lo he recordado no poco estupefacto al comprobar una vez más el aviso que hace creo que es Nietzsche en alguna parte de que es justamente en las épocas más deprimentes cuando el género mítico y literario de la felicidad prospera mejor, un poco como la semilla más noble medra en el estiércol podrido. Hace escasos días traía aquí a colación el estupendo libro colectivo “La historia más bella de la felicidad” en el que varios autores, atraillados por Jean Delumeau, insisten una vez más en la naturaleza ‘histórica’ de esa ilusión, es decir en el hecho, tan olvidado por lo general, de que en absoluto quiere decir lo mismo “felicidad” en boca de un estrecho como Epícteto o como el propio Séneca que en manos de Rousseau y, ni que decir tiene, menos aún burreado por la picardía metarrealista de los materialistas ingenuos. En cierto modo me atrevería a decir que cada hombre corresponde a la idea que su época se hace sobre la posibilidad real que tenemos de ser felices en este perro mundo. La paradoja reside en que apenas haya mito tan consistente como éste que es tal vez el más desencarnado. No existe la felicidad inteligente, sentenció (más o menos) Jean Rostand. No hay más que asomarse al telediario para estar de acuerdo con él.

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Me cae en las manos también un estudio que sostiene que los jóvenes botelloneros beben para animarse en busca de sexo, un dato que dice mucho, a mi juicio, sobre el carácter de prejuicio y, en consecuencia, no poco prelógico, que aún conservan las tácticas y las estrategias en la secreta guerra de los sexos. La gente se viene abajo, los ciudadanos descreen a calzón quitado en la democracia posible, las masas asumen sumisas su destino, los sabios reniegan de la utopía y se conforman con el buen pasar que el hado nos ofrezca, se queja el personal de su experiencia venérea, y sin embargo, prolifera la cháchara sobre la felicidad evocando acaso la equívoca ocurrencia patrística de la “felix ruina” o quizá más todavía la ironía que puede que subyazca bajo el desdén del escéptico o la mueca del estoico. Pocos conceptos tan tentadores como esquivos, pocas ilusiones más arrebatadoras y menos accesibles, ninguna seguramente tan fértil en manos de este mono desnudo que Sartre decía que no era más que una pasión inútil. Todos alargamos la mano como Valeria para arrancarle siquiera un fleco de la toga al afortunado que suponemos dichoso aunque lleve por dentro la procesión más negra, y todos queremos encamarnos con él, de una u otra manera, con la misma esperanza seductora que movió tan afortunadamente a aquella divorciada alegre. A más duquitas que nos rodeen más teoría sobre la felicidad, a menor horizonte mayor esperanza. No me digan que no somos raros, tercos, empecinados pero, sobre todo, lilas. Ni les cuento en qué consistía la felicidad según Susana Estrada pero, por lo menos, ella sabía divinamente de qué hablaba.

12 Comentarios

  1. Hay una felicidad serena como la que produce la introversión cuando repasamos nuestra vida y vemos su recorrido reflejado como una estela.
    Más efímera es cuando acabamos de satisfacer un deseo, despejar una incertidumbre…..
    Y sobre todo la felicidad está…. en el interior de cada una y su relación con el entorno.

    Cierta cultura oriental dice que la felicidad está en la ausencia del deseo. Ante ese concepto soy masoquista.

    Maestro: más que raros, tercos ó lilas, somos un engendro maravilloso de la naturaleza.
    Y me alegro de haber nacido.

  2. Lo de felicidad/ausencia del deseo, o sea, renuncia al placer, no es sólo oriental, doña Grazia. Por lo que a nosotros se refiere es un producto mediterráneo tan clásico como hoy la dieta del doctor Grande Covián. Sí todos nos alegramos –por momentos– de haber nacido, pero eso no afecta al tema de hoy: ¿Por qué a mayor desgracia, mayor énfasis en la búsqueda de la felicidad, por qué los hombres se aferran a esa ilusión –la felicida, en efecto, no es nada, una estela si acaso…, como usted dice– cuando menos razones tienen para dudar del infortunio de la especie? Ahói le duele doña Grazia, y ahí creo que iba GM.

  3. “Tu felicidad, guapa, es mi FALOCIDAD”. ¡Qué tiempos aquellos, jefe, cuando íabamos a Pau de congresistillas rojos, ¿se acuerda usted, camarada?, o cuando nos citábamos en los comedores universitarios parisinos…! “Mi falocidad”, ¡qué cosas se le ocurrían a Bertolucci! Es curioso, pero legiones de mujeres adoraban (supongo que siguen adorando) a aquel machoi salvaje que era el Brando de “El último tango”, y fantaseaban con la experiencia de la mantequilla, oh, maestro, qué ingenuidad la de la Generación… Me ha retrotraido usted a mis años fértiles. En todos los sentidos. Gracias.

  4. Felicidad, “”¡felices Pascuas!”, ¡felicidades tenga usted! ¡Hasta en plural pensamos en que se existe la “beatitud”! Quiero contarme entre “los pocos sabios que en el mundo han sido”, o cuando menos en us compañía, y buscar la felicidad en la “apartada senda”, en la “tranquilitas ánimae”, en la aceptación humilde del momento benigno, en la gratitud por el que exalta los sentidos. Hace bien desoyendo a Epícteto, con ser tan gran espíritu el suyo: busque cada uno su bien, que suele estar en la paz de espíritu. ¿Negar los sentidos? Nunca me pareció “natural” ese mandato. Pero tampoco confiar en los buhoneros de la felicidad. Importante en la columna: el aviso de que aumenta la esperanza frente a la adversidad.

  5. ¿Qué era la felicidad para la Estrada, maestro? NO me imaginaba yo a usted atento tambien a esas suripantas, pero veo que no se le escapa una.

  6. Recuerdo siempre la cita de Anouilh, en “La Salvaje”: “Siempre habrá por ahí, en laguna parte, un perro perdido que me impedirá ser feliz”. Unos empeñados en que la Felicidad está ahí, al alcance de la mano (no hablo de Diógenes, doña Epiclásica); otros, negándola a toda costa. El perro de Anouilh me resulta aterrador.

  7. La felicidad puede estar en un mendrugo de pan, en un sorbo de agua, en una mirada, en una mano tendida. Por tanto es una ilusión de naturaleza relativa. Nuestro error es buscarla como si fuera una realidad absoluta.

  8. Creo que fue Flaubert quien atribuía la invención de la Felicidad al Diablo y recomendaba, por eso mismo, no pretenderla nunca. Él desde luego no fue feliz. ¿Conocen ustedes a alguiie que lo haya sido y, sobre todo, que lo sea?

  9. Lo más interesante es la afirmación del carácter histórico de la idea de felicidad, porque esa misma evolución demuestra que no se trata de algo concreto, “natural” sino contingente hasta el capricho. La felicidad es una simple proyección de deseo, un ojalá del alma. Lo que añadan los filósofos y los literatos, en efecto, es mera propaganda de época.

  10. Echo de menos la perorata de doña Epifeliz, cuyo silencio esperemos que no se deba a ninguna infelicidad. Un día en que don Griyo se pasea por Navarra –¿ven como la felicidad existe?– se le ocurre al casero proponer tan delicado tema. Confiemos en que mañana si no a última hora, ambos nos ilustren con sus ingenios.

  11. Creo que Flaubert ironizaba (Dicc. de Tópicos) tratando a la Felicidad de criada. Me temo que para muchos esa ancilla se ha convertido en doña. (Raro que a ja se le haya pasado mi cita, porque él maneja mucho el librillo al que me refiero).

  12. Me siento superada por tema tan metaf´sico y pataquímico. En la amdrugada de domingo ya, le echo un vistazo a EM/Biblia y encuentro el editorialillo que flanquea a Belmonte.

    Le reto a espadas, sr, Ropón, aunque tal vez ésto ya no lo lea nadie. El siñol jués granaíno -tierra de la mala follá no se olvide- condena a un angelote de 19 añitos a 31 días de nada de trabajos por la comunidad. El niño, en el mismo patio del Instituo le dio fuerte y flojo a la parienta y siempre con la idea fija, con la prepotencia absoluta de “que la maté porque era mía”. Ahora me lo imagino regando parterres y desbrozando solares abandonados. Criatura.

    Mi propuesta sería que esos 31 días los pasara en el trullo, guardado, a la sombra, en la madrastra. ¿No tuvo él tan fácil brear a la novia, pues abusó de su mayor fuerza física, más capacidad para la violencia, instinto cruel hasta el paroxismo? Pues que ahora aprendiera a ducharse en las comunes. Que la primera vez que se agachara a coger el jabón le rompieran el ojete. Que soportara a cuatro, cinco u ocho bujarrones embistiéndole por la retaguardia. Que se sintiera impotente de rabia, angustiado hasta el límite, víctima en fin de una fuerza superior. Tal vez así comprendiera a la chica rebotando a cada bofetada, doliéndose a cada rodillazo. sintiéndose zarandeada como un pelele por el jaquetón.

    Los bienpensantes blogeros, todos, el mismo Anfitrión quizas, pensarán ‘la Epi no se ha acostado aún, viene puesta hasta las orejas, qué barbaridad lo que se le ocurre…’ Nada de eso: ojo por ojo, ojo al cuadrado. Algunos médicos sólo conocen el amargor de un jarabe cuando no les que da más remedio que tomarlo seis días cada ocho horas.

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