La estadísticas sobre el suicidio en relación con la crisis están superando todas les expectativas en medio de un estruendoso silencio oficial. No se suele hablarse de que la crisis ha disparado esa estadística en un 25 por ciento, de que hay países, como Lituania o Rusia, donde se alcanzan cifras inasumibles, de que en España, y a pesar de que por cada suicidio consumado hay que contar con veinte fallidos, la cifra supera holgadamente los diez casos diarios (3.600 en el año 2009, 3.421 en el siguiente) siendo ya la primera causa de muerte violenta y la tercera en cualquier caso, tras las provocadas por las enfermedades vasculares y el cáncer. Y menos se dice, por supuesto, que su progresión entre los jóvenes es tal que se cuenta ya como la tercera causa de muerte entre ellos, aparte de su alarmante crecida entre los adolescentes, síntomas todos ellos  evidentes de que la causa del fenómeno es de naturaleza social y no se debe a ningún avatar psíquico. Al suicidio le sobra literatura y le falta sociología, más allá de las consabidas banalidades que sobre él se han dicho sin contemplaciones. ¿Recuerdan el hallazgo de Shakespeare en “Otelo” con aquello de que era cosa de tontos vivir atormentados teniendo en la mano la receta infalible para escapar al tormento? Un autor que tan de cerca a contemplado la autoaniliquilación como Bernhard, ironizó con razón sobre la estupenda confesión de Kafka de que se había pasado su vida defendiéndose del deseo de acabar con ella, por no hablar de las sandeces que pudieron decir sobre tan triste asunto personajes como Breton o el propio Cioran, socios todos ellos del club de la paradoja que propicia la paradoja atroz. La gente se mata por desesperación, incluso cuando logra disfrazar teatralmente ese estado de ánimo, y por eso las crisis relanzan incluso cierta estética del suicidio. No hay que dar crédito a la premisa de Durkheim en su obra clásica sobre el tema cuando asegura que las cifras de suicidios son invariables en cada sociedad; yo sí se la daría, en cambio, a su idea de que el factor integrador que ayuda a preservar la vida es la socialización del individuo. El que se mata suele llevar en la mano el puñal que le ha puesto el grupo.

La crisis ha disparado igualmente la estadística psiquiátrica (en España, se calcula que en un 15 por ciento) en el marco de ese “malestar de la cultura” que Freud escribió precisamente el año de la otra gran crisis, la del 29, y en el que hoy conviene atender más a la “necesidad” que a la “culpa”. La “lógica de la decisión” no hay que buscársela hoy al suicida entre las entretelas del psiquismo sino en la faltriquera vacía.

8 Comentarios

  1. 20 fallos por suicidio me parece una exageración.
    Muchos suicidios fallidos responden a una teatralización histérica y otros al arrepentimiento de última hora, algunos consumados responden a un fallo en el cálculo por desconocimiento de la letalidad real del fármaco.
    Otros suicidios no contabilizados son los producidos por medio de un accidente de tráfico autoprovocado.

    ****************************

    El hijo esquizofrénico de un amigo mío se ha “suicidado” tres veces y “casualmente” se ha dejado la puerta de su cuarto abierta, en la que siempre que está está encerrado con llave.

  2. Comprometer nóminas futuras (e inciertas) para comprar bienes muy por encima de las propias necesidades y posibilidades, reunificar deudas de consumo en forma de hipotecas para acabar pagando un coche o una moto en 35 años, lastrar el propio desarrollo personal y familiar al permitirse – de jóvenes- caprichos que antes requerían una vida de sacrificio y de éxito, ¿no pueden ser considerados formas de suicidio social?

    Entiendo que las faltriqueras vacías alcanzan por igual a los sensatos y a los que no lo son. Pero en muchos casos, el desastre causado por la falta de sentido común se veía venir.

  3. De acuerdo don Rafa. Hay mucha verdad en lo que usted dice , sin embargo una vez admitido que el hombre, muy a menudo, es el instrumento de su propia desdicha, podemos admitir que si se mata es por falta de esperanza de poder mejorar su suerte y escapar a su triste condición.
    Un beso a todos.

  4. (continuación) No concibo que una persona que haya obrado con sensatez se plantee, ante el infortunio derivado de la crisis, quitarse de enmedio, sino luchar aún con más denuedo para vencer la adversidad.

    Por lo demás, el planteamiento del artículo me hace pensar en una proyección anticipada del clásico navideño “Qué bello es vivir”.

    http://www.youtube.com/watch?v=4PXB-ikpFzY&feature=related

    Sdos.

  5. Las cifras son tremendas.
    Quería insistir también en que, a menudo, muchos de los que se suicidan, sobre todo entre los jóvenes, son los idealistas, las “buenas personas”, no los egoistas, ni los que sólo se interesan por su propio ego.
    Besos

  6. No veo por qué discutir cifras estadísticas, aunque eso sea entre nosotros un lugar común. El sentido de la columna me parece otro y en eso debería,os pensar un poco sus lectores. A mí, desde luego que sí me ha impresionsado esa cifra de suicidios diarios que no sé de dónde saca jagm aunque le doy toda mi confianza.

  7. Yo no dudo de esas cifras porque estoy familiarizado con ellas. Y no caricaturizo al suicida, como antes se ha hecho aquí, atribuyéndole los rasgos del falsario que busca notoriedad o reclama atención ajena. No me parece ni piadoso ni justo pensar de ese modo. En Francia ha sido un escándalo (aquí tratado un par de veces) la ola de suicidios en France Telecom, en Japón, país muy suicida, hubo su escándalo con motivo de los juicios concertados por Internet entre jóvenes. En Estados Unidos se repitió esta última historia y pudio atajarse relativamente a tempo. La crisis ha influido sobre el suicidio, como ha multiplicado el consumo de ansiolíticos y demás productos farmacéuticos relacionados con la angustia y la ansiedad. En España se dice que sobre todo esto ha ocurri entre blas mujeres, porque entre los hombres lo observado es que la crisis ha potenciado mucho el alcoholismo. En fin, que seamos un poco serios y no lancemos la primera idea que se nos viene a la cabeza.

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