Lo estamos viendo en nuestro propio país y no sin alguna razón: el Estado se ve obligado a ayudar a los pobres pero se propone “investigar” sus circunstancias para evitar el abuso del holgazán. Volvemos a la preocupación de nuestros teóricos del siglo XVII sobre la distinción entre “falsos y verdaderos pobres”, y no sólo aquí, sino en casi todos los países desarrollados, continuando una tradición doctrinaria inmemorial consagrada a “explicar” la desigualdad humana en función de los que solemos llamar “suerte”: habría dos clases de hombres, los favorecidos por la “buena suerte” y las víctimas de la “mala suerte”, realidad que Plutarco consideraba el peor de los males de la república. Ahora bien, esa teoría siempre igual a sí misma, adquiere en el periodo moderno un aire científico que, visto de cerca, no es más que pura ideología de clase al menos desde que el patriarca Adam Smith dejó claro su convencimiento –en cierto modo procedente del mito bíblico– de que la meritocracia debería ser la única vara de medir el destino de los vivientes. Claro que hay pensadores disidentes, como ese John K. Galbraith, cuyo opúsculo titulado “El arte de ignorar a los pobres” acaba de ser reeditado y al que varios críticos se han precipitado a reunir con el delicioso discurso de Swift (“Du bon usage du cannibalisme”, 1729) en el que proponía utilizar la carne de los niños desposeídos para conseguir “platos de una carne excelente” en lugar de soportar una multitud de harapientos mendigos. No hizo falta el calvinismo –y que Max Weber me perdone—para convencer a los afortunados de que sus bienes no eran sino el signo de la protección divina, siempre atenta con la virtud: Galbraith proclama que esa justificación constituye un motivo de debate intelectual de toda la vida.

Hoy no habría nadie que asumiera, ni en broma, la irónica propuesta de Swift, porque el Estado dispone de medios más sutiles y un ejército liberal abrumador. Es indudable que, en efecto, mucho infortunado abusa abonando el cenagal de la economía subterránea, pero no lo es menos que el Estado, además de ser incapaz de evitarlo, resulta ser el primer calvinista (o benthamista) apoyado por los Hayes, los Phil Gramm y tantos otros, hodiernos continuadores de la antigua tesis de la buena y la mala suerte. Swift no tenía ni idea de hasta dónde podía llegar la pobreza. Su ironía hubiera constituido hoy un puro sarcasmo.

5 Comentarios

  1. Extraordinaria columna, que espero guste como merece. Culta, clara, bien fundada y razonada. En este país erial es una raya en el agua. Gracias por su talento.

  2. No vivo ahora en España, ni tampoco viví en la Inglaterra de Swift pero me parece que la pobreza y las condiciones de vida infrahumanas de los niños en los tugurios ingleses o irlandeses es dificil de batir. No olviden “the great famine” donde murieron más de un millón de irlandeses y emigraron todos los que pudieron. Supongo que en España hoy en dia nadie se muere de hambre. Lo que no quita que efectivamente de nuevo estemos seleccionando entre los pobres “verdaderos” y los “falsos”, los de solemnidad y los que pueden aguantar un poco más. Qué tiempos más tristes, Dios.

  3. En ESapañaa no se muere de hambre hoy… Gracias a la ayudass de muchas instituciones, todd debe decirse, en su mayoría católica. Quizás madame SIcard no cónozca esta circunstancia aunque en Francia también funcione esa ayuda cada vez mas. El discurso de Dickens ha contribuido a que veamos a los ingleses un poco como los retrataron MArx y ENgels, wpero hioides en ESpaaña hay millones de personas web familias donde ní entra un asoló euro al mes.

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