Pocos comentarios hemos oído, y más bien sesgados, ésa es la verdad, tras la muerte de Roger Garaudy, uno de nuestros mitos generacionales allá por los años 60. Ese olvido se debe, probablemente, al conocido principio de que el que se mueve no sale en la foto, y justo es reconocer que aquel hombre apasionado y brillante, que nos convocaba en los cafés para enfrentarnos con Sartre y compartir con nosotros, cuatro gatos, su abigarrada sabiduría, se ha movido demasiado en su  vida casi centenaria. Cuesta olvidar el apasionamiento con que –él, que era casi tan hegeliano como marxista—nos vendía la burra ciega de un fideísmo inextricablemente unido con su infidelidad y que fue, en resumidas cuentas, su alterada respuesta a sus sucesivas conversiones desde la “iglesia” comunista, que abandonaría en pleno mayismo del 68, a la católica y, finalmente al Islam. El hombre que escribió “Dios no existe” o trató de fundamentar una teoría materialista del conocimiento, solía decir que toda apostasía implica una nueva fe, y fue esa versatilidad de sus enormes capacidades la que lo llevó a enfrentarse con colegas tan consagrados como Sartre o Foucault, y es posible que alcanzara su cenit cuando dio a la luz “La Alternativa” –que tan actual resultaría hoy—sobre el papel de los jóvenes en el cambio y en la lucha contra la crisis. Volvimos a ver a Garaudy, ya en Andalucía, cuando se hacía llamar Ragaa y se deslizaba por un islamismo militante que acabaría en el Juzgado por negar el Holocausto en su famosa obra del 95, “Los mitos fundacionales del la política israelí”. A la gente de mi edad nos ha sido posible contemplar asombrados el itinerario del viejo maestro desde el Politburó comunista a su asombrosa militancia islamista, pasando por una etapa católica durante la cual mostraba una especial preferencia por la mística española.

 

El silencio sobre Garaudy se debe, en buena medida, a esa condición extremada de su carácter, pero también y principalmente acaso, al hecho de que su pasión antijudía llegó a convertirle en alguien políticamente difícil de defender y tan provocador como para gastar públicas bromas sobre el estúpido asunto de “Los protocolos de Sión”. Nada nos quitará, sin embargo, la impresión afectuosa que tan difícil resultaba no profesarle a alguien cuya imaginación y cercanía lo convirtieron durante decenios en una referencia clave de la cultura del siglo pasado.

3 Comentarios

  1. Muy piadoso lo veo en este obituario, pero comparto contigo (bien sabes que tengo muchas razones para ello) la benignidad con tratas a uno de aqweullos maestros que nos desbastaron allá por los 60…

  2. Es usted, mi querido amigo, uno de los “mayistas” más capaces de autocr´tica que conozco. Y uno de los de entonces que con mayor celo conserva la memoria de nuestros grandes maestros. Hoy discrepo porque no soy tan benevolente como usted con respecto a Garaudy, cuyos finales no fueron ni buenos ni perdonables. Pero le respeto como hace usted. Toda biografía tienen su mal renglón.

  3. Nunca entendí el misterio de Garaudy, su trashumancua, su vaganbundeo cultural e ideológico. Demasiadas cuedas para un sólo violín, demasiados fanatismos para una sola biografía. Lo que no niego es su altura intelctual y coincido con ja en que su cima fue “La Alternativa”.¡Tiempos aquellos, querido! Descanse en paz.

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