Ahora le ha tocado a Milan Juntera. Un documento hallado en el Instituto para la Investigación del Régimen Totalitario (“memoria histórica”, en versión checa) parece que prueba de manera terminante que nuestro admirado autor fue en su día, cuando contaba con 21 añitos, la persona que delató a la policía a otro estudiante que resultó, como consecuencia, condenado a muerte y, luego, a una larga pena de cárcel y trabajos forzados en una mina de uranio. No hará falta decir que Kundera ha salido presto a la palestra para desmentir la especie asegurando que no recuerda nada parecido y que debe de tratarse de una maniobra incriminatoria de ese Instituto o, más concretamente, de “un atentado contra un autor” que, en su caso, justo es recordar que fue expulsado del PCCH y obligado a exiliarse a Francia, donde continúa viviendo tras su espectacular éxito como novelista. Hay una vasta teoría de que la delación es algo connatural al hombre en determinadas condiciones  –se dice que donde hay clandestinidad hay irremediablemente delación—y recuerdo lo que  me impresionó en su momento la afirmación de Jules Romains de que la vocación delatora era frecuentísima en la especie humana a poco que las circunstancias la favorecieran, una tesis que tiene su más divertida ilustración en la delirante y espléndida novela de Chesterton “El hombre que fue jueves”, crónica de una intrincada conspiración en la que todos los participantes resultan ser infiltrados. En todo caso, las teorías de la delación –las vindicativas y las blandas—suelen ser producto de las situaciones posteriores a estados represivos y reflejar expresivamente la dualidad maniquea de sentimientos que en estos se engendra sin remedio. Cela dio una lección de prudencia supina cuando calló como un muerto ante la difusión interesada por la ultraderecha franquista de un lejano ofrecimiento juvenil en el que el escritor incipiente y sin trabajo creería entrever la pura susbsistencia. La denuncia del delator suele ser una delación a su vez. La mala memoria tiene ese punto flaco.

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Ha habido incluso pesimistas que han visto la propia y simple vida cotidiana como en entramado inextricable de delaciones aunque ninguno, que yo recuerde, como el gran Michelet que veía la sociedad como una especie de caserón en el que la traición se producía en el propio hogar, con la mujer espinado al marido, el hijo a la madre y así sucesivamente, y todo ello sin ruido, todo lo más como un triste murmullo –cito de memoria (“Des Jésuites”, introducción)–, un rumor de gentes que murmuran los pecados ajenos, que se roen mutuamente “tout doucement”. Claro que también ha sido literaturizada la imagen del delator relativamente redimido en el calvario de su mala conciencia y que pasa su vida melancólica lamentando su fracaso moral. Mucha novelería, demasiada para  mi gusto. La realidad palpable es que todo propósito de revolver pasados superados por la vida acaba descubriendo lo que no buscaban (o tal vez sí)  los inquisidores, que habría que ver dónde estaban y qué hacían en los tiempos duros de la clandestinidad, esos en que es posible que un joven como Kundera acabe delatando a un compañero al que ni conoce, vaya usted a saber por qué a estas alturas en el caso de que fuera cierto. Hay una vieja película de John Ford que retrata con mano maestra la circunstancia de esas desdichas que pueden convertir a un buen sujeto en un informador, pero la experiencia le dice a uno que debe de haber infinidad de personajes como el de Ford revestidos hoy de inquisidores y de verdugos cuando resulta preciso. Hará mal Kundera si pleitea por este motivo y da, con ello, al pregonero los tres cuartos que necesita para cumplir los designios de “los otros delatores”. Artur London nos contaba emocionado en París cómo él llegó a delatarse desesperadamente a sí mismo en Praga cuando la leyenda decía que hubo curas chinos que se cortaban la lengua para no ceder a la tentación.

4 Comentarios

  1. Creo que esos retrocesos personalizados al pasado suelen ser absurdos por qué qué tendrá que ver el Kundera de entonces con él de hoy. Por otra parte ¿quién sabe lo que hay en el corazón del hombre?
    También me parece muy fácil censurar una conducta pasada desde la vida cómoda actual.

  2. La delación es, como tantas otras cosas, un instinto más de los humanos y tiene por objeto llevarse bien con el sujeto dominante (hacerle la pelota).
    Para comprobarlo no tienen Vds. más que preguntarle a cualquier maestro de primaria si los niños tienen una tendencia natural a chivarse unos de otros.

    ¡Qué pesado se pone este Pepe con los instintos!.

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