El presidente del Congreso, José Bono, parece que se está pensando si ir o no ir en las listas de las próximas elecciones. La vicepresidenta del Gobierno, Elena Salgado, ya le ha dicho al candidato que no cuente con ella. Carmen Calvo, la exministra cordobesa, ha declarado en la radio que si la antigua alcaldesa comunista de Córdoba, Rosa Aguilar, encabeza la lista de su partido en su ciudad, será ella la que no concurra a los comicios. Incluso Alfonso Guerra ha recurrido a uno de sus habituales funambulimos para sugerir que está cansado tras la diputación más larga del parlamentarismo español y que podría no aceptar –o sí, claro es—la eventual propuesta de su partido para presentarse de nuevo en unas elecciones en las que, a la vista está, pintan bastos. Puede ocurrir, qué duda cabe, que todos esos alegatos sean sinceros, pero el caso es que yo no recuerdo –y mi memoria no es del todo mala—ni una sola actitud parecida en estos treinta años, es decir, por lo que al PSOE respecta, mientras, con unos o con otros, las perspectivas eran de color de rosas. A la gente no le gusta perder, como es natural, y menos si antes ha ganado esa misma partida, razón por la que los burlangas avispados se van de la timba, aún sin tener ni idea del cálculo de probabilidades, cuando el buen sentido les dice que toda buena racha tiene su final. Como en política. Fíjense que hasta Chaves dice ya que, aunque esté a disposición del partido, ya saben, no tiene claro qué hacer, es decir, que no sabe si recoger los bártulos y retirarse a la retaguardia –en la que no le ha de faltar ni gloria después del pensionazo que dejó bien amarrado—o seguir dándole al manubrio del organillo en la plaza enque gusten asignarle. Sólo conozco un caso, el de un vicepresidente del Congreso, Javier Barrero, que ha dado un paso al frente para ofrecerse al partido como candidato sin condiciones ni límite de tiempo. Siempre hay excepciones, como es natural, y tengo la seguridad de que el lector no necesita para entenderlas la menor explicación.

 

En caso de apostar, yo lo haría en el sentido de que lo de Guerra no es más que otro farol de los suyos, una finta, un regate para animar la partida, pero sin el menor compromiso serio por su parte. No va a ser ahora distinto de cuando apostaba en rebeldía y luego dejaba tirados a los suyos –aquel “guerrismo sin Guerra” que tantas víctimas dejó en la cuneta– total para seguir él en su escaño toda la vida. Guerra sabe que saldría elegido pase lo que pase y por eso no tiene prisa con la margarita. Los que no lo saben son el resto de un partido que desde que a él lo echaron no ha hecho más que declinar.

12 Comentarios

  1. Ahora si estoy seguro de que Ud. está seguro de que el Partido Popular va a ganar con mayoria absoluta las próximas elecciones generales. No hay más que comprobar la soltura con la que insulta a diestro y siniestro.

  2. Ahora sí estoy seguro de que Ud. está seguro de que el Partido Popular va a ganar con mayoria absoluta las próximas elecciones generales. No hay más que comprobar la soltura con la que insulta a diestro y siniestro.

  3. Seguros o no, don Eduardo, lo que yo no discutiría es lo que dice la columna, eue no es poco. Hay demasiadas personas impedidas ya de aceptar un comentario crítico si no es de su entero gusto, y eso es una lástima en democracia, porque indica que el carro va mal.

  4. Esto es un poco el principio de lo que ocurrió en UCD. En lo que se refiere a Guerra, ya está bien de cuentos, hombre, que lleva toda la vida tirando la piedra y escondiendo la mano, descalificando el Estatuto pero votándolo el primero. No se enfaden, señores afectados, así es la vida.

  5. Cuando se habla de la clase política o de los políticos profesionales, parecen que ellos se incomodan, como si no estuviera patente la propiedad de ambas expresiones. Al PSOE le está ocurriendo, en efecto, lo que a todo partido que declina y pierde poder: que se deshace, que las ratas se lanzan por la borda y los ratones, coloraos o grises, se pelean entre ellos para hacerse con los restos del festín. Lo de Guerra, muy bien visto. A ese personaje llamativo, sin duda hábil para la demagogia, ya lo conocen hasta los suyos… (y si quiewren comporbarlo, hablen con ellos cuando no haya nadie delante).

  6. Una clase profesionalizada y bien formada, como la inglesa, tiene sus problemas de gremialismo, clasismo, etc., pero una clase improvisada, de aluvión, es peor porque en ella cabe todo tipo de oportunistas y logreros. Al PSOE se subió como quien coge un tren mucha gente que JAMÁS había tenido relación con la política y sólo la considerable capacidad de atracción que ha demostrado en estos decenios entre la clase media además del decreciente proletariado, le han permitido constituirse como una fuerza/régimen. La sensación ahora mismo es de que eso ha quebrado y no es posible saber qué ocurrirá en un futuro en este país que electoralmente es tan improvisador. Pero casi todo indica que la crisis del actual PSOE no es pasajera ni mucho menos. Tal vez porque ha logrado desencantar a demasiada gente.

  7. También hay algo de curarse en salud, ¿no creen? Estos «ganadores» o mejor dicho apostadores de ventaja, se han zurrado al leer las encuestas todos estos meses atrás. El gallinero en que se está convirtiendo el PSOE recuerda a otros gallineros ya conocidos. Cuando perdió la otra vez, con Gzlez., el partido continuó más o menos su marcha y la discilplina no se resintió. Esto es, sin duda otra cosa, aunque no les guste a los Eduardos.

  8. Considero que no merece la pena discutir lo que está a la vista tan claramente: el PSOE atraviesa una crisis profunda, y está pagando sus viejos y actuales pecados, que ni la clase media ni el cada día menor proletariado (si es que cabe mantener ese concepto) parecen dispuestos a perdonarle. Ya veremos hasta cuándo, por supuesto, pero es natural que ante esa perspectiva la masa de aventureros y ganapanes se ausente. Lo del partido/empresa es exacto. Y lo vamos a ver mucho mejor dentro de unos meses, cuando la fábrica se venga abajo y deba cerrar sus puertas.

  9. Todo lo que sube baja, o casi todo, y estos señores no tenían por qué ser una excepción. Han hecho bastantes cosas apreciables, desde luego, pero demasiadas malas que mejor no recordar. Así que estas son seguramente las consecuencias. ¿Quién dijo que el Pueblo es tonto?

  10. El romanticismo de la destrucción ha tomado el país y triunfan las metáforas góticas, apocalípticas, los adjetivos sombríos, las lunas que sangran sobre las tumbas. Rajoy ha llamado “crepuscular” a este Gobierno, palabra que junta a los lobos, pero ya no parece sólo el agorero del fin de los tiempos, papel que ha asumido el PP muchas veces, sino el simple notario de la muerte, acercando el candelabro al cadáver. A Rajoy lo han acusado de ir de enterrador y de sastre de fiambres, de manejar la gaviota carroñera, de ser la derecha pesimista, triste y macabra que bebe anís en los velatorios, pero puede que ya la única manera de ser cuerdo sea admitir que un cementerio se ha cerrado sobre nosotros. Ante el desastre, sólo los locos pueden seguir con el lujo de la sonrisa, con la cursilería del optimismo. Prefiero a un Rajoy funerario, milenarista, malasombra, que a esos otros que están aguantando en la fiesta del fin del mundo, llámense Rubalcaba o Griñán, cambiándose de peinado para los gusanos que nos comen.
    Es buena metáfora ésa del crepúsculo, hora en que la luz se corta las venas. El crepúsculo inevitable hasta para los dioses, con el color de sus murallas fundiéndose, como cuando cayó el Valhalla también por las contradicciones de los inmortales, por los pactos que no pudieron cumplir ni con los humanos ni con ellos mismos. Hipnotiza esta hora de la destrucción, con una belleza de planetas cayendo como anillos. Casi no importa morir cuando se sabe que va a morir todo. Ahí está el sol arrancándose la melena, ahí está el infierno empezando a escalar el cielo, ahí está el pavoroso y magnífico espectáculo del mundo cayendo en una catarata. Es una bonita y certera metáfora, este crepúsculo de todo con nuestros gobernantes paralizados o borrachos, quizá también con la ciudadanía fascinada y quieta, mientras nos deslizamos hacia las monstruosas fauces del abismo. Estaba por decir que tras el crepúsculo y la noche esperamos un amanecer, pero eso de los nuevos amaneceres suena siempre a fascismo o a secta. Confiemos sólo en que esta destrucción se lleve a los malos gobernantes y a los mentirosos con sonrisa, pero nos deje algo con lo que reconstruir el día. Todavía estamos en la hora de las sombras, entre los fracasados y los profetas, cuando la luz y la oscuridad se arrancan jirones la una a la otra. Rajoy quizá ha construido una metáfora bastante más grande que él mismo. El sólo pretendía ser un señor serio y nada lírico, avisando de que este Gobierno no tiene manos ni fuerzas para nada, menos para detener al sol. En este crepúsculo se cruzan las hadas y las brujas, los demonios y la esperanza, mientras la noche se prepara para verter a cubazos su hielo sobre nuestra espalda.

  11. (Con no sé cuantos días de retraso.) Bonita columna…y precioso comentario, con una metáfora magnífica y una hermosa lengua que suena alto…..

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