Nos juntábamos con Gabriel Celaya –es decir, con Rafael Múgica, que ése era su nombre auténtico— por las tascas de su barrio madrileño de la Prosperidad, en los mesones turísticos del Arco de Cuchilleros, en el Café Lyon, frente a la puerta falsa de Correos, sin poder evitar que, en cualquiera de ellos, la lágrima fácil del poeta asomara en su mejilla en cuanto trasegaba el primer vino. Un niño que se había perdido en la calle Preciados, la mención del campo de concentración donde lo encerró el franquismo tras la Guerra Civil, la abyecta sombra de ETA…, cualquier motivo era suficiente para emocionar al viejo “existencialista” –de eso presumía él—y al combatiente incansable, el amigo deuteroagonista de Blas de Otero, que tanto lo quería como lo vapuleaba fraternamente, un poco el mascarón de proa de la poesía comprometida, “social”, que removió el nuevo Parnaso desde los últimos años 50, con Eugenio de Nora y, cada cual en su clave, con Gil de Biedma o Eladio Caballero y tantos otros.
Era un convencimiento común que el trémulo Gabriel no se tendría en pie lejos de Amparitxu Gastón –un poco como Blas sin Sabina de la Cruz, como el último Ángel Gónzalez sin …, como Félix Grande sin Paca Aguirre–, frágil como era aquel trueno en carne viva cuya “Instancia” a Franco –“Fecho y firmo en tierra vasca/ con la sangre de Unamuno/ y lo uno que es lo humano de este unánime clamor…”– corría de mano en mano durante años por los Colegios Mayores y él nos recitaba a la menor de cambio con los ojos enramados y la voz de vasco españolísimo quebrada y firme a un tiempo, suspenso el vaso a media altura, el verso inacabable y la pasión desbordada.
Es posible que aquel griterío moral, aquella rebelión íntima en apariencia antilírica de los poetas “sociales”, resulte menos asumible en este largo momento definido por un estro tan individualista que, sin embargo, incluye voces que replican con firmeza, refundidas por el tiempo, aquellas poéticas de acción. Celaya creía en la eficacia práctica de la poesía tanto como despreciaba los rigores preceptivos que Otero o Pepe Hierro extremaban al límite de la perfección. Su obra numerosa muestra hasta qué punto “sentía” la inspiración como un deber, como una militancia cordial y sin fronteras, Amparitxu sin quitarle ojo, él sosteniendo el vaso a media altura, la lágrima espejeando en la mirada, si se mentaba el campo de concentración, se hablaba de su país natal o tropezábamos con un niño que se había perdido un domingo, allá por los aledaños de la Puerta del Sol.

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