Hace años que venimos bregando con el fatal problema de la indisciplina escolar o, por decirlo de manera más contundente, de la quiebra de la autoridad del docente. Mi tesis es que es esa quiebra no es más que un caso particular de la regla general que rige en el conjunto de nuestras sociedades (insisto, no sólo en la nuestra), ya que no tendría sentido que allí donde no se respeta al juez ni al policía se respetara al profesor. Hay constantes noticias sobre agresiones a profes por parte de alumnos o familiares de alumnos, y todos sabemos que el ambiente actual de las aulas resulta de lo menos propicio para llevar a cabo la abnegada tarea de la enseñanza. Los profesores, lejos ya del modelo tradicional que obligaba a respetarlos, carecen de instrumentos para mantener el orden aunque se sepa que emplean la mitad de su tiempo en tratar de imponerlo, padecen enfermedades profesionales como la afonía, son muchos los que acaban sucumbiendo a la depresión, y han de contar, sin duda, con la dificultad que supone el paternalismo de unas Administraciones que han llegado a juzgar a un profesor por sancionar a un alumno con las clásicas “planas” o a forzarlo a humillarse ante el alumno sin la menor consideración. Esta semana prometía el ministro Luc Chatel en su país devolver la moral a la escuela, pero simultáneamente se conocía que un alumno adolescente de Val d’Oise, Emilio Bouzamondo, pésimo escolar pero brillante rebelde, publicaba un panfleto –¡otro!—, en el que, irritado por un castigo que le fue impuesto en su día, calificaba a los profesores de “ineptos, estúpidos y demasiado viejos” y su labor como un “régimen autocrático”. Y no se conformaba con la denuncia sino que proponía objetivos de largo alcance: “Quiero hacer una revolución. Primero en el colegio, después en toda Francia, acerca de cada profesor, acerca de cada padre”. Nada menos. Emilio tiene dieciséis años y arrastra tercer curso como un fardo. No quiero pensar a qué aspiraría si lograra aprobar el curso.

Mal va una sociedad que vende miles de ejemplares de semejante tontuna, acomplejada ante el prestigio de lo joven y dimitida en la ardua labor de sostener sus valores, una sociedad que quita la palabra al enseñante para dársela al listo espontáneo que lidera la clase o, más bien, el patio de recreo, por supuesto con el apoyo imprescindible de unas “redes sociales” incapaces de valorar ciertos riesgos pero extremadamente eficaces para la propaganda que lo mismo puede servir para vender panfletos que para promocionar una “revolución” improvisada por un “ado”. Entre “dómines” e inadaptados no cabe el viejo término medio en que se ha basado toda la vida el ejercicio de enseñar.

3 Comentarios

  1. Sin comentarios, porque sobran; es perfecta la tesis de la autoridad quebrada y explicable el pesimismo que rezuma la columna. No qyuiero seguir, amigos, que es sábado…
    Ah, felicidades a jagm por esa distinción que le han hecho (ver elmundo.es).

  2. Sobre esta pérdida de autoridad, añado el pequeño detalle de que la escuela, en muchos casos, poco o nada tiene que ofrecer a los estudiantes que no esté ya disponible a través de la red de nuevas teconologias. Me refiero a esos apuntes ya preparados para copiarse y pegarse, resúmenes sobre cualquier tema imaginable, sinopsis de libros que ahorran horas (y días) de lecturas obligatorias, trabajos que sólo requieren añadir fecha y firma, listas bibliográficas, etc.

    Un panorama demasiado tentador para un determinado perfil de estudiante abonado a la lógica del mínimo esfuerzo. Ellos se lo pierden.

    Sdos.

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