Los suecos de su Academia acaban de conceder el Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea. Han hecho muy bien, en mi opinión, a pesar (o precisamente por eso) de que ese galardón haya caído en picado demasiadas veces al concedérselo a auténticos terroristas cuyo listado coronaría Henri Kissinger y los protagonistas políticos del conflicto árabe-israelí, cuando no a ciertos/as cantamañanas que han hecho de él una lucrativa profesión. La idea de dárselo a Europa puede extrañar hoy acaso, en vista de la incapacidad de la Unión para dotarse a sí misma de una capacidad real de intervención que abarque algo más de las cuestiones del mercadeo, pero que tiene gran fundamento al entender, como han hecho los suecos, que la comunidad europea actual ha funcionado como una garantía de la paz en un continente que posee un terrorífico pasado bélico y que durante sesenta años parece haber eliminado entre sus miembros esa odiosa perspectiva. Miren, si no, la crónica europea, aunque sólo sea la de los siglos XIX y XX, y comparen con la actual organización cooperativa cuyos beneficios han tenido extraordinaria importancia por más que, durante esta crisis, el burocratismo y la hegemonía estén proyectando una dudosa imagen entre sus componentes. Europa no es el euro, por supuesto, ni siquiera un proyecto cultural común. Es, sin embargo, una entidad interesante –no faltará quien diga “fascinante”—propiciada, como supieron ver los “padres” del Tratado de Roma, por un hondo sustrato clásico-cristiano ahora traducido en un mecanismo pacificador. Se podrá decir que esta Europa no es una sino dos, que hay una Europa nórdica de primer nivel, y una Europa mediterránea o sureña en la que bracea contra corriente otra casi en vías de desarrollo, pero la realidad es que durante sesenta años a nadie se le ha ocurrido echar mano de la pistola en este (des)concierto cuyos logros son también de gran calado.

La intuición de que la unión de intereses podría funcionar como un mecanismo pacificador tiene insignes precedentes en la historia del pensamiento y hay quien ha llegado a verla implícita en la originaria política griega, y no puede negarse que ha funcionado bien, en la práctica, incluso en la llamada “Europa de los mercaderes”. De ahí que tenga sentido saludar el concierto europeo como trascendental medio para mantener una paz continental que parece haber cortado en seco una sangrienta y milenaria tradición.

2 Comentarios

  1. Por una vez disentimos, querido josé antonio. Europa es, desde luego, como dices, un sistema pacificador que ha funcionado, pero es incapaz de ponerse en pie y echar a andar con decisión. Es cierton que ha habido Premios de la Paz infames, pero eso no anula lo que acabo de alegar. Lo de las dos Europas, encima, no me gusta, pero qué remedios. Admito que no tenemos otro camino.

  2. No me había parado en que nunca Europa había disfrutado 60 años de paz. Y por lo tanto, aunque camine titubeando, muchas veces sin saber donde va e incluso hacia atrás , creo que vale la pena.
    Un beso a todos.

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