Parece que fue antier por la mañana cuando el nombre y la imagen de Ségolène Royal campaban por sus respetos dominando una opinión pública cada día más privada y ansiosa de referentes fiables. Tan poco tiempo ha bastado, sin embargo, para desmontar su tinglado propagandístico, que la noticia de que la frustrada presidenta ha recibido una bala de grueso calibre en una carta personal junto a expeditivas amenazas de muerte, no ha conseguido más que desatar una tempestad bloguera en la que mayoritariamente destacan los comentaristas escépticos que ven en el caso un vano intento de relanzar a la Royal en medio de la hecatombe en que se encuentra la izquierda en su conjunto y ella en particular. Cartas con amenazas y bala incluida han recibido, en efecto, desde el propio Sarkozy a Alain Juppé pasando por Christine Albanel o Michèle Alliot-Marie, pertenecientes todos a la derecha mayoritaria, y ahora también, de creer a su oficina de prensa, la que fuera candidata socialista. Ya es grave que en una democracia alguien –en este caso una misteriosa y no poco inverosímil “Célula 34”—rompa la baraja hasta el extremo de amenazar con el magnicidio a las primeras personalidades políticas, pero más grave resulta, a mi modo de ver, que tanta gente en un país se tome a chufla una noticia semejante e incluso no dude en atribuirla a un presunto montaje publicitario a mayor gloria de la “amenazada”. Es cierto, sin embargo, que la opinión reaccionó de manera muy diferente ante los casos anteriores, lo que sugiere que es el prestigio de la Royal el que hace agua, resulte cierto o no, finalmente, un incidente, por lo demás, tan difícilmente comprobable. El problema es que, se dé el significado que se quiera a esa reacción masiva, está claro que una democracia en la que la mitad de los electores es capaz de atribuir a un líder de primer orden un fraude tan ridículo, tiene planteado, sin duda, un serio problema.

La distancia entre el ciudadano y la política es ya tan infranqueable como prueba la sospecha de que hablamos, y no es eso lo peor quizá, sino la consolidación de una tendencia escéptica que va viendo al político progresivamente como un profesional cualquiera pero proverbialmente caracterizado por la más absoluta carencia de sentido ético por no hablar de moral. Nadie se ha inmutado, por lo demás, al menos en términos perceptibles, ante la oleada de amenazas y cartas con bala, lo que indica, a su vez, que el descrédito de la política alcanza no sólo a las primeras figuras de la escena, sino incluso a los “out siders” más periféricos del teatro político. Partidos investigados en España, personajes públicos contra las cuerdas judiciales en Francia o escándalos como el que ensombrece Italia en la figura de su primer ministro, no permiten seguramente el mantenimiento de la imprescindible confianza cívica en sus representantes. La democracia tiene un serio problema y es que sus bases no creen en ella. Si llegar a esta desgraciada situación fue, en realidad, un juego de niños, devolverle su credibilidad va a costar Dios y ayuda.

2 Comentarios

  1. Esperemos que estos personajes sean tan valientes como osados y asuman la responsabilidad del cargo adquirido , estén a la alturas de las circunstancias al igual que cuando acampan a sus anchas con sus leyes autofavorecedoras.

  2. Efectivamente. Cuando venga un nuevo Stalin, Mussolini, o Hitler no habrá que extrañarse. Las circustancias lo traerán de la mano. …Porque un CIncinatus es casi imposible …
    Un beso (con retraso) a todos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.