No cabe duda de que uno de los símbolos más elocuentes de esta era es el “dinero de plástico”. Creo que el papel moneda, al margen de aportar evidentes ventajas logísticas, vino también a remediar el viejo problema de la sisa del metal, es decir, del raspado que, por parte de los desaprensivos, se hacía a las monedas de oro y plata antes de devolverlas a la circulación. Ahora mismo en Argentina tienen planteado un grave problema con la escasez de moneda fragmentarias de  cobre y niquel (las de 50, 25,10 y 5 pesos), desaparecidas de la circulación al descubrirse, como tantas veces, que su valor nominal era inferior al material, negocio que inmediatamente ha pasado a ser controlado por una mafia específica que utiliza a cobradores de autobús o mendigos para recaudarlas a diario. El miedo a los piratas y otras vicisitudes originó la carta de crédito medieval en la que los mercantilistas ven el antecedente remoto de la letra de cambio, y sabido es que los templarios ganaron lo suyo haciendo de banca segura con el comercio viajero al que facilitaba dinero en tierras peligrosas con la debida acreditación. Pero ha sido la vertiginosa revolución de la vida presente la que ha dado lugar a la más sofisticada forma de pago imaginable (por el momento) en ese “dinero de plástico” que se obtiene mediante el uso de la tarjeta de crédito en cualquier rincón de la aldea global. Cualquiera posee hoy dos o más tarjetas –muchas veces sin solicitarlas siquiera—válidas en todos los continentes y discretamente competitivas entre sí, lo que según los expertos contribuye no poco a la inflación por más que facilite la vida cotidiana, pero no es inverosímil que en el futuro acabemos teniendo una sola que venga a ser como nuestra seña de identidad o nuestra enseña pecuniaria. Ya tienen “visas”, en efecto, muchos colectivos importantes, entre ellos clubs de fútbol famosos como el Manchester o el Ajax, el Anderlecht o el Madrid y la mayoría de los destacados en la liga española, y ahora la tiene también la COPE, que no sólo ofrece a sus fieles descuentos y prebendas sino que los tienta en su identidad hablándoles de “la gente COPE”, es decir, dando por sentado que esa enorme audiencia se atiene a un patrón de personalidad perfectamente identificable tanto desde el sentimiento religioso como desde la opinión política. Por sus “visas” los conoceréis.

 

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 Como a uno lo trae en un sinvivir esta demediación radical de España, cada vez que escucho ese anuncio “copero” me asalta cierto alipori porque percibo en él la definitiva concreción de un bando –ni más ni menos parcial y agresivo, por descontado, que el de la acera de enfrente—que se propone ya la homologación de su clientela incluso en el mercado, dentro del cual actuaría como un apreciable factor de la demanda, a cambio de petrificar una división maniquea en la que “la gente COPE” ocuparía un imaginario lugar de excelencia frente al resto de los españoles, estigmatizados por la simple posición de su dial radiofónico. En cierto modo, el invento incluso recuerda la disparatada ocurrencia del “dinero revolucionario” que imprimieron e hicieron circular en los momentos más confusos de la República algunas formaciones y ciertas centrales sindicales colectivistas, aquellos “bonos” o “vales” – a veces de emisión local—con que ingenuamente se trataba de suplantar el imperio monetario. Pero más que nada me resulta preocupante la apelación a la identidad en esa fórmula de “la gente COPE”, inevitablemente autoexcluyente y, en consecuencia, elitista, frente a cuantos por hache o por be no caben ni a tiros en esa denominación. No me tranquiliza ese largo y accidentado viaje desde los fundamentos de la creencia hasta el mostrador del súper o la cabina de la gasolinera, qué quieren que les diga. Pocas cosas me suenan menos evangélicas que una tarjeta de crédito y menos atractivas que fiar la identidad a un pedazo de plástico.

3 Comentarios

  1. (Vaya horitas, pero el que la sigue, la consigue).

    Pues que a mí me suena que la visa copera se va a parecer a aquella banderita rojigualda que algunos (los jartocoles) se pineaban en la correa del reloj. No todos eran fachas ni blaspiñaristas, como tampoco pienso que sean hoy de ninguna Fuerza Nueva quienes en voz más o menos fuerte -según los territorios en que se pisa- claman ya contra el camelo del parné, las mentiras sobre la economía que hasta el 9 de marzo nos repartían como anisitos desde las (tantísimas) tribunas del poder.

    Por higiene mental oigo cada vez menos al loro, como han terminado por aburrirme los periódicos. Pero supongo, alguna vez se me ha colado en la baja madrugada, que Fedeguico seguirá con sus mítines y durante el día seguirá la beligerancia contra el imperio zapateril del mal, según ellos.

    Los de las tres letras de la cá Alcalá, más el resto de la artillería prisoica y asimilados, no le irán a la zaga en descalificaciones a la, para ellos, capitidisminuida y zoqueta oposición al gobierno de su Majestad. O sea, que ¡¡empaaate en la Condominaaa, minuto doce del primer tiempoooo!!

    Voy a ser franquista por unos segundos y le diré una de las frases preferidas del generalito: “Haga como yo, Gómez. No se meta en política”. Da unas ganas de vivirrrrrrr.

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