Cuando llega el mes de junio suelo sentirme menos crítico con los evasores fiscales. Es natural, como tal reacción dictada por el instinto de supervivencia, aunque no se me oculta que no deja de ser fea. En el fondo, y dado el espectáculo de la rapiña política, hay que comprender que los menos fuertes tengamos estas debilidades tan antisociales, razón por la que siempre envidié (y usted, no me diga que no, hombre) a esos tenistas o a esas cúpulas del propio ministerio de Interior que alguna vez hemos descubierto viajando de extranjis a Andorra o a Gibraltar para evadir su pasta sin pagar impuestos. Ahora mismo está publicando este periódico irrefutables testimonios de las actividades de la familia Pujol o de la de Mas sobre sus cuentas secretas en Suiza pero hace ya muchos años que el propio PSOE, como tal partido de gobierno, encubría sus haberes en cuentas abiertas en paraísos fiscales. La más desoladora declaración que he oído en esta democracia fue la que hizo la vicepresidenta Elena Salgado en el sentido de que si se perseguía al gran dinero las consecuencias serían imprevisibles en la seguridad de que los millonetis huirían de España a esos paraísos dejándonos aún más en cuadro de lo que estamos. Que Santiago Calatrava se haya dado el piro a Suiza o Gerard Depardieu a Bélgica, en modo alguno supone, ni mucho menos, que sean ellos solos los defraudadores, aparte de que resulta tan fácil evadir a gran nivel que ni siquiera los defraudadores indultados hace poco por el Gobierno han creído interesante la operación de “blanquear” su dinero a un mísero 10 por ciento. Oigan, no me confundan, yo no soy evasor ni tengo recursos para serlo, pero creo que en materia fiscal carece de sentido introducir criterios morales en tanto las aguas bajen tan turbias y torrenciales como bajan. De cornudos y apaleados, lo preciso.

A mí me parece no poco farisea la queja ante los evasores famosos, el linchamiento de la Sánchez Vicario o de Calatrava, por ejemplo, no porque esos fraudes me resulten legítimos sino porque procuro entenderlos como reacciones explicables ante el espectáculo de desmoralización nacional. Y los entiendo cuando veo que aquí nadie devuelve un euro aunque se le pruebe el mangazo, desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca. Carecemos de fuerza moral para exigir decencia fiscal desde el fondo de esta sentina. Hacienda es un gestor fallido en medio de esta desbandada moral.

3 Comentarios

  1. Comparyo dxe la cruz a la raya la columna. Yo tampoco me siento “contribuyente” más que la jodía fuerza frente a esta panda de ladrones.

  2. Los empresarios se oponen a que el Gobierno publique –cuando sea ya legal– la lista de defraudadores de Hacienda. ¿Serán cínicos (los que sostengan esa opinión, no todos, claro).Un Estado que confiesa, como la columna recuerda, que no puede hacer nada con “the big money” no es un Estado por completo soberano.Dichoa sea sin demagogia, porque hau otros muchos sectores que no tributan como es debido o se esconden en la economía sumergida.

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