No es injustificada la inquietud provocada en Europa por el ascenso de la extrema derecha en los sondeos más respetables. Es verdad que no es ésta la hora, al parecer, de esa opción extremista –en Italia vinculada a los separatismos del Norte, en los demás países inexistente—que, sin embargo, crece en Francia ante la insolvencia circunstancial de las dos grandes opciones de izquierda y derecha, como lo demuestran los resultados espectaculares cosechados por Marina Le Pen, hoy por hoy ganadora virtual de una eventual “primera vuelta” en su país. El hecho de que los observadores y expertos rebajen el alcance de de estas predicciones por razones técnicas, no ha dejado de levantar la liebre en amplios sectores de la opinión cualificada que ven en la simple hipótesis de ese triunfo una ruina para el sistema democrático. No triunfa el toque de rebato de la extrema derecha si no es cuando, a los graves problemas que reclaman urgente solución, su junta el fracaso evidente de las dos grandes opciones en que parece descansar el equilibrio democrático, y eso es justo lo que inquieta a los observadores que ven cómo la incapacidad de nuestras opciones tradicionales a la hora de plantear una oferta razonable abre el camino al aventurerismo de quienes tienen acreditado, por activa y por pasiva, su peligrosidad intrínseca para la conservación del sistema de libertades. No se trata sólo de la xenofobia expresa de gentes como las que componen la FN francesa o la Liga del Norte italiana, sino su concepción del mundo y de la vida en general, tan diferentes de la que se entrevé desde la atalaya democrática, que amenaza sin remedio ese fundamento de nuestra civilización que es el logro de autogobiernos basados en la alternancia de los contrarios. La extrema derecha que esta temporada descresta en los sondeos es unidimensional e incompatible con la decencia según una convención que parecía insuperable. Izquierda y derecha han de preguntarse qué están haciendo tan rematadamente mal como para permitir que esa opción excéntrica acabe imponiéndose por exclusión a la opinión pública.

 

El problema no está en la irrupción de esos partidos sino en la contaminación del criterio público con el oportunismo extremista. Lo que la intención de voto anuncia no es una decisión razonada sino un recurso excepcional, forzado por la insolvencia de las opciones convencionales, hoy perdidas en luchas internas y rifirrafes con el rival. Algo que no nos pilla lejos en España y que podría afligirnos cualquier día ante el panorama de desentendimiento. Inventarse una Marina le Pen es lo de menos cuando lo que falla es el sentido básico de la confrontación democrática.

5 Comentarios

  1. Estamos de acuerdo: la extrema derecha se acerca al poder porque los partidos que han tenido la oportunidad de gobernar han sido incapaces de resolver los graves problemas del momento. por lo tanto es malsano tratar de culpabilizar y de arrinconar a toda una parte del electorado.
    Besos a todos.

  2. No sé si quiero entender lo que dice doña Marta, porque me suena a cierta aceptación de esa opción política que pretende, en definitiva, quedarse sola y eliminar a las demás. Pero lleva razón en que el fracaso de las opciones clásicas ha traído este resultado. En España ya sufrimos casos como el gilismo, fomentado por el PSOE para debilitar al PP, pero aquí no parece que ahora mismo tengamos ese riesgo. Algo menos malo habñíamos de tener.

  3. El dato del ascenso del lepenismo es para preocuparse, y como pa ir pensando en que aquí, como consecuencia de la inmigración y otros temas, pudiera levantar la cabeza ese fantasma que de momento no respira entre nosotros. Tampco yo he entendido qué ha querido decir hoy doña Marta, aunque al menos me resulta equívoco.

  4. ……que amenaza sin remedio ese fundamento de nuestra civilización que es el logro de autogobiernos basados en la alternancia de los contrarios.

    No querido JaGM. Estos en lo que difieren es mucho peor. Aquí no hay contrarios de derecha e izquierda. Aquí lo único que hay es clientelismo político, intercambio de sillones y temporadas de alterne en representar la farsa.

    Ha habido tal inmoralidad en los que han hecho cumplir la Ley de Hierro de Robert Michels, que el franquismo a partir de los años 50 resulta más humano que la INDIGNA profesión política de los sin IDEOLOGÍAS.

  5. Aunque no pueda compatir la última consideración que hace el buen Abate -por cierto, ¿para cuándo su confidencia sobre el origen de este ilustre pseudónimo del que tanto sabía en tiempos nuestro amigo ja?–, coincido en el fondo de su irritada protesta. Esto es una farsa lamentable, ajena por complekto al respeto a la ley y, por descontado, profesional antes que nada. Lo malo es que quizás no haya otra solución en democracia ni en tiranía. Desde la Antigüedad clásica y desde mucho antes sabemos que los que llevan la vida pública parten, reparten y se llevan la mejor parte.

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