Acaba de morir en París, no poco olvidado, Michel Slitinsky, el probado patriota judeofrancés que logró, tras una minuciosa reconstrucción de los hechos y circunstancias de la represión nazi, establecer la grave colaboración con los genocidas de uno de los personajes más camaleónicos del siglo, Maurice Papon, mano de hierro durante la persecución racista, gaullista luego y ministro con Raymond Barre, prefecto de Argelia en los momentos cruciales y responsable de la matanza policial de argelinos en el París de 1961. Guardo varios de los libros de Slitinsky –abundantes en los puestos de libros del Sena durante años—en los que puede admirarse la tenaz tarea debeladora llevada a cabo por él, y no sólo en los archivos, hasta lograr aquella famosa documentación incriminatoria que puso en circulación con enorme éxito “Le canard enchainé” y fue el hilo del que tiraron luego los tribunales hasta confirmar la infamia de Papon y la complicidad evidente de los mandatarios que lo sostuvieron. Hace un par de años decía Slitinsky que su única gratificación consistía en haber sobrevivido a aquella bestia mutante que, sin embargo, viviría más años que él, aunque debiera pasar los postreros encarcelado como responsable de aquellos “crímenes contra la Humanidad” que fueron una constante en su larga vida de político connivente. Pero Slitinsky no dejó de comprobar la doblez moral de la política cuando vio de qué manera el “caso Papon” alarmaba a la opinión de su país y cómo los responsables políticos se las aviaron para enterrar una memoria histórica que incluía en su nómina de reprobables demasiados altos dignatario. Artur London nos hablaba de él con respeto por el luchador y deploraba su fracaso frente a la “omertá” de ciertos políticos profesionales, empezando por De Gaulle.

Creo que todas les “memorias históricas” están condenadas a la parcialidad o al fracaso dada la complejidad del entramado de responsabilidades, sobre todo en tiempos críticos. Slitinsky luchó, a pesar de todo, por alumbrar hasta donde alcanzaran sus fuerzas, convencido de que, tanto en los momentos convulsos como en la paz de las democracias, no hay gran culpable que no mantenga útiles y comprometedoras conexiones con el Poder. Artur London, que sabía de lo que hablaba, nos decía que no se podía convivir con la obsesión de la revancha aparte de que solía resultar inútil. Slitinsky dedicó su vida a probar lo contrario.

4 Comentarios

  1. La complicidad en la política resulta casi inevitable. En amyir o menor medida. Pero casi sin excepción, un político “profesional” acaba enredado por cien ligaduras al cabo de una vida. Me ha gustado la determinación con que ha aludido a De Gaulle, ahora divinizado.

  2. Francia se asustó con esa investigación. Había demasiados franceses con “antecedentes” ocultos, demasiado colaboracionista. Comprendieron que reabrir la herida podría acabar haciendo una fístula de difícil sutura y dieron carpetazo. Papon murió en libertad provisional pero con 99 años…. creo.

  3. La referencia a Panglos me saltado las lágrimas, aquel hombre tan bueno, (…¡y aquella mujer tan pedernal…!), con su vivencia. Contarla bien fue lo unico que hizo bien del todo Semprún. ¡Qué tiempos aquellos!

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