Por las playas italianas pueden verse este verano numerosas avionetas que apoyan incondicionalmente al presidente convicto Berlusconi como en su día apoyaban por las españolas los derechos de un Ruiz-Mateos que entonces llevaba razón al reclamar contra el “expolio” de Rumasa. Todo está en el aire en pleno ferragosto, con el Presidente de la República esperando la petición de indulto de su Primer Ministro, las Cámaras desconcertadas, y el Gobierno en el aire ante la posibilidad de que se rompa el apurado pacto que mantiene esa ficción de Gobierno. El único que se divierte este verano en Italia es Beppe Grillo, el cómico de la antipolítica, que ve en esa probable ruptura del acuerdo de gobierno ni más ni menos que su momento histórico, lo que equivale a decir el fin de la política convencional que, mejor o peor, sostiene en pie a la República italiana. Desde luego no se podrá decir que el electorado italiano no es versátil hasta la temeridad, pero si esta historia termina con el Presidente en la cárcel (o en arresto domiciliario, que viene a ser los mismo a estos efectos) tampoco cabrá luego queja alguna por su parte, sobre todo ante la evidencia reiterada de que esas propuestas de antipolítica –recuérdese al gilismo apoyado en su día por el PSOE—suelen acabar, fatalmente, de mala manera. Cuesta ya negar que toda democracia tiende a convertirse en partitocracia, eso es cierto, pero no lo es menos que, hasta ahora, todos los atajos inventados para superar semejante problema han conducido al acantilado de la corrupción, al caos o la dictadura. Si en mi vida hubiera votado a un Andreotti o a un Craxi, lo que no se me pasaría siquiera por la imaginación es votar a un payaso como remedio.

La experiencia italiana de postguerra demuestra que hay sociedades en las que la corrupción funciona como el lubricante imprescindible de su vida política, de tal manera que sin ella no se concibe siquiera el funcionamiento de un sistema de libertades. En tiempos de Juan Guerra era corriente escuchar el argumento de que la mediación y el agio resultaban necesarios para neutralizar la rutina funcionarial y agilizar las administraciones públicas. Hoy, con cientos de altos cargos imputados, un partido de Gobierno atrapado en su propia red y el principal de la Oposición cargando con el peso del mayor escándalo de la democracia, conviene recordar de qué lejanos polvos vienen estos lodos.

1 Comentario

  1. Sigue siendo el menos malo de los modos de gobierno. Para que haya democracia tiene que haber partidos y estos pasan fácilmente a ser una partitocracia endogámica.

    Para eso estamos los votantes. Para no permitirlo. Un RuizMa, un Gilygil, un Grillo pueden tener su momento, pero pueden valer, al menos como escarmiento.

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