Crece la polémica en torno al esperpento organizado por autoridades y federaciones en torno al solomillo con clembuterol que parece ser que devoró con inocencia el campeonísimo Contador. Es más, en pocas ocasiones las cosas de España, por decirlo como lo diría Richard Ford hace casi dos siglos, han suscitado tanto interés ni reacción tan viva en nuestros vecinos y socios europeos, unánimes casi al entender que la intervención de nuestros poderes públicos en la polémica reyerta federativa –el presidente del Gobierno, el jefe de la Oposición, el presidente de la Audiencia Nacional…– resulta impropia en una sociedad democrática para la que, por lo que vemos y oímos, sería más grave esa “negligencia no significativa” que supone zamparse un solomillo sin analizarlo antes (¡) que tantos ruborizantes escándalos como se están viviendo por ahí. El problema no es tanto el que plantea el caso de Contador –es obvio que tendrán que actualizar esa normativa marciana—sino el hecho mismo de que un episodio deportivo sea capaz de provocar semejante movilización. Aunque bien es cierto que el deporte se ha instalado ya con tanta firmeza en nuestras arruinadas sociedades que un reciente estudio realizado en la universidad Carlos III de Madrid, teniendo en consideración el gasto gubernamental en relación con el éxito obtenido, calcula en cuarenta millones de euros lo que a cada país le cuesta una medalla de oro conquistada en una Olimpiada. En la Europa abrumada por el paro, ni las cuitas del euro, ni la fractura política que revela el desprestigio de los representantes, ni las supinas miserias de Berlusconi parecen provocar una respuesta tan acordada y enérgica como la que ha merecido el explicable apoyo español a un campeón propio arrastrado de una manera tan absurda. Pocas veces hemos visto desvelar tan claramente, desde dentro y desde fuera, la imagen de una honra nacional, ciertamente, digna de mejor causa.

 

No hay que olvidar la pujanza del negocio deportivo, uno de los pocos sectores que pueden permitirse mantener la suntuosidad e incluso el despilfarro en plena crisis, frente a las gurumías generalizadas que vive un país en almoneda, con las pensiones congeladas, los sueldos reducidos y más de cuatro millones de parados en el banquillo. Porque esa grave inversión en el deporte no es privativa de España, por supuesto, sino que afecta a los demás tanto o más que a nuestro país y estos montajes económicos necesitan coartadas ideológicas eficaces como ésa que consiste en situar la honrilla deportiva en el centro de la axiología. En la antigüedad clásica la competición era capaz de detener las guerras. Hoy parece en condiciones incluso de provocarlas.

4 Comentarios

  1. El deporte vuelve a ser, como lo era en el mundo clásico, una actividad superior. Lejos ya de su visión como un entretenimiento, incluso como un juego, es un negocio suculento precisamente porque la estima pública es superior. En ese sentido me parece lógico que los que mandan favorezcan e inviertan en él cuanto puedan. Panem et circenses. Ese lema vale hoy tanto como hace 25 o 20 siglos.

  2. Pues yo pienso que ni ja, ni yo, ni ninguno de Vds. habría ganado una carrera de bicicletas por muchos solomillos con clembuterol que hubiéramos comido.

  3. Sobre lo de Contador, que evidentemente la normativa actual no sirve, es incluso absurda. Sobre el peso del deporte en la vida social, huelga todo comentario: es obvio. El hombre, los pueblos, si se prefiere, necesitan la competición para paliar su instinto de confrontación. Un partido, se ha dicho mil veces, es una batalla reglada en la que se pretende el m,enor número de bajas pro ambos bandos. Apasiona la competición, no el deporte en sí mismo. O al menos, más la competición que deporte. Disculpen una opinión tan tajante.

  4. ¡40M de € un oro olímpico! ¿Qué son esos 40M comparados con las enormes lápidas, las deudas multimillonarias de los clubes de fútbol con la Seguridad Social, con Hacienda…? No se pasmen cuando oigan las cifras de los contratos de quienes ya no son ni siquiera divos.

    Es un mundo aparte. Nadie quiere, a nadie le interesa, criticar el espectáculo de machismo, de racismo, de violencia verbal y de la otra que supone hoy un partido de balompié, que no es necesario que sea de la máxima.

    Acérquense un sábado, un domingo por la mañana a los campos de fútbol donde se juegan los partidos de infantiles. Oigan a esos padres, como yo los he oido, jalear a sus hijos o insultar al contrario, no digamos al árbitro con términos que ofenderían los castos oidos de un carretero. Vean a esos menores hacer teatro en una falta inexistente tirados en el suelo, que parece que precisan el traslado inmediato a la UVI, escupir tal como lo hacen sus héroes y las televisoras se encargan de recoger en primerísimo plano.

    Buff.

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