En los obituarios sobre Malcom Arnold, el autor de la banda sonora de “El puente sobre el río Kwai” que acaban de publicarse con ocasión de su muerte, me he enterado de algo decepcionante sin remedio para alguien de mi generación: que el silbido original de aquella banda, himno de la alegría todavía no poco belicosa de las juventudes de los 60, no era obra suya sino aportación, ciertamente excepcional, de Kennet Alford inspirada en el sugestivo tema de la melodía. Es una fatalidad lo que está ocurriendo con la vieja epopeya cinematográfica, porque hace poco tiempo tuve ocasión den empaparme en la tele digital de la sarta de camelos que constituyen aquella historia inventada por completo, en la que nada acredita, al parecer, la realidad del flemático ‘coronel Boggie’ que da nombre a la marcha, ni de los héroes yanquis burreando a los japos ni de la traca final de la oportunísima voladura del puente bajo el convoy enemigo, sino un episodio bélico mucho más banal motivado por un proyecto enemigo algo parecido pero que ni siquiera habría tenido lugar en el paraje elegido por David Lean para su film sino en otro rincón de aquella foresta que hoy visitan, comidos por los mosquitos y la novelerías, los turistas occidentales. Tan falsa como la pegadiza marcha fueron, pues, la historia misma, los literarios personajes, el milagro del heroísmo y la fábula cuya moraleja nos traía la convicción del ineluctable final feliz de las disciplinas bien llevadas, lo cual, obviamente, no hace al caso, dada la convencional falacia del cine ejemplarizante en general y del bélico en particular. Para la memoria sublimada de más de uno, no cabe duda, esa desmitificación de aquel ‘paso honroso’ ha de suponer un quebranto irreparable, pero también es cierto que no es buena táctica apuntalar la moral con mitos fácilmente desmontables, por mucho que les hayamos silbado entusiasmados su banda imaginaria. La Historia no es una ciencia sino un arte al que sólo se llega por la imaginación.
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Anden , para que recuperen “memorias históricas” al margen de los historiadores, para que confíen la tarea debeladora del pasado al primero que pase por delante de la puerta del partido o al segundo que llame dos veces, como el cartero famoso, a la puerta del motel de los recuerdos. La Historia es una cosa muy seria, sin perjuicio de esa delicada condición suya que hace que ni en primera ni en segunda versión nos permita, honradamente, poner por sus conclusiones la mano en el fuego. Uno puede ser fiel lector de Suetonio, pongo por caso (y yo lo soy), sin dejar de reconocer lo que se le nota al viejo maestro el tirón clientelar que determinan sus simpatías personales por este o aquel otro césar, del mismo modo que se puede confiar en Tácito sin dejar de percibir cómo su “filosofía de la historia” –que todavía en el Barroco será utilizada (y perseguida) como vehículo del criptomaquiavelismo– condiciona y hasta fuerza hechos y perfiles. El guionista que le proporcionó a David Lean aquella historieta apasionante debía saberlo o intuirlo por lo menos, como lo saben, en definitiva, todos los memorialistas del pasado por la razón elemental de que no hay uno solo entre ellos que escape a la ley de la simpatía, superior siempre a la de las rigideces de una objetividad tal vez imposible. Y si no ahí tienen el caso, una generación o dos silbando una marcha que nunca existió en homenaje a unos héroes que nunca existieron en un paisaje que ni siquiera era el auténtico. El toque está en comprender que bajo tal dificultad subyace casi siempre alguna verdad profunda. Hoy sabemos, por ejemplo, que la coronación de Erec, el héroe artúrico, bien pudiera ser el trasunto de cierta ceremonia real ocurrida efectivamente en Nantes en tiempos de Enrique II. No sólo los Arana reinventaban el pasado. En fin de cuentas, ya me dirán quién no ha silbado alguna vez convencido una marcha recién sacada del microhorno de la superchería.

7 Comentarios

  1. 12:22
    El otro día nos pusieron la peli en la 1, estupenda, pero con un sonido lamentable.

    Jo, qué corte don ja, yo que me había creído casi toda la película menos que el pantaleónico coronel se muriera justo encima del “explosionador”, que lo los japoneses de entonces silbaran esa marcha tan pegadiza para el oído occidental y que las tropas marcharan marcando el paso sobre un puente, además recién construido.

    Pues ahora resulta que era mentira también todo lo demás.

    Bueno, me gustó volverla a ver y me hizo recordar cuando, en aquellos tiempos de Matusalen, entró mi comandante en la oficina del cuartel silbando la simpática marcha.

  2. No hace mucho se cuestionaba aquí la credibilidad de los historiadores. Yo hablé del precio del azumbre de vino o de los estudios económicos de don Víctor Carande y alguien con sorna, me llamó minimalista. Po fale, po m’alegro.

    Hoy el Maestro nos alecciona sobre el “partidismo” de Suetonio o de las aristas de Tácito, a quienes nombramos como “a summa credibiliatate” -a ver si he metido el pinrel y mi don Magnífico se digna y me pone las orejas coloradas-.

    Lo del Sabino no son más que las disforias de un orate que ni los suyos se atreven a reproducir, aunque bien que les sacan partido. Huy ¿he dicho partido?, vayapordió. Estos días hay quien saca a relucir que incluso Baroja, licenciado en Medicina aunque no médico ejerciente, también fue partidario en algún momento de aquello de medir los diámetros craneales. Nos ha merengao.

  3. (Postcriptum, seguramente fuera de lugar)

    ¿Nadie va a echar aquí su cuarto a espadas sobre la preñez de Mortizia? ¿Nos volverán a tomar por tontos con lo de que no se sabe el sexo del nasciturus, cuando en la ecografía, si está bien hecha, se ve, aunque no se busque? ¿Qué le parece al respetable este cotilleo, al que como mínimo le quedan casi ocho meses de estirar la guita? ¿Es pura determinación del predictor a la segunda falta o ya ha pasado la doña por el caballete del chochólogo?

    Oig, como que llevo dos noches que no duermo.

  4. 15:05
    ¿Y a mí qué, que sea nene, nena o neno que tanbién vale? El que no vale es mi nieto, pero tampoco me importa.

    D. Pío no creo que midiera ningún cráneo porque sólo ejerció la medicina rural, pero sí era un nacionalista de pro, aunque en sus novelass no hay ningún Gorka, Koldo, Iñaki, Edurne, Patxi o paridas por el estilo.

    Bueno, me parece bien que se llamen como quieran, pero ¿Por qué, yo, no puedo cambiar el José que me pusieron en la pila por el Pepe que me llama todo el mundo?

  5. Doña Epi, sin duda no existe la palabra, la oí y quizas la cogiera mal; la empleo como sinónimo de “extranjero”. Corríjame si erro.
    La puntualización de don Griyo era inútil: ¡estoy de acuerdo con él!

    Por orden de entrada: el puente del río Kwai siempre me pareció una peli bonita y bien hecha pero no sabía que pretendía pintar un echo verídico, así que a mí plin.

    Segundo tema: por lo que colijo – a ver si me equivoco -los reyes esperan nuevo nieto o nieta y el suspens es insostenible.

  6. Cómo voy a corregirla, mi doña Sicard de mis entretelas. Si a usted le gusta, bien gustado está. Servidora de vez en cuando también se inventa sus palabros.

    Y sí. Parece que en la primera familia del reino -huy, se me erecciona el dedo corazón- hay novedades de barriga. Y nos enteramos de que pagamos del bolsillo del contribuyente escolta hasta para la abuela de la doña. Supongo que también a los otros abuelos, y al alegría del Ortiz fhater y compaña, y a la señora de los ricitos, y … a toda la recua, que no es corta de borbones y borbonas, más los adyacentes, adosados y yuxtapuestos.

    Luego hay quien dice que salen baratos. Cómo era aquello de “queremos un chalecito, como el del principito”. Que se lo pregunten a los mileuristas que ni juntando dos sueldos sacan para la hipoteca. Y le compramos un chalet de tropecientos millones a un señor que no la ha doblado en su ya no tan corta vida, que tiene una pinta y unos modales de superpijo-osea, y que ¡¡agárrense, echa gasola él mismo del surtidor!! Válgame el cielo a dónde vamos a ir a parar con estos golpes de efecto. Que se nos plebeyiza el tagarno. ¡socorro!

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