Dicen que habrá tiempo de sobra para sustanciar responsabilidades cuando la tragedia remita y, ciertamente, eso será lo único que en ese feliz momento no nos falte. Me pregunto, sin embargo, si ese discreto aplazamiento sería incompatible con la justificada vehemencia que inquieta a tantos españoles desesperados frente a la confusión y a la ineptitud del Gobierno. Sabemos sobradamente las preguntas pendientes: ¿por qué España tiene una tasa de mortalidad superior a casi todo el planeta; qué puede explicar el holocausto perpetrado en los asilos de nuestros mayores, qué puede que explicar el dramático contagio de nuestros sanitarios sea el mayor del planeta, y sobre todo, qué razón puede haber para que otros países bastante menos pertrechados que el nuestro hayan superado la crisis con cifras incomparablemente mejores que las nuestras?

Porque, vamos a ver: ¿cómo pueden explicar los “expertos” de Sánchez que Extremadura cuente 500 muertos por el virus mientras en su vecino Alentejo sólo ha fallecido un anciano? ¿Acaso tiene algún talismán el Gobierno (de coalición, ojo) portugués del que carezca el atolondrado que encabeza el dúo Sánchez-Iglesias? Pues no. Lo que ha librado a Portugal ha sido la prudencia de la alianza social-conservadora que, avisada por el espectáculo italiano, cerró sus fronteras y aeropuertos ¡al constatar la primera muerte! y el talento de sus epidemiólogos que –en un país similar a Andalucía en territorio y (casi) en población– cuadruplicó en una masiva campaña de tests el número de los realizados aquí. En resumen, Portugal –un país “rescatado” hace bien poco, gobernado al alimón por dos eternos rivales y valido de un “estado de calamidad” mucho más flexible que el confinamiento español— va a salir de la catástrofe ¡con la tasa de mortalidad más baja de Europa! en tanto que nosotros hemos de soportar una de las más alta. La hermana menor, cuya unión proponía ya la ambición napoleónica y con la que soñaron nuestros liberales y republicanos desde Sixto Cámara a Pi y Margall pasando por Fernando Garrido, acaba de darnos una soberana lección de cuerda madurez.

En su “Viagem a Portugal” contaba Saramago que era frecuente en las casas fronterizas del lado lusitano rematar los canecillos que remataban sus vigas con la chusca figura de un paisano que dedicaba a la España de enfrente una afrentosa higa, y cosas parecidas conocía ya aquel iberista convencido que fue Oliveira Martins. El populismo sanchista ha hecho posible hoy que la burla procaz de aquel aislacionista del tejado cobre siquiera una mísera razón.

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