Nunca he descartado que una de las claves más efectivas que permiten el reajuste de nuestro implacable sistema social sean sus “utopías estéticas”, concepto gratuito con el que aludo a tantas formulaciones, siquiera teóricas, de proyectos benéficos que se suponen emanados de ese humanismo genuino que hace de gran legitimador de nuestro caos. La dureza ante la desdicha, por ejemplo, el argumento incontrovertible en principio, de que a nada conduce cuestionar lo que no tiene solución, pues, qué sé yo, la miseria pongo por caso,  suele compensarse con iniciativas –insisto, siquiera teóricas– que van mucho más allá, no sólo de lo factible, sino de lo razonable. Nada podemos hacer para aliviar la suerte de nuestros ancianos, poco para prevenir siquiera el contagio del sida entre las vastas poblaciones “en vías de desarrollo”, menos todavía para proceder contra la esclavitud infantil o el auge imparable de la industria de la prostitución internacional, pero eso no obsta para que exijamos un trato atento y compasivo para los demás animales, salvajes o domésticos, en cuyo favor no se escatiman ideas ni, llegado el caso, medios y remedios. No suelo reproducir textos ajenos, desde luego, pero no me resisto a copiar literalmente algunos renglones arrancados a la competencia en el contexto de un reportaje sobre la suerte de las “mascotas” o animales de compañía, ciertamente, explotadas sin reparos por sus dueños. “La vida que llevamos nos deja poco tiempo para entregarlo a nuestras mascotas, y eso les afecta emocional y sentimentalmente”, dice la experta, para que la reportera apostille: “El desorden emocional se presenta de manera alarmante en mamíferos como perros y gatos, pero también en reptiles y aves”, grave caso, sin duda, que sugiere la siguiente recomendación: “Las mascotas deprimidas deben ser tratadas por un especialista en conducta animal, recibir medicamentos si el experto lo estima necesario, acupuntura, ‘flores de Bach’, aromaterapia y masajes, aparte de ser estimuladas por sus amos con música, juegos y pasatiempos de habilidad”. El crack moral de las sociedades modernas ha sublimado la “pietà” franciscana como última coartada.
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 Me trae loco, sin ir más lejos, la diatriba que se traen en cierto foro animalista grupos rivales de investigadores que se acusan mutuamente de ignorancia y se reprochan sus respectivos paradigmas salvíficos en torno al amenazado hermano lince de Doñana, esa infeliz especie que, junto a los miles de millones que le dedica el erario, sólo dispone, por lo que ellos mismos dicen, de tres asociaciones de defensa, más de ciento cincuenta equipos de investigación, collares de seguimiento y cepos acolchados, sin contar los pasos subterráneos y conejos recriados para mejorar su dieta, un programa que ya quisiera para sí, un suponer, la legión de la tercera edad que malvive donde malvive olvidada de todos, hasta de los suyos. ¿Será que disponemos de poco tiempo para “entregar” a nuestros ancianos o acaso que hemos de compartir el poco de que disponemos entre ellos y nuestras desdichadas mascotas, las del prozac y  las ‘flores de Bach’, los masajes y los pasatiempos recreativos? El pietismo no anduvo jamás tan descoyuntado, la bondad implícita en el humanismo no se debatió  nunca en esta falsa paradoja que resigna la compasión por el semejante al tiempo que reclama para perros o culebras el tacto más primoroso. Hemos repetido tanto que cada minuto muere un puñado de niños hambrientos (o sedientos) que apenas percibimos ya en esa imagen la silueta gastada de lo inevitable. Lo de la mascota es otra cosa. Tengo amigos que han proporcionado a sus gatos costosos psicoanálisis. Están, por descontado, entre quienes aseguran que las hambrunas humanas y otros apocalipsis, no tienen solución.

2 Comentarios

  1. Durísima, más que merecida la afilada ironía con que el Jefe desenmascara y ridiculiza a tanto mastuerzo. Sé –mejor, creo adivinar- que poca gente comparte los valores humanos, éticos y altruistas del poverello de Asís como él mismo. Si alguna vez me declaré señorita banderillera del Diestro, hoy daría un dedo de mi mano derecha por ser considerado el mínimo de sus hermanos menores.

    Es en el “Cántico del hermano sol” donde el de Asís proclama lo de ‘… Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol…’ y prosigue su loa por la hermana luna, hermanas estrellas, pasando por el viento, por el fuego, hasta la hermana madre tierra que produce flores, frutos, hierbas. Fue lo que llevó al de Nicaragua a enfrentarlo con ‘un rudo y torvo animal’ que ‘ha deshecho todos los rebaños; devoró corderos, devoró pastores’ y al que el gesto de levantar y decirle con su voz dulce ‘¡Paz, hermano lobo!’, no lo convierte para nada en el precursor de esta punta de inválidos pseudointelectuales, falsos ecoverdes, de tiralevitas del poder que acumulan fundaciones, institutos conservacionistas, equipos de investigación (¿?), masturbadores de linces dormidos para inseminar hembras patirrotas y fruslerías así. Miles de millones dice el Anfi. Desconozco las cifras pero él es un buceador de bojas y ha sacado de sus profundidades perlas cenagosas reservadas para los elegidos.

    El tema de las mascotas no es sino un fruto menor del mar de soledad, de aislamiento, de aridez afectiva en que naufragan tantos de los acomodados habitantes del mundo del consumo irracional –se compran muchas más mascotas que las que se adoptan-, del egoísmo recalcitrante, del capricho, de la moda, de la ostentación, de querer aparentar sentimientos. Juro por Snoopy –un beso, Páter- que esta mañana tempranito, con la bolsa de los periódicos y ‘mi cafelito bebío’, he contemplado la escena: la pareja con niño que viene a parasitar el domingo a los abuelos en su chalecito de playa, los besos de cumplido y el -¿desaforado, porque yo era su público?- abrazo, besos y carantoñas mil al perrillo, que al parecer la joven madre lleva algún tiempo sin ver. Tal vez es el regalo/mascota que recibió un día y que ahora no cabe ni en su piso, ni en su tiempo y canguriza con él a los abuelos.

    Ah, y que no se olvide: en cualquier barrio, en cualquier pueblo que se precie un poquito no falta el comerciante listillo, la veterinaria mileurista, que pone su chiringuito para cortar, marcar y peinar a canes lanudos, nacidos para vivir en latitudes más frías. En el fondo –fray morcilla- hay un fondo de sonido metálico, el vil metal que lo contamina todo.

    No puedo omitir que la viceVogue me ha parecido muchas veces repelente, presumida, exhibicionista, hasta odiosa. En estos días descubro por completo mi cerquillo franciscano e inclino mi cabeza con respeto ante el valor de visitar calles inseguras y basureros de la cintura de las Américas. Que luego estas visitas, a cuya lección no puede quedar indiferente, sirvan para algo, es otro cantar.

  2. Cuando veo al burgués Antonio Burgos con esa pose de “señorito” decimonónico, con su gato, se me revuelven las tripas de asco.
    La sensibilería de pose es hipócrita
    ¡¡Los animales en el campo!! ¡¡ la ciudad para los urbanitas!!

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