En Francia andan también a orza con el tema de la lengua, quiero decir con el tema de las lenguas, puesto que el lugar del francés como lengua nacional nade osaría cuestionarlo ni de lejos en tierra tan jacobina. Y con un mapa lingüístico mucho más complicado que el que tenemos en España, pues si no me dejo alguna en el tintero, en las regiones francesas se hablan no menos de diez lenguas propias de orígenes bien diferente, alguna de las cuales, como la occitana, es chamullada nada menos que por tres millones de hablantes. El mapa francés es complejo pues deriva sus lenguas o hablas de tres troncos diferentes, el románico, el germano, el celta y el basco, razón por la que la propia Ilustración comprendió pronto que la adopción de una lengua nacional de tanto éxito para el conjunto del país constituía un éxito cultural y un factor identitario de primera magnitud. El debate lo ha provocado el enmienda constitucional planteada por Jean-Luc Warsmann y aprobada por unanimidad en mayo que ha permitido reconocer, en el artículo primero de la Carta Magna, que esas lenguas son patrimonio de Francia, sin perjuicio de que se mantenga en el segundo que la lengua del país es exclusivamente el francés de todos. Como era de esperar, los “Inmortales” de la Academia, a diferencia de nuestros prohombres de la RAE, han irrumpido en público protestando por una medida que, a su juicio, olvidaba que ha sido precisamente la lengua francesa el factor que, en dos siglos, ha hecho fraguar definitivamente el país y para censurar, ya en un terreno práctico, ante una medida que cuestiona gravemente la igualdad de acceso de los ciudadanos a la Administración  y a la Justicia. El Senado verá ahora si es posible todavía retirar la enmienda del texto constitucional o procede mantenerlo en su articulado, pero reconforta contemplar la manera seria y culta, institucional, con que está llevando nuestros vecinos una minicrisis lingüística que de este lado de los Pirineos se ha convertido en una bronca suicida.

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El argumento de fondo de la crítica francesa consiste en que semejante fragmentación  del idioma pueda atentar sin remedio contra la identidad nacional sin que, a cambio, ni el conjunto ni las partes obtengan beneficio alguno. Es verdad que, además de la multitud occitana, hay casi un millón de alsacianos bilingües o un cuarto de millón de rebeldes celtas bretones que guardan como oro en paño esa seña particularista que es la lengua local, pero ni siquiera en esos enclaves del “exágono” que agrupa a “las diez lenguas” (alsaciano, bretón, franco, flamenco, lengua de oil, provenzal, catalán, occitano, basco y corso) hay nadie en sus cabales que sueñe con sustituir la lengua fundante y unificadora –el “léxico del jacobinismo”, como dijo alguien—por una de las arcaicas que constituyen el valioso patrimonio lingüístico del país. No es posible dejar de ver en la diferencia entre el debate francés y la guerra española la correspondiente distancia cultural y, si me apuran, civilizatoria, que separa a un país que tiene clara su entidad sociohistórica de una “nación de naciones” que hasta el presidente del Gobierno considera que es “discutida y discutible”. Salvar un patrimonio idiomático es una empresa lógica y valiosa, pero hacerlo a costa de un idioma que si se ha impuesto ha sido, indudablemente, por su funcionalidad superior a la hora de competir dentro y fuera de las fronteras, constituye una temeridad insostenible. Aquí el Senado, esa cámara expletiva, no valdría para mucho a la hora de repensar el modelo de regionalización galopante que estamos padeciendo, ni la Academia parece molestarse en levantar su voz contra el desafuero que supone la exclusión ilegal, inconstitucional, del español en la propia España. Hay un trecho largo entra España y Francia. Culturalmente hablando, un abismo.

9 Comentarios

  1. Este hombre, afrancesado en su más digno concepto, posee la virtud de decir las cosas tan claritas que con menos de 700 palabras desmonta la algarabía lingüística del gallinero donde nos han ido metiendo cuatro listillos.

    En mi adolescencia yo me sentía gozosa -velo blanco, falda por debajo de la rodilla- cantando muchas tardes de mayo el ‘Virolai de la Mare de Deu’, saboreando sus palabras en catalán. Otra monja vascongada nos enseñó también una canción coral de aquella tierra, en la que se introducían términos vascuences. Ni hace falta añadir que todas sabíamos el ‘Oliñas veinen e van/ non te vayas rianxeira…’ y aprendimos versos de Rosalía. Nos sentíamos felices de que España -la actual bosta de toro- tuviera aquella riqueza de idiomas menores. Disculpen, he dicho menores y lo repito y lo mantengo. Es por si había pasado desapercibido.

    No hace mucho me pidieron que ayudara a interpretar un alta médica hospitalaria y blasfemé en arameo porque no entendía el sentido de algunas frases, imprescindibles para poder hacerme una idea exacta del diagnóstico y parte del tratamiento. No pude resolverle su problema a una persona enferma.

    Pero no se equivoquen. Con esta monserguita del bilingüismo oficial, en los seis u ocho paisitos -no salvo a baleares ni a valencianos y alguno más que anda en ello- alguien se ha ganado y se sigue ganando una pasta flora muy curiosa. No sé si el más importante, pero hay un factor en esto, como en tantas otras cosas, que me duelen las yemas de los dedos de teclear: ¡mardito parné!

    (Tres hip y un hurra, por la delicia de poder leer tan tempranito la columna que hoy es el mismísimo obelisco de la Place de la Côncorde parisina).

  2. Lo que somos es unos entreguistas unos oportunistas, que ya lo demostramos en la II Rep. y ahora repetimos la jugada. Algo hay quedar a los tontos para justificar su “diferencia”, La lengua es ese gran camelo.

  3. Leyendo la columna caigo en lo sencillo que podría resultar meter en vereda a esos rompedores de la unidad y de la lengua. Hay una frase en la columna que me parece ilustradora: que los ilustrados se dieron cuenta de que una lengua única significaba un progreso frente ese rompexabezas de lenguas y hablas locales.

  4. Si nno me he enredao mal, el Senado ha revocado esa enmienda a la que se refiere. Efectivamente, aquel Senado no es éste.

  5. Ni aquella Academia es ésta. En Francia no creo que se admitiera “guay” como se ha hehco aquí. Y menos mal que se han plantaod frente a las “miembras” locas…

  6. No hay nación sin mosaico de lenguas o dialectos, pero hay muchas en que un puñado de idiotas ignorantes son capaces de rom per la baraja con tal de jugar a su juego. ¿Se imaginan la ventaja para Córcega de cambiar el francés en corso?

  7. No es jacobinismo, jefe, o no solamente jacobisnosm, lo que hace a Francia amtenerse alejada del extremismo idiota. Es el sentido común. Hay países que no discuten las cosas graves, en los que el patriotismo (miren havia USA) se da por sobreentendido, en los que la lengua común no se cuestiona por las minoritarias aunque se las proteja y conserve.

  8. No nos podíamos imaginar tantas lenguas regionales francesas. ¡Lo que se aprende con este hombre! La lección de Francia es magnífica aunque ya ven que en todas partes cuecen habas y hay sus tontos correspondientes. Creemos que hay quien debe “inventarse” su “motivo” para medrar en política. Los nuestrso mismos, todos en la Galeusca, han vivido, piensan y hablan en español de toda la vida; la lengua local es para ellos el motivo político pra justificar su presencia en la vida pública.

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