Son desoladoras las imágenes de los desbordamientos del Ebro que nos llegan estos días. Se calcula que las aguas crecidas han inundado 20.000 hectáreas, lastimando el trabajo de varios miles de agricultores. Lo previó Pedro Cuartango contemplando el caudal avasallador del gran río a su paso por su pueblo, Miranda, pero el tema –la expresión del conflicto entre la solidaridad y el egoísmo identitario– arrastra desde antiguo. Tanto que Joaquín Costa veía la redención de España en una vigorosa política hidráulica que podría cambiar su destino. Y el talento de Juan Benet situó en una presa, la de Porma, su territorio literario, “Región”, y se pasó la vida –entre pantanos, saltos y canales– atrapado por la visión de una España húmeda compartiendo con la España seca sus aguas desperdiciadas, un ensueño imposible bajo la sombra de Caín.
Le faltó tiempo a Zapatero, rehén de los catalanistas, para anular el trabajoso acuerdo recogido en el Plan Hidrográfico Nacional de 2005, en el que, tironeado por los intereses partidistas, se prescindía del designio de trasvasar hacia Levante y el Sur las aguas sobrantes del Ebro, sustituyéndolo por un recortado proyecto “Agua”. Total, ni uno ni otro: estos días asistimos una vez más al desconsolador espectáculo de los ríos embravecidos arrasando los campos aragoneses y navarros, las aguas caudales arrastradas sin remedio hacia el mar, a razón (en Tudela, en Castejón…) de miles de metros cúbicos por segundo. Entre jota y jota, lo cantaba hace años la murga “Los Bulloneros”, sin quitarse el cachirulo baturro: “Quien quiera llevarse al agua/ y el trabajo de Aragón/ tendrá que luchar primero/ con toda su población”… Está visto: no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Nadie ha pretendido nunca –ay, viejo Costa– arrebatarle a nadie su agua. Sólo se viene proponiendo, hace casi un siglo, tratar de que esos excedentes accidentales no se pierdan sino que se ofrezcan a la España sedienta. Pero las espadas siguen en alto, y no sólo en mano de los fundamentalistas, sino blandidas frente a frente por el PP y el PSOE, cuyos intereses regionales, como se sabe, no concuerdan. Lo que parece bueno para Aragón no lo es para Valencia o Andalucía, y no se entrevé siquiera un armisticio entre esas taifas, aunque estos días contemplemos, una vez más, el drama de la inundación y las aguas forajidas perdiéndose inútilmente camino de la mar. Caín y Abel siempre en pie de guerra. Y el Paraíso arrasado por la tromba.

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