Me contaba mi padre con frecuencia sus recuerdos adolescentes de la gripe del año 18, que él vivió en un rincón andaluz, indefectiblemente protestando frente al mote de “española” que le había endilgado a España, a su entender, la complicidad de los “aliados” europeos con los que, todo hay que decirlo, España se estaba poniendo las botas a cuenta de su neutralidad en la Gran Guerra. Recordaba él muchas circunstancias que hoy veo yo mismo repetidas a nuestro alrededor, como el desconcierto oficial, el endoso de la responsabilidad a las “provincias” por parte del Gobierno, los consejos higiénicos (el lavado de manos, ante todo) los cierres que arrasaron tantas economías medianas y más chicas, la desesperada demanda de médicos y hasta el fervor ciudadano ante algunas manifestaciones callejeras de la burguesía más modosa.

Aquella gripe se llevó por delante, sólo en España, nada menos que 200.000 vidas, y es fama que infectó, sin llegar a matarlos, desde el presidente Wilson o el Kaiser Guillermo al poeta Apollinaire y desde Gandhi a Kemal Ataturk. Si algo justifica las extremas prevenciones vigentes hoy en la Moncloa sería el hecho de que en aquella ocasión, junto al mismísimo Alfonso XIII –a quien mi padre se refería ingenua e indefectiblemente como “el Señor”—, fue víctima también el propio presidente del Gobierno, el cacique forista García Prieto junto a varios miembros de su Gabinete, que salvaron el pellejo, al parecer, a base de sahumerios y cataplasmas.

Pero la memoria paterna que más presente tengo ahora fue la que daba cuenta de que la vacuna de aquel azote no se consiguió hasta poco después de nacer yo, creo que a mediados de los 40, ¡o sea, como veinte años después! Sobre la leyenda de que Belmonte y Joselito también cayeron bajo el temible patógeno, mi padre se mostró siempre escéptico considerando lo improbable que resultaba que, de ser cierto, un adolescente como él era entonces no se hubiera enterado de semejante tragedia nacional.

El caso es que si en aquella coyuntura España logró resistir y seguir a trancas y barrancas su camino debió ser a causa de la ventaja económica que le proporcionó un aislamiento bélico que la convirtió en privilegiada proveedora de aquellos insensatos contendientes. Lo que hoy no es el caso, claro, ni nos sobran los Maura y Romanones que, comparados con lo que hay, resultan eminentes, por lo que habremos de conformarnos, dicho sea sin ánimo de despreciar, con nuestra “plúmbea mediocritas”. La vida, como ven, viene a ser un palimpsesto en el que las generaciones se borran de manera implacable unas a otras para repetir, ay, bonanzas y desdichas ya vividas. En cuanto a mí, gracias al memorión de mi padre, no he necesitado los consejos de ese estrafalario doctor Simón para lavarme las manos.

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