Una extraña operación policial acaba de saldarse con más de treinta detenidos. Se les acusa de amañar partidos de fútbol desde el negocio de las apuestas deportivas, utilizando sobre todo a equipos de categorías inferiores cuyos jugadores resultan más vulnerables a la tentación. Parece que la investigación se inició, con pie en una denuncia anónima, en un partido del modesto grupo B de la Segunda División, en el que pudo detectarse cómo en pocos minutos llovían apuestas hasta alcanzar los tres millones de euros, muy probablemente cruzadas desde países asiáticos. Los expertos opinan, además, que esta clase de corrupción no es nueva aunque sí parece serlo el sistema de vigilancia policial que dispone incluso de un teléfono rojo, anónimo por supuesto, para recoger las eventuales denuncias de jugadores decentes. No sólo en los despachos se cuece la corrupción, como puede verse.

Siempre fue fina la imaginación de la garduña y pocas veces quizá tan activa como en estos momentos de honda crisis de valores. La corrupción es, por supuesto, inmemorial, pero no cabe duda ya de que en el ámbito complejo de las sociedades globalizadas todo indica que pudiera alcanzar su culmen histórico, no sólo en la vida pública sino también en la privada, como una gangrena pegadiza que no respeta límite alguno. ¿Y cómo podría ser de otra manera, cómo esperar que el mal ejemplo proyectado desde arriba no acabe por pudrir la convivencia hasta en sus capas más profundas? La crisis a la que estamos asistiendo no tendrá seguramente solución dado que tiene mucho de respuesta instintiva a un estímulo cada vez más generalizado, sin olvidar la eficacia ejercida por el mal ejemplo. La conducta corrompida, como la manzana, se malogra de fuera a dentro y no al revés.

No es difícil suponer, en todo caso, que el desastre moral y cívico que padecen las sociedades hunde sus raíces en la necesidad bastante menos que en la ambición: Olivares en el poder era incomparablemente más corrupto que Monipodio en su patio y ni que decir tiene que los pícaros de éste debían no poco, aun sin ser conscientes de ello, a la negra influencia ejercida sobre ellos desde arriba. Tal vez un pelotero del Eldense no se vendería por cuatro cuartos si no conviviera con la alta cofradía de delincuentes de guante blanco que saquea nuestras instituciones e incluye hoy en España desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca. Y unos más que otros. A los hombres –decía De Bonald—no los pierde tanto la riqueza como el afán por conseguirla. ¡Hasta en Segunda B!

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