No yerran quienes sostienen que, a estas alturas de la evolución social, las aristocracias se han quedado sin papel alguno que, con su función, legitime su existencia. Se lo he oído más de una vez a algún representante señero de ese “brazo” que, en nombre de su propia razón estamental, propugna incluso la desaparición de esa farsa, hoy por hoy mantenida apenas por la alcahuetería del papel cuché. La monarquía, no, bueno, digamos que la monarquía es otra cosa, otro negocio distinto que, al menos en teoría, garantiza la continuidad de las instituciones y conserva un enigmático papel conciliador o eso dicen, al menos. Esta Navidad misma acabamos de comprobar el alto voltaje que, en todo caso, informa a la dialéctica social, y lo hemos visto reflejado en un hecho que pone de relieve, de manera indubitable, la capacidad de influencia que, por ejemplo en el mercado, mantiene la institución. Vean: el vestidito que la infanta Elena lucía en la foto de felicitación de los Príncipes de Asturias, así como el de su hermana Sofía, han sido literalmente barridos del mercado por una desaforada demanda mimética, como parece que ya había ocurrido en Gran Bretaña con el que exhibió Catherine de Cambridge el día de su presentación en sociedad, fenómeno que deja clara esa capacidad de influencia que, en cierto modo y sentido, suponen estos hechos memorables. Si la generosa lady Godiva se diera hoy su paseo a caballo y saliera en el telediario, menuda ruina iba a caerle encima a las firmas sector.

 

Hoy es la burguesía –qué se yo, los Slim, los Amancio Ortega, las Koplowitz o Bill Gates—la llamada a liderar son su ejemplo, bueno o malo, la estimativa de las sociedades, como una nueva nobleza fiduciaria, no de sangre, que ha hecho de la Bolsa su palacio y su castillo de los paraísos fiscales. Las sociedades democráticas creen de buena fe en la incierta leyenda del igualitarismo pero luego se ponen en cola a las primeras de cambio para hacerse con un atavío como el de la princesa o con un vestidito como el de las infantas para que lo luzcan sus alevines. La función social de la aristocracia parece haber pasado de la moral a la economía y del ejemplo a la imitación, pálido final de una epopeya que empezó siendo heroica para acabar en comercial. En eso aventaja aún, con mucho, a las altas clases medias, a ese “tiers état” que bautizó el abate Sièyes sin imaginar siquiera la que se nos venía encima.

10 Comentarios

  1. Lógico despiste en un varón republicano aunque sensato: la infanta no es doña Elena sino doña Leonor, ay, ay, ay. Lo de ladi Godiva, definitivo.

  2. Es que somos como esclavos . No ha visto Vd, eximio profesor, claro que lo habrá visto, lo que le gustan a los antinorteamericanos la coca-cola y los pantalones vaqueros.

  3. Bien vistos los papeles respectivos de la aristocracia y la monarquía. El mimetismo y la catetería sostienen en vilo a estas instituciones viejas que siguen aprovechando el margen que se les concede. ¿Quién no lo aprovecharía?

  4. Me acuerdo del doloroso ejercicio, el de un progre de toda la vida conocido, cuando metía en cuanto podía la morcilla de una tita rica en el pueblo, del fiel espejo de cornucopia de una abuela a la que el marido arruinó o cómo se codea -se codeaba, lo juro- con “Nico” Sartorius y Alvarez de Etcétera.

    Mucho pecé, mucho pecé, pero luego se arrimó a la Almeida y terminó en el pesebre ancho de la pezoe. Hoy juega al golf con guante de cabritilla. Estoy seguro que daría un dedo de la mano porque le hiciera unos zapatos a medida el mismo que se los hace al Borbón.

  5. Debilidades humanas, querido Epi, más frecuente de lo que solemos creer. La aristocracia se mantiene en la memoria y la imaginación del 3º y 4º Estados. Vea a la duquesa de Alba, ese estafermo, aclamada en la calle por las masas… En Sevilla me cuentan que le han dedicado una avenida de aquí te espero. ¿Quién es el tonto y quién es el listo?

  6. A los Borbones les vendrá de perlas una transfusión de sangre asturiana y plebeya para cuando falte el cazador de elefantes.

  7. Piensen en que a lo mejor era peor, valga el juego de palabras, que las costumbres se plebeyizaran. Aunque si se piensa bien, más plebeyizadas que las exhibiciones de esa duquesa que alguien ha nombrado aquí hace un rato…

  8. (El frío es esto y nada más. Enhorabuena, meridionales).
    No digo que las monarquías no tengan los días (mejor los decenios) contados, pero ¿y las democracias tal como las estamos degradando? No pierdan esto de vista, amigos repúblicos.

  9. No puedo menos que sentirme aludido en la última palabra de su aportación, apreciado Mr. Miller. Tiene toda la razón.

    Hay hoy miles, cientos de miles de jóvenes airados, españoles, of course, que en su indignación piden el exilio definitivo de la casta borbónica y enarbolan con tanto gozo como inconsciencia la bandera tricolor.

    Eso solo, a secas, no arreglaría nada de los problemas que nos acosan. El Borbón, que aún reina, esgrimió hace poco -porque se lo pondrían en el cartelito electrónico en el que le pasan los discursos- la palabra milagro: “regeneración”, como un Costa redivivo.

    La República, la Tercera que creo no llegaré a ver en el puñado de años que, ojalá, me queden de vida consciente, tendrá que caer por su propio peso cuando unos pocos, la levadura, de los actuales treinta y cuarentañeros, decidan de una pt vez acabar con el mamoneo y el mangoneo institucionalizados con que la tríada diabólica, grandes empresas, financieros y políticos babosos nos sojuzgan.

    Si no, de fuera vendrán, posiblemente con sangre y fuego, quienes acaben con esta ruina.

  10. Hay don Epi, no sé qué decirle! he estado viendo la expo sobre Goya y no creo que hoy andemos tan mal. Todavía nos queda tiempo para que se pongan peores.
    Si echan al rey , ¿a quien van a poner en su lugar?
    Un beso a todos

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