Nos van a volver locos con tanto descubrimiento del remedio para conseguir la juventud perenne. No pasa un mes sin que sabios y majaretas nos aseguren que uno puede vivir la intemerata –hasta mil años, ven ya posible los del Queen’s College de Cambridge—bien a base de atiborrase de proteínas , entregarse al yoga y los ritos tibetanos,  observar la dieta hipocalórica, beber agua alcalina, tratarse con la coenzima Q10 o hacerte en Nueva York, aprovechando la crisis del dólar, con tu provisión de melatonina para tomar en el desayuno junto a ese antioxidante infalible que es el ácido ascórbico de nuestro zumo de naranja. La última moda –la ingesta de oro– es, por cierto, bien antigua como se ha recordado estos días a propósito del diagnóstico de la causa de la muerte de Diana de Poitiers, la amante de Enrique II y amiga de aquel gran vividor que fue Brântome, ese ‘burlador’ a la francesa que no le llega a la suela del zapato ni al caballero Casanova ni, por supuesto, a nuestro Don Juan. Lo de la tal Diana, que era un pendón considerable terciado de amazona –una combinación entre la fornida Estefanía de Mónaco y Lilí Álvarez–,  lo ha descubierto ahora, según el British Medical Journal, un científico francés, analizando un mechón de su cabello conservado durante siglos en el ‘chateau’ de Annet y haciendo no sé qué macabras comparaciones entre su conservada momia y el famoso retrato de Clouet. Y lo que han hallado, en definitiva, es que la real concubina consumía a diario altas dosis de oro disuelto como pócima contra el envejecimiento, un viejo camelo alquímico cuya peligrosidad ignoraba aquella empecinada vividora como hoy se ignoran la de tantos presuntos remedios. El mito de la eterna juventud compite sin tregua con la quimera del oro.

 

Cuando publiqué aquí un comentario sobre el denigrante empleo del oro en los obradores de la “nouvelle cuisine” un crítico y sin embargo amigo me escribió desolado al comprobar mi condición de “garbancero” incapaz de penetrar las exclusivas razones de esa moda elitista y canalla, además de evidentemente idiota. Y no diré que me ha alegrado la noticia de su toxicidad y el caso de la Poitiers, pero sí que se me ha pasado por la cabeza la conveniencia de que alguna autoridad con mando sobre los fogones informara a esos privilegiados aurífagos de los peligros a los que se exponen bailándole el agua a esa panda de estafabobos que se han forrado desvalijando a los ultraístas de restaurant. Me inquieta ver cómo la ‘inteligentsia’ se deja vender la burra tan ingenuamente. Tanto que, por más esfuerzos que hago, no veo la manera de olvidar el hallazgo supino de Valéry, aquello de  “¡Dios mío de mi alma, todo cambia menos la vanguardia!”.

4 Comentarios

  1. Déjennos soñar. ¿Que sería de Pintangui y de muchas de nosotras sinm esa esperanza. Si el oro mata, más mata la falta de autoestima.

  2. Delicioso, divertido, aleccionador, con mucha “sustentifique moele”…Qué gustazo!
    Un beso a todos.

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