No es la primera vez que ocurre y lo triste es que haya de ser alguna organización civil la que lo denuncie desde fuera, como si en los ámbitos provinciales no resultara fácil un control policial en las mismísimas oficinas públicas. La estafa a inmigrantes en la propia Oficina de Extranjería, aparte de un crimen canallesco, constituye un ultraje injustificable por parte de los responsables políticos y policiales, y es una de las ocurrencias más miserables que haya podido inventar esta garduña picaresca. ¡Robar a un desgraciado que busca un pedazo de pan! La inmigración merece unas garantías que ni de lejos les ofrece hoy un país que incluso permite que la estafen desde su misma sede.

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