Dicen que estamos ante el mejor año turístico de nuestra historia mesonera.  Que gastan menos los que vienen, de acuerdo, pero que son más, muchos más, cada año más, y eso no deja de ser un éxito. Y en todas partes igual. Una ciudad como Venecia ha calculado que este año los visitantes (no olviden su tamaño: poco más de 300.000 habitantes) han aumentado en 50.000 diarios –lo que supone un aplastante total de veinte millones anuales, con o sin Bienal—razón por la cual se ha unido al coro de zonas turísticas que se disponen a cobrar la entrada. En la isla de Eolia ya paga el viajero su portazgo, en Sicilia se estudia aumentar el impuesto de visita para el año que viene entre uno y cinco euros. También en Milán está decidida la imposición inminente de la tasa turística y en la propia Venecia se proyecta para más adelante, pero se proyecta. El turismo es un maná pero también supone una carga, a veces soberbia, para los territorios que elige, que han de atender gastos muy diversos como consecuencia de las visitas, y ha sido el aumento acelerado del movimiento viajero de los últimos años el que ha hecho volver sobre esa idea de la tasa que fracasó hace años. No es posible mantener un modelo en el que los empresarios del sector se llevan crudos los beneficios mientras la factura de los gastos va directa a la caja de las instituciones, es decir, al bolsillo del contribuyente. Ya veremos qué ocurre, pero todo indica que, siguiendo esa lógica del espectáculo que inspira el viaje contemporáneo, en poco tiempo el turista habrá de pagar su entrada al territorio visitado. Asombran las cifras del turismo, también en España, pero sobre todo llama la atención el ritmo al que crece la demanda turística, la vaca gorda de muchas economías. Lo raro es que el sector público haya tardado tanto en reaccionar sobre esa tremenda carga.
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Estoy en que el turismo es precisamente la gran novedad del siglo –más tal vez que las migraciones, a pesar de las apariencias, y si no, échenle una mirada a los números—y no me cabe duda de que este hecho crucial ha de influir decisivamente en la mentalidad colectiva. El hombre fue siempre animal inquieto, especie curiosa, más allá del sedentarismo que cuaja en el neolítico, y desde siempre emigró azarosamente en busca de mejorar su suerte. Cuando hoy se habla de los “nuevos bárbaros” –del Sur o del Este– suele olvidarse que la invasión gótica de la romanidad no fue un hecho aislado sino una etapa más en el eterno viaje de la Humanidad que, por no hablar sino de los casos recientes, incluye las oleadas mogoles o árabes sobre el Oeste, la inmensa migración rural que permite a partir del XIII la civilización urbana en Europa, la aventura americana contra la que tronaban nuestros arbitristas o el éxodo europeo a Norteamérica que fragua en los futuros EEUU. La especie viajera no pierde nunca el instinto que orientó la horda en su etapa recolectora, porque el hombre sólo se convierte tardíamente en animal territorial, circunstancia que debería dar que pensar a esa antropología patriotera que a veces –con demasiada frecuencia aún—insiste en su insostenible tópico. La adscripción del hombre a su territorio es una fantasía mitológica, probablemente, y en este fin de era tan inquietante que estamos atravesando parece como si la vieja naturaleza de la especie se empeñara en salir a flote para evidenciarlo. Tampoco es nueva la idea del peaje, por descontado, ni el sentido patrimonial del aborigen que tantas veces aflora en el mito o en la leyenda clásico. Hoy muchedumbres de todos los rincones del planeta se echan al mar como los viejos argonautas en busca de un vellocino de oro que a buenas oras va a estar esperándolos colgado de una encina sagrada. Nada ha cambiado entre héroes y viajeros, dragones y esfinges. El ‘Argos’ era un cayuco y Marco Polo un turista. Si hay un invariante en la naturaleza humana es el afán viajero. Cada verano avanzamos en esa evidencia que podría librarnos de muchos perjuicios.

885 Comentarios

  1. Para empezar, Jefe, a ver si consigue que cuelguen la coilumna a una hoira de cristianos y no, como hoy mismo, cuando uno estñá ya a punto de irse a la cervecería (que sé que usde, por ejemplo, se va). La columna, interesante. Espero que hoy no decaiga la fiesta, porque lo de ayer fue espectacular.

  2. ¿Por qué no se anima ustef, como hace Trevijano o su amigo Arcadi, y rteanima el blog con notas ocasionales, durante la jornada. Lo de ayer demostró que podríamos saltar a la primera división bloguera en cuanto quisiéramos y quisiera usted.

  3. Se ve que la feligresía observa el descanso dominical, don josé antonio, y que aquí el único que sigue al pie del cañón es usted. Sea comprensivo con estas flaquezas, ya que lo es con tantas otras.

  4. Eso de que la adscripción del homnre a su territorio es una fantasía mitológica lo dirá usted, pero muchos creemos que es algo más profundo y “natural”. Claro que usted debe de decirlo por el abuso nacionalista, que ése sí es de sustancia mítica, y en ese suùesto admiro la frase.

  5. Lástima de día lánguido. Porque se dicen en la coilumna cosas interesantes de sobra como para haber dado pie a un animado intercambio de opiniones. Mañana será otro día. Ánimo, jose. un abrazo desde les deux magots.

  6. Una sugerencia al anfitrión:

    Sería interesante para los asiduos del “blog” el que se anotara la hora de entrada de un comentario.
    ´
    De esta manera los intervinientes sabrían si es reciente, y así considerar si es conveniente el responder esperando que el autor esté merodeando cercano al “blog” o han pasado horas desde su inserción.

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    Aunque el sedentarismo está fuertemente aceptado hoy, aún quedan vestigios del nomadismo perdido.

    Los buenos “blog” lo tienen incorporado.

  7. Lunes 28. 9:07 a.m.

    Me adhiero totalmente a la propuesta expresada por Badía. Y a la de don Juan, por supuesto. Supongo que los señores andaluneteros le cobran un jugoso canon a fin de mes al Jefe y esto debería llevarles a madrugar un poquito, aunque sea domingo. Por razones que no hacen al caso, servidora tiene el acceso a la araña bastante chungo a partir de cierta hora. Y entro tempranito una y otra vez aquí viendo el artículo, y blog, del día anterior.

    Y yendo al grano. Me temo que el Anfitrión hoy se desliza cuando parece meter en algún momento al viajero y al turista en el mismo saco. ¿No han hecho nunca un viaje en grupo? Digamos, que aunque sólo fueran un par de parejas amigas, lo practiqué una vez y nunca mais, por todo el oro del mundo.

    El viajero se pierde por callejas sin tiendas de souvenirs, entra en garitos sin marchamo de typicalis y se demora, si chamulla mínimamente el idioma, en conversas con desocupados o causahabientes. Si no, procura al menos pegar la oreja al chauchau que no entiende, intentando descubrir el ritmo, la musicalidad del mismo. Para ser viajero -viajera, claro- es precisa la soledad o al menos la escueta compañía de alguien que siente más o menos las mismas aficiones. Tomar los transportes públicos, beber el vino de los nativos, visitar rincones solitarios previo su descubrimiento y todo eso. Acompañado de ninguna prisa, aunque no le dé tiempo ni a visitar ni extasiarse ante el monumento o el cuadro, muchas veces puro decorado, que puede encontrar en un libro de viajes, con buenas láminas y mejor documentación.

    El turista conoce de Córdoba la catedral, huy perdón, la mezquita, en una entrada por una salida, tal vez tras oir la monserga de un guía monótono y las más de las veces malinformado, y los patios, algún patio, bien en la visita programada o el alguna mirada furtiva. En Lugo pasea en autobús alrededor de la muralla y entra precipitado en algún edificio de granito, que luego confundirá con otro de Compostela. De Murcia sólo recordará la pestilencia del Segura bajo el puente viejo y cosas así. Todo esto después de haberse pegado el madrugón, desayuno a las seis y media, porque en un día tiene que cubrir varios objetivos.

    Tampoco pasa nada si te cuelgas al hombro una vieja mochila, ni duermes en un hotelucho de tres estrellas, que en la France por ejemplo, se te convierten en dos o una a la que te descuidas.

  8. Otras veces, varias, la anfit. ha distinguido entre viajero y turista, y seguro que comparte hasta cierto punto el plan de viaje de doña Epi, aunque él debe de ser más comodón, es una suposición. Pero el teme no es ése, sino el alcande de los movimientos poblacionales, que implican un fator de cambio (mental, social en definitiva) de gran envergadura. A ello, me parece, apunta el art. de hoy, y su conexión con las migraciones me parece muy importante. El tema de las tasas también es crucial, porque reabre o nos devuelve a los peajes antiguos y medievales, lo que confirma otra teoría de este rincón: que vivimos una “nueva Edad Media”. Seguiría, pero hoy es día de trabajo para mi, tal vez lugeo me alargue un poco en el espacio de hoy lunes.

  9. En el blog de Trevijano éste habla de jagm en términos muy elogiosos, a propósito de la Charla celebrada en Punta Umbría. Lo digo para los interesados en ese extraño personaje, que en este sitio han solicitado información al respecto. No sé qué hace el jefe con un predicador así, pero él sabrá.

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