Desde la España abarrotada se habla mucho ahora de la España vacía. De la realidad del hábitat solitario, del rincón olvidado sostenido apenas por la vejez, casi un fósil del paisaje antiguo de la opulencia ruralita. España se ha vaciado, es verdad, hasta el punto de que se entrevé ya inminente un modelo social casi exclusivamente urbano: el campo, esa égloga voluntarista (o forzada) que hace de contrapunto a los fulgores post-industriales. ¿Qué ha pasado? Bueno, esa crónica es larga, se remonta a los amenes de la postguerra, aquellos años 60 en los que la población agraria alcanzaba todavía una tasa paralizante –siempre bastante por encima del 20 por ciento— y lo que vino luego: la sangría de la emigración masiva, la rendición sin condiciones de la vida tradicional que creyó ver un paraíso en el purgatorio de la urbe.

Hoy aquellas tasas han caído en picado: estamos en unos menesterosos 4 o 5 por ciento, y bajando, porque a ese “medio” residual (¡y políticamente insignificante!) se le niega a rajatabla todo confort y no existe recurso económico alguno para remediarlo desde que la crisis de la agricultura familiar, que se precipita en los años 70, convierte en excedentario – y en cierto modo, incluso en parásito— al campesinado resistente. Lean ahora libros capitales como “Las cosas del campo” de Muñoz Roja o como el delicioso “Tratadillo de agricultura” de Pío Navarro Alcalá-Zamora, y verán hasta qué punto ha sido devastadora la decadencia de nuestros campos.

Estos misioneros de la repoblación, urbanitas en su mayoría, parecen no pararse a considerar la irreversibilidad de la decandencia del modo rural de vida, en la radical mutación  de la actividad que aún se registra en un campo en el que la vieja agricultura -definitivamente— ya no existe como forma de vida. Vale, incentiven el regreso al erial, subvencionen una contrainmigración hacia los campos desiertos…, y verán cómo se topan con la resistencia insalvable de la postmodernidad.

Cuando en los umbrales de los años 50 escribía su poema Muñoz Rojas o cuando Pío Navarro, ya en los 70, estudiaba la Alpujarra, aún se topaba uno con un lenguaje autóctono, expresivo de una mentalidad tradicional que se tomaba por eterna, por “natural”. Pero ¿quién encontraría hoy en esos yermos gente capaz de informarnos sobre las labores y sus ciclos, quién distinguiría hoy un prisco de un durazno, quién sabe ya de “bichos” o recuerda que el tallo de la cebolla es del “vuelo” de una alcachofa, quién se acuerda del sulfatar el grano o de que los présoles han de sembrarse como un ricial? Casi nadie. En esos despoblados, el anacoreta –sin médico ni banco, sin cobertura ni panadería– no habla ya como hablaron sus padres sino que repite el catón del telediario. El planeta va que se mata hacia la megalópolis y la España vacía es ya tan sólo un triste poema o una ilusoria pastoral.

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