No parece que el (des)Gobierno reinante se inquiete ante una posible reescalada para frenar, siquiera sea “in extremis”, eso que llaman rebrotes pero que tal vez no es más que el despliegue natural de la pandemia. Qué mejor para el mandamás que la ciudad vacía, el gentío enchiquerado, el silencio arrullando la soledad sonora del sátrapa. La leyenda de lady Godiva cabalgando desnuda por las calles desiertas de Coventry mientras los vecinos permanecen disciplinadamente a oscuras tras las ventanas cerradas a cal y canto, fascinó siempre al autócrata de vitola “ilustrada” cuyo ideal se cifra en la fórmula “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Como el conde Leofric, este Gobierno suicida disfruta encantado y seguro, pues la leyenda garantiza que el mirón que rompa la regla ha de quedar ciego de por vida.

La España vacía, el país confinado de hecho, es el contexto en el que el “experto” cómplice falsea la estadística y esconde los muertos, el clima en el cual se trama impunemente la ruina de la jefatura del Estado o se libera a los golpistas catalanes contra el criterio de la fiscalía mientras, desde la bien tramada burbuja mediática, se criminaliza a los medios libres, y el basurero provee a la insaciable alcahuetería con los devaneos galantes y los trapicheos financieros del Emérito, o la tienta y compensa con el psicodrama de los Pujol –la familia que “ens roba” unida, permanece unida— retratados, ¡por fin!, para la infamia en el banquillo de los acusados.

Nadie se engañe: a este Gobierno “contra natura” (así lo ve la propia vieja guardia del PSOE) no lo incomoda sino todo lo contrario que el personal vegete embozado y en casa mientras la soberanía recorre en cueros las calles de la ciudad fantasma. No tienen más que contar el número insólito de decretos dictados durante estos meses de clausura en que ni el sastrecillo curioso de la leyenda ha osado entreabrir los postigos para contemplarla. Lady Godiva no es una ocurrencia literaria sino más bien un mito autocrático que trasluce el ideal del déspota: anular al pueblo para mandar en solitario. Lo estamos comprobando día tras día, inermes ante el desbarajuste político, resignados ante el creciente descrédito internacional, el mamarracho telediario del doctor Simón y, todo debe decirse, también de la indigna pachorra del siervo voluntario. Porque no es justo decir que cada pueblo tiene lo que se merece, pero sí que cada pueblo acaba teniendo lo que él mismo legitima y consiente.

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