Todos hemos podido verlo en directo y en diferido, en uno de los montajes más ambiciosos y efectivos de nuestra historia mediática. Millones de telespectadores, cientos de miles de manifestantes, fervorosos reclamos del patriotismo más visceral, vivas a España hasta en las Ramblas barcelonesas y en las calles de Bilbao. Todo el deterioro, la inmensa erosión causada por el autonomismo desmesurado y la tarea secesionista en el reconocimiento público de la simbología patriótica, ha desaparecido en unas semanas competitivas y en la gran fiesta abierta del triunfo final. Ningún término más repetido que “orgullo” –“Gracias, Dios, por ser español”, hemos llegado a escuchar–, ni el más mínimo condicionamiento del símbolo patriótico convertido en gustosa seña de identidad. El fútbol ha deshecho en un repente el descrédito emocional de esa identidad devolviéndole a la tribu su narcisismo perdido, un solo pero decisivo gol ha hecho más por el patriotismo devaluado por las viejas propagandas que todos los esfuerzos españolistas. La adhesión de la tribu es, naturalmente, irracional, y se expresa en un permanente proyecto competitivo que necesita triunfos para mantenerse en pie, y el orgullo funciona en ese entramado mental con la misma eficacia que la razón más fundada. Cuando en París se trabajaba por conseguir que la gran metrópoli tuviera un club capaz de concitar una adhesión multitudinaria, alguien dijo que a ver por qué los bretones iban a tener su orgullo y los parisinos no, es decir, que se concebía la “afición” como una respuesta real a un motivo simbólico, una respuesta probablemente más eficaz y contundente que las buenas razones. Los separatistas se han equivocado al atacar el sentimiento de identidad que el éxito ha potenciado hasta el delirio. Cuando el melón de Urkullu ha hablado con desdén rencoroso de “la selección dichosa” no sabía que, en efecto, la dicha de la tribu puede recomponer el puzzle del patriotismo en un pis pas.

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A la idea de que los grupos humanos se fundan sobre la violencia primordial conviene añadir que la identidad que los cohesiona y hace funcionar suele alimentarse de un ideal competitivo. Se pertenece orgullosamente al grupo por considerarlo superior, el mejor en algún sentido, lo cual implica y exige un cierto nivel de éxito, y eso es precisamente lo que se desborda cuando la política logra reconducir esa competitividad sublimada hacia formas de violencia expresa. Hay una guerra en la paz que es la competición: ésa ha sido la fórmula inconsciente que ha salvado de desastres aún peores a nuestra civilización. Por eso la simbólica y el montaje deportivo es tan bélico –“¡A por ellos, oé…!”, es un grito de carga militar—y por eso también tiene en ellos tan destacado lugar la liturgia propia del enfrentamiento y, en consecuencia, el delirio de la victoria. El domingo, España ha reparado su esqueleto simbólico de manera decisiva, dejando en evidencia lamentable a los rencorosos que, desde dentro, apostaban por su derrota olvidando que la victoria cautiva sin remedio a la mayoría. Hubo un proverbio romano muy popular –más o menos derivado de un lugar de Cicerón y del que todavía se hace eco Flaubert—que expresaba esta idea con claridad rotunda: “Ubi bene, ibi patria”, la patria está allí donde reside el bien. Pero sin olvidar que el imaginario patriótico se nutre de la idea de sacrificio de tal modo que en el “agon” del deportista la tribu ve el heroísmo del guerrero y en la copa levantada en triunfo la cabeza cercenada del enemigo también imaginario, de cualquier enemigo, en definitiva, del vencido imprescindible para alimentar la conciencia del vencedor. Es muy curioso entrever en los viejos epinicios olímpicos esconderse, por debajo de la corteza lírica, la imaginería de la guerra. La vida de los pueblos es una guerra que se pierde o se gana. Tanto en tiempos de guerra como en tiempos de paz.

4 Comentarios

  1. No será una servidora quien eche agua al vino, pero tampoco puedo ser incongruente conmigo misma. ¿Cuánto tiempo va a durar esa explosión patriotera, que miren ustedes por dónde, me ha traído a la memoria el infausto recuerdo de Miguel Ángel Blanco que por estas fechas cumple aniversario de dos dígitos.

    Los mismos que tiraban berza al Felón se deshacían luego en bienvenidas al Deseado. No somos un pueblo muy constante, ni muy reflexivo ni muy consecuente.

    Por si fuera poco el precio de la gasola, el pedaleo cuesta arriba del euríbor, el hundimiento de la economía ladrillense -que abarca a cerámicas, aluminios, maderamen, fontanería, pintura, electrodomésticos y otras yerbas que también se ven hundirse en la miseria- y muchas vacaciones de silla al fresco del anochecer e ínfimo tinto de verano, al celebrar el gol del pelotero, repetido hasta el infinito, vimos que el sucesor del anterior jefe del estado, anda torpe, aún suponiendo que le habían puesto los supositorios adecuados. Como se averíe por siniestro total el Borbón en esta coyuntura, quizás vayamos a contemplar un espectáculo que ni nos imaginamos.

    (Optimista, la perejila hoy).

  2. Doña Perelila ¿puede usted explicarme a ^partir de “el suceso del anterior jefe de estado”?

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    Bueno, pues me alegro, aunque no sea más que un poco, viene bien el orgullo patrio. Yo, que no soy española de sangre, sino de corazón, no cabía en mi, y la gente, los que me conocen, hasta me felicitaron y todo. Y eso que saben que el fútbol, a mí, plis.
    Besos a todos.

  3. En toda alegría se esconde una pena: la victoria ha sido alcanzada por los futbolistos, pero no, como debería ser, también por las futbolistas. Si en los consejos de administración de las empresas se pide la paridad, también habría que pedirla en otras cosas más serias, como el fútol. Digo yo.

  4. A ver doña Marta, intentaré traducirme.

    El sucesor del anterior jefe de estado es el actual jefe de estado. El anterior nombró a dedo al actual y nunca hemos tenido ocasión de refrendarlo salvo en un lote abigarrado. ¿Se imagina usted si a un hambriento le ofrecen en un lote indivisible patatas, carne, legumbres, arroz, pan, pescado, fruta y repollo, pero no le gusta el repollo? ¿Dirá que rechaza el lote, que prefiere la honra de su hambre? El señor que ocupa la cúpula del estado nos fue ofrecido así. Intelligenti pauca.

    Al hombre se le ve torpón, envejecido y de siempre han corrido rumores sobre su mala salud de hierro. ¿Se imagina un ictus, un alzheimer o algo peor y una sucesión algo forzada en la mencionada cúpula del estado? ¿Que tenga que ocuparla un señorito cuya herencia es anticonstitucional, o al menos pre-, si unos artículos son del mismo valor que otros? ¿Se imagina usted a la señora infanta divorciada reclamando sus derechos de mujer? No sigo.

    (Ah, e intentando mejorar su español inmejorable. Se dice ‘a mí, plim’. Esto suyo de la poliglosia debe ser la c’araba, pero ya no ara. Un beso, madame.)

    (Mi don Griyo intentó y lo consiguió temporalmente hacerme juancarlista, pero aunque amigo de Sócrates, soy -intento ser- más amigo de la verdad).

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