No se ha cumplido el vaticinio de Rostand, no ha resultado cierto que mientras más vieja fuera la humanidad más necesidad tendría de sus ancianos. Un anciano es hoy una carga y como una carga es tratado en esta sociedad implacable. La prensa refleja estos días el informe del Centro Reina Sofía sobre la violencia ejercida contra nuestros viejos dentro de la propia familia: unas 60.000 personas, o sea, una de cada cien mayores de 65 años, sufre maltrato doméstico a manos de los suyos, un maltrato invisible, ocultado por las propias víctimas temerosas de la represalia o abrumadas por la ofensa. Seis de cada diez mayores de 74 años padecen esa infamia que no merece el trato singular que otros tipos de violencia ha logrado, afortunadamente, por lo que ni siquiera existe la posibilidad de un remoto control por parte de la autoridad. Hablo de la familia, insisto, de los viejos que sufren el desprecio y la violencia de los suyos, no de los miles que la soportan –cada dos por tres tenemos esas ominosa noticia en los periódicos—en los centros de acogida, los antiguos asilos, tan frecuentemente ilegales, para que no falte de nada. Y no se escapan ni los grandes dependientes, sino que, por el contrario, puede que sean (nunca lo sabremos, claro) los más agredidos en su solitaria indefensión. No hay un instituto del anciano, el viejo no cuenta para la autoridad más allá de una edad crítica y prácticamente sólo a efectos electorales. Las papeletas del viejo valen como las del joven sin que el viejo se entere siquiera, pero a nadie escandaliza la comprobación de que nuestros mayores estén siendo manejados como un desecho social tanto en régimen familiar como en los morideros externos. Un viejo es, con frecuencia, todo lo más una carga, aunque también una pensión que perciben sus propios maltratadores, un detritus con el que un universo productivista no sabe qué hacer. Dicen los expertos de ese informe que la cifra de los 60.000 ancianos maltratados en casa les resulta inferior a sus previsiones. En una época en que la ancianidad se respetaba, Terencio decía ya que la vejez es en sí misma una enfermedad. Veintidós siglos más tarde la triste metáfora se queda corta.

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El anciano está solo, aislado de todos, vegeta como un autista voluntario. Eso es, supongo, lo que Goethe quería decir al constatar que el viejo ha perdido una de las principales prerrogativas del hombre: la de ser juzgado por sus iguales. Un problema que se agrava en el modelo urbano de vida, con la reducción de la familia extensa a familia nuclear, y con el consiguiente estrechamiento del marco de vida, del domicilio, pero también con la inhumana imposición de los criterios más jóvenes que, en ese modelo social, han reforzado sensiblemente su papel. Jamás la Humanidad (¿) respetó menos las reglas de este juego circular que es la vida, aunque es posible que aún se superen estas cotas de maldad por efecto de ese alargamiento de la esperanza de vida que convierte al viejo en un fantasma vitalicio. Es verdad que en ninguna parte se encontró la piedra filosofal para resolver esta grave disfunción en que se ha convertido la vejez, que fracasaron los intentos americanos de las ciudades para ancianos, que las residencias son en su mayoría auténticos aparcamientos del familiar inservible. Por eso nadie quiere saber nada del problema, ni siquiera en los casos flagrantes de ilegalidad, y nadie denunciará nunca lo que el propio maltratado calla por temor o por vergüenza, aplastado en ocasiones por una falsa conciencia de gravamen que le inculca la propia sociedad y le certifica su propia familia injuriándole con el maltrato. ¿Una enfermedad la vejez? La que está enferma de cuidado esta sociedad desmesurada que ha desestructurado la unidad familiar en una espiral de violencia que, además del anciano indefenso, incluye a la mujer y al niño. La vejez es una edad prohibida. Sólo los ricos tienen garantizada la piedad.

21 Comentarios

  1. Chorrea dolor la última frase de esta Cruz. Solo los ricos. Los que pueden pagarse una residencia en que le digan ‘Ay, don Fulanito, ya se le ha ido otra vez el pis’. Eso si tiene bien amarrada la herencia, que si no. Lo normal es que una enfermera, no falta de buena voluntad, ojo, le diga ‘Coño, Fulano, ¿no te tengo dicho que me avises?. No hay pañales desde el día diecinueve y hoy es veintisiete’.

    Hace este Hombre una distinción perfecta. A los 65, hay miles de baby-grandfather, o como se diga canguro en inglés. Los hijos los convierten en niñeras sin pagarles un duro: a las ocho menos veinte les dejan al beibi y lo recogen por la tarde. Se ven abuelos con carritos. Y abuelas que hacen la comida de la niña y el cabrón del yerno.

    A los 74, los beibis han crecido y están en la botellona. Los abuelos, con diez años más, solo son un incordio, porque los ingresan por la próstata o por la quimio y ningún hijo ni hija, ni miembra familiar quiere pasar la noche en un sillón incómodo. Les exigen el 98% de la paguita y a cambio les dan tres voces si tienen cagalera, o les hacen un puré con todo lo que sobró de los dos días anteriores: pasta con tomate, dos albóndigas sequeronas y el trozo de torilla que sobró por la noche.

    Y deseando que cumplan el trámite, porque los 478 euros que cobran no les compensa de la habitación que necesita la niña y tanto tiempo como se llevan en el retrete.

    Propongo que se le cambie el nombre al Senado.

  2. Se comprende el éxodo por el calor, pero es pena que esta ciolumna sangrnate no haya tenido eco entre nuestros contertulios habituales. Un drama, muchas veces una tragedia, que sólo la minsensibilidad acorazada de esta sociedad es capaz de tolerar. La culpa es compartida, de todas maneras, con unos poderes que nada quieren saber del problema y entierran a toda prisa hasta los atriopellos más terribles. Una pena, querido ja, estoy contigo en que éste es un problema sin “buena prensa”, sin “institutos” y sin recursos públicos.

  3. Suscribo al Páter, más teniendo en cuenta que hoy es el Día Mundial del Blogger. Del tema no quiero hablar: me pone por delante memorias recientes y también, por qué no decirlo, mi propio miedo a la impiedad social.

  4. Creo, Margosa, que don ja se refiere más que a esa residencia atenta de los ricos al hecho de tener un testamento guardado bajo llave, y a ser posible secreto. Hombre por heredar, hombre respetado. Hombre pobre, lo que dice el jefe: basura, detritus…

  5. Lo malo, amigos, es que a ver quién es el que tira la primera piedra en este terreno. El Gobierno español gasta ahora lo que no tiene para atender a la ancianidad en unm plan que se llama de “emancipación” de los jóvenes: pasta a la basca para que pueda irse de casa. ¿Ven cómo el Poder s´ñolo atiende a sus propios intereses? EL viejo no inresa a nadie.

  6. Siempre creí –ja lo sabe– que las gerontocracias, los sistemas sociales en que el Poder se reversa al anciano para aprovechar su experiencia son la antítesis de los basados en el ideal de dinamismo. Ambos son dos mitos, el de la ancianidad y el de la juventud porque es preciso “mitificar” la imegan del conjunto para defenderse del egoísmo. Ahora está en plena crisis el mito de la madurez: vean la edad de las jubilaciones y las prejubilaciones. De los sabios sistemas antiguos no nos queda más que el cascarón mitológico. Hoy a Moisés le hubiera ganado un “caucus” cualquier mpacienmte con un máster-cillo flamante.

  7. No quise tocar -siendo quien abría la ronda, como otras veces- un tema que mi don Capellán condenaría (¿o no?).

    El anciano que es consciente de que la vida hace mucho tiempo que le dio el último buen rato, tal vez tenga serenidad y juicio para despedirse él solito y tomar billete para irse al Jardín. Tal vez yo lo haga.

  8. El atrapado en el rascacielos se lanza por la ventana: ¿es eso doña Margosa? Una reflexión piadosa, conmovida, aunque enérgica, como la de hoy, no debe llevarnos a la desesperanza sino a lo contrario. Hay que luchar –lo que hace jagm es eso– porque las cosas cambien, porque nuestros ancianos recobren el estatus histórico perdido aunmque no tenga, vaya por Dios, un testamento en el cajón.

  9. ¿Se nos nota el peso de la edad, amigo mío? ¿O es tu insobornable (no me atreví a decir “nuestra”) fidelidad a los principios lo que te hace resistir? Sea como fuere es verdad que el porblema nunca se solucionó y mucho me tgemo que no se solucione nunca en esta sociedad productivista donde por el hecho ser persona no vales gran cosa.

  10. Ah, las antiguas gerontocracias, los consejos de ancianos, sabios, pacientes, equilibrados, freno a la lógica impaciencia y pasión de los jóvenes. El “juvenilismo” radical es una equivocación. Ya ven que por tener 30 años la ministra Bibiana no es ninguna maravilla mientras que el “viejo” Solbes sería la única garantía, dentro de lo que cabe en este elenco.

  11. Hay prisas por acortar una esperanza de vida que se alarga complicándole las cosas a los impacientes. En Francia Sarko da dinero para eutanasias varias, aquí se promociona la muerte por la vía rápida aparte de postular la “buena muerte”. Nada favorece al anciano, todo está en su contra. Come y no produce. Si crió a los hijos, los hijos no se acuerdan.

  12. Después de mucho tiempo callado, vengo para decirle solamente que es usted un buen hombre, además de todo lo que ya le conocemos. Gracias en nombre de los que no tienen voz (aunque tengan voto).

  13. En una sociedad hedonista, pendiente sólo de elevar su producción como sea (incluso a base de niños esclavizados), el que no produce no vale. Nuestro mayor fariseísmo es el que predica continuamente el respeto a los mayores y si te ví no me acuerdo. No saben lo corta que es la vida…

  14. ¡Ojo, blogueros! Hoy, Día Mundial del Blogger, ALGUIEN ESPÍA ESTE BLOG Y HASTA SE PERMITE MOSTRAR MENSAJES EN NUESTRAS PANTALLAS. ¿Les ha ocurrido a ustedes?

  15. El Gran Hermano es siempre una posibilidad, qué quiere, lady Ruth. No hagamos caso y centrémonos en la reflexión emotiva que hoy nos propone el autor.

  16. Lo de que la vejez es una enfermedad m,e parece que lo dijo Moravia. Supongo que se dio cuenta cuandos e casó con aquella cazaviejos española que lo debió dejar para el arrastre.

  17. Usted qué haría si tuviera un vbiejo en un piso de sesenta metros cuadrados, y una familia con dos o tres hijos? Es más fácil criticar que resolver. Lo que no quiere decir que no comparta el fondo de su lamento, que hago mío.

  18. Para agravar mas la situación,los nuevos modelos de crecimiento urbano, descontrolado y pitufil,no piensan en que todas esas personas que viven en urbanizaciones de chalets sin fin,no tendrán espacio para siquiera asilos de calidad, y los modelos de vivienda actual, siguen sin contemplar la idea de que todos seremos viejos algún día…

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