Nuevamente, hace poco tiempo, un menor se salvó de ser enjuiciado por homicidio por el procedimiento normal al faltarle unas horas para cumplir la mayoría de edad. Ha habido otros casos, frecuentes, como los ha habido en los que se ha dado la circunstancia de que, interviniendo en un mismo delito dos personas, un mayor y  un menor, el tratamiento penal ha sido distinto. Por la calle campan menores que han cometido crímenes tan atroces como el asesinato de la escolar de San Fernando o la degollina familiar organizada por el famoso chico de la katana, aumentando continuamente la conciencia de inseguridad y la actitud crítica de amplios sectores sociales ante la controvertida Ley del Menor que ata las manos de los jueces y deja indefensa a la sociedad entera, en especial en el supuesto de delitos gravísimos. En Francia hay abierto un debate intenso sobre el proyecto de la ministra Dati de reducir la edad penal a los 12 años, término que ha sido propuesto por una prestigiosa comisión de expertos después de un prolongado trabajo, pero que ha encontrado, por un lado, la resistencia de quienes opinan que ese listón es inasumible por severo y quienes, por el contrario, defienden que la edad penal debería rebajarse aún más –hasta los diez años–poniendo fin al viejo régimen (una ordenanza de postguerra) que obligaba a establecer caso a caso la capacidad (el “discernimiento”, decía la norma) de cada menor encausado. El argumento áureo de quienes se oponen a estas medidas consiste en postular que el menor delincuente es “un ser en construcción” y, en consecuencia, las políticas punitivas y la educativa deben ser inseparables. Una difícil cuestión pero que se plantea cuando ya la ventaja ideológica del ‘humanismo redentorista’ va de paso y un vigoroso impulso social reclama medidas contra la real impunidad, completa o parcial, de la delincuencia juvenil.

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Que algo hay que hacer es evidente, salvo que ese prurito ‘humanista’ nos haga cerrar los ojos, y al margen de la redundante argumentación de que, al menos en España, la ley del Menor es buena aunque falten medios para aplicarla como sería debido. Todo indica que la delincuencia juvenil ha mutado y que la “naranja mecánica” ha crecido nutrida por tantos materiales violentos como inundan el ambiente social, si es que no por el aprendizaje directo que los medios audiovisuales, tan poco medidos a la hora de regular la propaganda de la violencia, haya podido ejercer sobre una adolescencia y una juventud desmotivadas por un horizonte duro pero crecida al socaire de un repertorio de incitaciones realmente descomunal. En Francia –especialmente inquietos por la realidad de las ‘banlieues’ y la anomia marginal—todo parece indicar que la reacción (y tomen el término por donde prefieran) va a ganar terreno ante una realidad que nadie en sus cabales puede negar que resulte peligrosa en extremo, pero supongo que en España, más allá de las apuestas de ese ‘humanismo’ ultra-rousseauniano, habrá de seguirse esa senda tarde o temprano. Llevamos demasiado tiempo sin convencernos de la crisis del derecho penal, sin enterarnos de que el régimen de sanciones válido en un mundo imaginario tiene poco que ver con el que hace falta implantar en una sociedad real donde la delincuencia menor –como otras varias—se han plantado en le centro de la escena social y está proporcionando un espectáculo intolerable que de alguna manera habrá que suspender. Es curioso seguir la polémica en los distintos periódicos (La Croix, Le Monde, Le Parisien, Libération…) para comprobar que su múltiple guión responde hoy a posiciones ideológicas más que a razones simples y directas. Es duro meter en la cárcel a un menor, pero resulta igualmente intolerable contemplar la impunidad del delito. El humanismo debe tener sus propios límites. Evitarlos implica el riesgo de atentar contra la Humanidad.

7 Comentarios

  1. Que algo hay que hacer, no es dudoso. Los posicionamientos a favor de la complaciente benignidad no tienen sentido a la vista de los resultaods. Esa ley está pensada para bun mundo que no es éste, y que cada día lo es menos, probablemente.

  2. No ha entendido nada, quewrido Rocky, eso no debe deducirse de la columna de ja. Léala otra vez, por favor, y luego hable con sentido.
    A mí me parece que ese tema es capital, que están sucediendo cosas insoportables para cualquier sociedad, pewro que hay resuyltados inevitables si no se tienen en cuenta las causas, como sugiere nuestro autor.

  3. El mundo ha cambiado, la conducta también. Habrá que cambiar no solamente el derecho sino los princiuipios en que se inspira el ideal de Justicia. ¿Quién desearía el mal a un menor? Pero hay que poner coto al mal que los menores producen impulsados (¿arrastrados?) por la circunstancia o por lo que sea.

  4. Escabroso tema. Los enseñantes sabemos más de él que nadie, quizás. La reducción de la edad penal no es un síntoma de endurecimiento gratuiito sino una repsuesta yo diría que desesperada a lo que está ocurriendo en muchos países, y en el nuestro en especial a lo peor. Empezando por la familia y siguiendo por la escuela, esto va mal: lo que socializa es la violencia. Y eso es un riesgo para tosda la sociedad. Ha habido crímenes espeluznantes de menores con la edad de mis hijos. Por eso mismo lo digo asumiendo las palabras.

  5. Sin despreciar a nadie, el casino parece vacío sin los habituales. El tema me interesa casi más que ningún otro problema social, porque veo en la explicación insinuada por Clara el fonde de la cuestión y cmprendo que es grave. Añadan a eso el oportunismo político y ya tienen el cuadro completo. ¿Son los jóvenes responsables de esas barbaridades? ¿O lo son quienes los dejan ceer que son dioses, quienes les permiten beber y relacionarse como adultos sin serlo, quienes…, o sea todos nosotros, quien más quien menos.
    Nota: ¡¡Ah de la vida, doña Epi, don Griyo, madame Sicard, profesores ilustres…!!!

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